LANZAROTE, PUEBLO A PUEBLO

Soo, el pueblo “invisible” que quiere recuperar la voz

Diario de Lanzarote inicia un recorrido por los rincones menos presentes en la actualidad de la Isla, empezando por un pago que ha sufrido una profunda transformación, y que se siente abandonado

Isabel Lusarreta 3 COMENTARIOS 28/10/2026 - 06:23

“Aquí no nos ve nadie. Estamos en las montañas y estamos perdidas. No nos hacen caso”. La sensación de Fina la comparten muchos habitantes de Soo, donde actualmente hay censadas 628 personas. Hace dos décadas, cuando se luchaba por sacar cerca de 3.000 cabras que vivían en sus calles, el pueblo protagonizaba titulares frecuentes, pero hoy apenas ocupa espacio en los medios. Sin embargo, sus demandas son muchas, y los cambios que ha atravesado también.

La mayoría de los campos que antaño fueron su sustento hoy están abandonados, y entre sus vecinos tienen ahora a alemanes, franceses, italianos y belgas, que han ido adquiriendo y reformando casas para instalarse en el pueblo. “Los nativos de aquí ya somos pocos”, subrayan. También el turismo ha llegado hasta esta pequeña localidad, con casas que se han convertido en viviendas vacacionales, y otras donde sus residentes alquilan habitaciones por días. “Sobre todo vienen surfistas, porque es lo más cercano a La Santa y sobre todo a Famara. Estamos en el medio para esta gente”, apuntan los vecinos.

Sin embargo, se sienten fuera de la agenda pública. La antigua asociación de vecinos dejó de existir hace años, y buena parte de la vida del pueblo se canaliza hoy a través del Teleclub y de la Asociación de la Tercera Edad La Esterlisia, que no desaprovechan la oportunidad de dar voz a Soo.

El punto de encuentro es el centro de mayores, reinaugurado hace 11 años en lo que fue una antigua escuela. Allí, las usuarias habituales de este espacio muestran las humedades en las paredes, la vegetación que brota en la cancha de bolas y la escasa iluminación -“cuando venimos a hacer algún trabajo manual no vemos, porque la vista también nos falla y estamos intentando que nos arreglen esto”-, como si todo ello fuera un reflejo de la situación que vive el pueblo.

En guerra

Encontrar una farmacia o un cajero automático en Soo sigue siendo imposible, pero las principales quejas pasan por el abandono que presentan tanto sus calles como sus escasas infraestructuras. “Esto parece como si estuviéramos en la guerra”, denuncian. Se refieren a los trozos de muros caídos en el suelo, en algunos casos desde hace años. Recuerdan que uno lo derribó un coche en un accidente, otro cayó mientras se realizaban obras en las tuberías, otros se han ido deteriorando por el paso del tiempo... “Y están ahí sin arreglar, que da vergüenza. Hay calles donde no puedes ni caminar”.

“Este es el pueblo peor que hay en Lanzarote. El que más mal está”, dice una vecina

El otro gran problema son las fugas constantes de agua en las calles. “Llamas y tardan más de 15 días en venir a repararlo”, cuestionan. Les indigna porque tienen que ver esas pérdidas en la red mientras en sus viviendas sufren cortes de agua cada semana, pero también por los daños que provoca esa humedad: “Se van a caer las casas con tanta agua caminando por ahí”.

Pese a la sensación de estar olvidados, reconocen que sí ha habido dos inversiones recientes: una del Consorcio del Agua, para renovar varios tramos de tuberías, y otra del Ayuntamiento de Teguise, que inició en septiembre el reasfaltado de cinco de las calles más deterioradas del pueblo. El Consistorio anunció que ambas obras se habían coordinado, pero muchos vecinos recelan, y temen que se esté “empichando sobre tuberías viejas, con esas pérdidas de agua”. Saben que es una vieja historia en Lanzarote y temen que vuelva a repetirse.

También coinciden en que “ahora que vienen las elecciones”, los representantes públicos sí pasarán por el pueblo dejando “promesas”, pero también de eso aprendieron hace mucho a desconfiar. De hecho, se van quitando la palabra unas a otras para enumerar las carencias del pueblo. Dicen que “la cancha está destrozada, con los hierros en el suelo e inutilizable”; que muchas calles carecen de iluminación; que falta limpieza; que la Iglesia lleva dos años cerrada “porque se está cayendo”; que el transporte público es más que insuficiente y que además hay personas que tienen que caminar hasta dos kilómetros para llegar a la parada de guaguas, porque la única que hay se instaló a la salida del pueblo.

Excrementos de aves invaden las aceras en el pueblo de Soo. 

