
EL PASEO
Por Saúl García
No se debe tomar el nombre de la transparencia en vano. Si se la invoca se debe practicar
En Lanzarote hubo un partido político nonato que llegó a tener nombrete antes que listas electorales y sede antes que candidatos. Esa sede, la de APL, en Ingeniero Paz Peraza, tenía unos grandes ventanales que permitían que desde la calle se pudiera ver parte de lo que ocurría dentro.
La líder del partido, alcaldesa de Arrecife, presumió de esta circunstancia trasladando la cualidad de los cristales a la del partido. Dijo que iba a haber transparencia total. Ni siquiera llegó a presentarse por esas siglas. Se unió a CC, perdió las elecciones y ahora espera para entrar en la cárcel por una condena de diez años.
No se debe tomar el nombre de la transparencia en vano. Si se la invoca se debe practicar. Al actual alcalde de Arrecife parece que le han aleccionado para que repita de manera constante este concepto de la transparencia. Y debe pensar que al invocarla, como una especie de conjuro, se manifiesta.
Pero no es así. Si se presume de transparencia uno no se puede escudar en que le han citado a declarar como testigo para no responder si ordenó o no quitar multas de tráfico “por orden del acalde”. Las posibles respuestas son sencillas. Tampoco puede alegar transparencia por abstenerse de un procedimiento seis meses después y no comunicarlo a la opinión pública.
Transparencia también es hacer públicas todas las resoluciones judiciales, tanto la de Billy Capers, que no le conviene (y no lo hizo) como la de la machacadora de Argana, que sí le interesa (y lo hizo). Si a la falta de experiencia y la arrogancia se le suma un mal asesoramiento, lo transparente acaba tendiendo a la turbiedad.











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