
Ana Carrasco
Celebrar la bellleza
Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo
Ese viaje hacia la nada
Que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada la belleza
Luis Eduardo Aute
"El derecho a las cosas bellas" es el título de un libro de vindicación de la vida holgada escrito por Juan Evaristo Valls Boix. Sobre mi escritorio, encima de otros libros, espera a ser leído. Esta mañana, al prestar atención a su portada, he pensado en cuántas cosas bellas suceden en un día. Cosas que pasan desapercibidas, diluidas entre las preocupaciones personales y la marabunta de noticias terribles que sacuden el mundo y nuestro ánimo.
Lo que intento decir es que, muchas veces, lo bello se nos escapa sin que sea pensado y celebrado. Me refiero a los pequeños detalles o gestos como una muestra de cariño que no esperábamos, o un abrazo largo; la llamada de un amigo que nos dice: "Todo ha salido bien", o la mirada sonriente de un bebé.
Considero bella la cortesía de preguntarle a alguien cómo está, y su respuesta agradecida. Y diría que la belleza se multiplica cuando una persona se agacha para recoger la basura que ha dejado otra en la playa. O se comparte cuando observamos una puesta de sol o el amanecer que enciende un nuevo día.
Pero más allá de cualquier gesto amable, la belleza puede hallarse en los ojos de quienes nos hablan y nos interpelan a compartir el mundo, como los de la politóloga Máriam Martínez-Bascuñán. Y en la empatía de Fausto Montagna, operador humanitario que el pasado sábado, 24 de octubre, invitado por "Lanzarote con Palestina", nos contó su misión y su experiencia durante su estancia en la Franja de Gaza el año pasado. Porque, ante el horror, ante el abuso y el genocidio, hay personas como él que se movilizan, y su relato conmueve a otras que, al escucharle, con lágrimas en los ojos, se unen moralmente a su causa, como la bella Kadiva.
Pienso que la belleza se siente en el hambre saciada, en la esperanza de paz o en el dolor de la ausencia que es la evidencia más innegable del amor.
María Moliner definió magistralmente la palabra "bello": "Se aplica a las cosas que, percibidas por la vista o el oído, producen deleite espiritual; y, por extensión, a cosas que afectan a la inteligencia o a la sensibilidad moral con un deleite semejante; como la cara de una persona, un paisaje, una obra musical, una poesía, un rasgo generoso".
Qué bella resulta esta descripción, y qué sano para la mente es pararse a percibir lo bello. El mundo se torna, entonces, más humano.



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