El peor

“Este es el pueblo peor que hay en Lanzarote. El que más mal está”, termina sentenciando una de ellas. Al escucharla, se hace un silencio en la sala. Preguntándoles si comparten esa opinión, casi todos asienten discretamente, como si les costara hacerlo. Luego vienen los matices.

Hoy conviven con europeos que compraron casas y con turistas de surf

A excepción de Marcial, que nació en Arrecife pero lleva 37 años viviendo en Soo y hoy preside el Teleclub, casi todas las demás nacieron en el pueblo, aunque algunas ya no viven ahí. Sin embargo, les siguen “tirando” las raíces. “Si pudiera coger mi casa de donde está y traerla para acá, la traía con los ojos cerrados, porque me gusta mi pueblo”, afirma Lola, que tuvo que dejar Soo al casarse.

También Susa, aunque hoy vive en Caleta de Caballo, sigue tan pegada al pueblo que incluso preside la asociación de mayores de Soo. “Si los de antes resucitaran y vieran el pueblo dirían: vámonos, que esta no es nuestra casa”, afirma. Sin embargo, para ella lo sigue siendo, a pesar de todo.

De hecho, al recordar su infancia -que para casi todas se remonta a mediados del siglo pasado-, su mirada al presente se vuelve más benévola. “Las casitas ya no son como las de antes”, pero “hoy se hacen con todo: baño, cocina, salón... Con todas las comodidades, y antes no teníamos nada de eso”. De aquellos tiempos, no guardan nostalgias: “Era duro no, durísimo”.

La iglesia lleva dos años cerrada. 

Todo el día arrancando

Hoy siguen sufriendo cortes de agua sin previo aviso todas las semanas -dicen que se suele ir el jueves y no vuelve hasta el domingo-, pero en su infancia y en su juventud, ni siquiera tenían agua corriente ni electricidad. El avance que más destacan todas es la llegada de los electrodomésticos, pero muy especialmente uno: la lavadora.

“Si los de antes resucitaran dirían: Vámonos, que esta no es nuestra casa”

Pese a las décadas transcurridas, ninguna olvida las caminatas que hacían hasta Famara cargando con la ropa sucia, cuando eran poco más que unas niñas. “Allí no habían sino seis pilas y teníamos que madrugar para coger una, porque no era solamente el pueblo de Soo, de Muñique también iban a La Caleta, y el primero que llegaba cogía la pila”, recuerdan.

Cuando no tocaba colada, el día lo pasaban trabajando en el campo. “Nos levantábamos a las tres de la madrugada para ir en la camella con mi padre a arrancar arvejas. Todo el día arrancando y arrancando, para que no se pusieran broncas”. Alguna tenía terrenos de cultivo propios en la familia, pero la mayoría trabajaba tierras ajenas. “Si tú sacabas cien, 50 eran para el dueño de la finca y 50 para ti, pero eso pasaba en toda la Isla”.

Dolores, sin embargo, vivió otra realidad. “Ellas fueron a trabajar al campo y yo con 12 años fui a limpiar la casa de una señora en Arrecife, junto a la Iglesia de San Ginés”, precisa. “Mucha gente de aquí también se fue a trabajar a la sardina, a la fábrica”, apostillan las otras. Pero para la mayoría, su primer trabajo fue en el campo: “Desde que nos supimos meter el traje por la cabeza”.

Además, hoy no es comparable con lo que suponía entonces. “Ahora quieren plantar una batata y traen la máquina, pero nosotros teníamos que abrir cada hoyo a mano para plantarla”. Y después, ir caminando hasta Arrecife a vender los productos, acompañadas de un burro sobre el que cargaban la mercancía de varias familias. “No teníamos lo que tenemos ahora, pero hambre no había, porque comíamos lo de casa: el queso, los huevos, la carne, la leche, batata...” Rafaela matiza: “Bueno, los huevos se comían poco, porque se llevaban al Puerto para venderlos”.

Tierra de ganado

Las gallinas, los cochinos, los burros y las cabras también formaban parte de la estampa del pueblo. “En todas las casas había”, recuerdan. Ahora, apenas quedan vecinos que se dediquen a la agricultura o a la ganadería. Los que no están jubilados, tienen otros oficios fuera de Soo. “Lo que vivimos nosotros en esos años, eso ya se acabó todo”. Dicen que hay algunos que “a lo mejor plantan un pizco, pero por vicio”.

También están surgiendo jóvenes que se dedican a la agricultura “porque les gusta”, pero “de eso nada más no pueden vivir”. Subrayan que sin agua, “es imposible plantar”. De hecho, a eso achacan el abandono de muchas tierras antiguas de cultivo, que hoy están “llenas de julagas”. Y es que afirman que en su juventud, aunque no había agua corriente, sí había lluvias como para sacar adelante las cosechas. “Ahora cae un chaparrón por un lado y el otro se queda seco”.

