Ana Carrasco

La mercantilización de la existencia

"Cuando el mundo entero es una mercancía, el ser humano termina sumido en la pobreza".

Robin Wall Kimmerer

 

 

¿Qué puede venderse?, pregunta Camila Sosa Villada en su novela "La traición de mi lengua". La respuesta ocupa varias páginas, transcribo sólo un párrafo: "También se venden leyes, votos, complicidades y traiciones. Se venden asesinatos, órganos humanos, animales en extinción, la piel de los animales, los cuernos de los animales, los cadáveres, los cuerpos vivos, los dientes, las tumbas, el semen, los óvulos". "Afuera el comercio ocurre. No hay cadena que lo sujete", concluye.

Si lo pensamos, el mercado parece no tener límites físicos, ni morales. La palabra "obsoleto" proviene del latín obsolētus que significa "anticuado". Que un objeto esté obsoleto no significa necesariamente que no funcione, sino que ha pasado de moda o ha sido superado. Por ejemplo, si las circunstancias cambian, un procedimiento administrativo puede quedar obsoleto; si los diseños evolucionan, un dispositivo electrónico puede acabar en una gaveta. Yo misma escuché música en un tocadiscos, luego en un radiocasete, más tarde en un lector de CD, en un iPod y ahora lo hago a través de una aplicación y un altavoz.

Otra cosa muy distinta es la "obsolescencia programada o planificada", que es la artimaña ideada por el fabricante para producir aparatos con una vida útil calculada. Pasado un tiempo, el producto falla y, ¡sorpresa!, la pieza defectuosa ha dejado de fabricarse o resulta carísima. La excusa para el consumo tiene carácter de mantra: "Comprar uno nuevo sale más barato". Quizás sea más rentable para nuestra economía doméstica, pero para nuestro planeta, esta maniobra del fabricante para aumentar sus beneficios resulta insostenible.

Hoy me ha dado por pensar en el cuerpo humano. ¿Se imaginan que al fallar alguno de nuestros órganos, nos dijeran que arreglarlo sale caro, que es mejor que nazca una persona nueva?

Provengo de una familia que vendía y reparaba electrodomésticos. El comercio de mi abuelo tenía en el piso superior un taller al que llegaban los aparatos estropeados. Radios, televisores, batidoras y tocadiscos resucitaban en aquel humilde espacio. Recuerdo a mi tío Pedro Antonio y a su primo Manolo, sentados en taburetes altos, dando nueva vida a todo aquello que los clientes traían. ¡Qué oficio más digno y necesario! 

Creo que la obsolescencia programada, o algo parecido, ha irrumpido en el sistema sanitario en detrimento de nuestra salud. Cuando un gobierno deja de invertir en sanidad, o privatiza la gestión de sus hospitales bajo métricas de valor económico, escatimando en profesionales, tratamientos, operaciones, de alguna manera, nos están derivando, inevitablemente, a la casilla de salida hacia el "más allá". Traduzco: "sale muy caro arreglarle, siga usted en la lista de espera, resulta más barato que se muera".

Mi abuelo se interesaba por sus clientes. Es curioso que la palabra "cliente" provenga del latín "cliens", que significa "aquel a quien se protege". En este mundo de "obsolescencias interesadas", hemos dejado de ser clientes para ser "usuarios"; es decir, "elementos" que usamos un servicio. Yo preferiría ser clienta de un hospital, en el sentido original de la palabra, antes que usuaria. Por supuesto, de un hospital público, porque no hay bien más sagrado que el acceso universal a una sanidad pública de calidad, y sobre todo humanizada.

 

P.D. Un ejemplo: El tratamiento de cáncer en España tiene un coste que oscila entre 10.000 y 30.000 euros por persona, pudiendo superar en algunos casos los 100.000 euros. Si no existiera la sanidad pública, solamente los que ganan mucho podrían optar a curarse. Cuando pienso en mis amigos y amigas con cáncer y en las personas que lo sufren, me digo: ¡bendita sanidad pública!

Añadir nuevo comentario