Lo que sí se mantiene es el ganado, o más concretamente las cabras, aunque desde 2013 -cuando tras años de promesas se inauguraron los corrales en la montaña de Mosta-, ya no están dentro del pueblo. En esa época, la imagen de cuatro o cinco cabras a las puertas de cada casa ya había ido desapareciendo. Lo que había era propiedades con cientos de animales, vinculados a industrias queseras, que habían generado una situación de insalubridad en el pueblo.

“Las sacaron un poco más retiradas, pero en la entrada al pueblo hay ganado”, apuntan los vecinos, refiriéndose a otra zona que ocupa una ganadería caprina, en un gran terreno vallado. Esas cabras podrían ser un recuerdo del pueblo que fue, pero tampoco en eso reconocen el Soo de su niñez.

Estado actual de la cancha deportiva.

Tranquilidad

Lo que sí conserva este enclave es la tranquilidad. De hecho, cuentan como un acontecimiento que a finales de agosto, coincidiendo con las fiestas de Famara, apareció “destrozada” la puerta trasera del velatorio. Al parecer entraron para robar, aunque no se explican qué pretendían llevarse. Y también que hace meses quemaron un contenedor. “Ruindades siempre hay, como en todas partes, pero sigue siendo un pueblo muy tranquilo”, apunta Marcial.

Sin embargo, sostiene que la vida en Soo “es complicada”. Sobre todo porque “para cualquier cosa tienes que salir”. Comprar un medicamento, sacar dinero de un cajero, ir al médico, hacer cualquier trámite... Las únicas tiendas que hay son las de toda la vida, las que fueron las tiendas de aceite y vinagre. Hoy quedan tres, que siguen vendiendo legumbres al peso y exhiben cestas con frutas y verduras a la entrada, aunque en ese escaparate tradicional se cuelan otros elementos a la venta, como el protector solar. En hostelería, además del Teleclub, solo cuentan con dos bares.

Pese a todo, otro de los problemas que plantean es que hay jóvenes que querían quedarse en el pueblo, pero tuvieron que marcharse por falta de vivienda. “Mis hijos están de alquiler en Playa Honda porque aquí si te quieres hacer una casa no puedes, o cuesta mucho dinero”, apunta Marcial. De hecho, su hija intentó pedir permiso al Ayuntamiento para edificar sobre la suya, pero no lo consiguió.

Es la paradoja que subyace en toda la conversación. Tiene problemas, pero es su pueblo. Y a los suyos solo los critica uno. De hecho, las quejas más duras de alguna dan pie a que otra salte con un alegato de defensa. Por ejemplo, se tensa el ambiente al hablar de la falta de actividades en Soo, porque “cuando hacen algo solo vamos las de siempre”, o porque “solo van a ver el playback las que tienen niños”.

También afloran viejas espinas. Como la última vez que instalaron farolas -hace tantos años que no recuerdan ni la fecha-, y aseguran que les llevaron las “viejas” que estaban en Los Valles, porque allí pusieron nuevas y a Soo trasladaron las antiguas. “Porque son más ricos”, apostilla una, encendiendo de nuevo el debate. Es la trastienda de un pueblo que reclama atención, pero que ante todo destila un sentido de pertenencia a un lugar que casi ninguna quiere abandonar.

Un “palomar” sobre el colegio y misa en el Teleclub

El pueblo de Soo conserva su colegio con poco más de medio centenar de alumnos, pero desde hace tiempo afronta un problema: las palomas. Las tres palmeras ubicadas junto al edificio anexo al CEIP, destinado a educación infantil, se han convertido en refugio de un gran número de estas aves, con lo que ello implica.

“Está todo lleno de excrementos y hay un riesgo de infección”, advierten los vecinos, subrayando que es un lugar donde acuden niños pequeños a diario. Además, añaden que ya “ni se puede caminar” por esas aceras, por lo que reclaman que se adopten medidas para sanear esa zona. Ese día, había incluso una paloma muerta.

La otra intervención que siguen esperando es la rehabilitación de la Iglesia, que lleva dos años cerrada por riesgo de derrumbe. “El cura dijo que ya estaba todo preparado para empezar, pero no se sabe cuándo”, apuntan, refiriéndose al acuerdo alcanzado el pasado mes de febrero en la Comisión Mixta entre la Iglesia Católica y las administraciones públicas de Canarias. Mientras tanto, han perdido las misas que antes se celebraban cada dos semanas; y en las dos últimas ediciones de las fiestas del pueblo han tenido que celebrar los actos religiosos en el Teleclub. “Llevan al Santo y todo para allá, porque no se puede abrir la Iglesia, porque se está cayendo”, lamentan.

Comentarios

Amigo, yo soy de Soo. y vivo acoquinado. con el gofio de centeno y los caldos de burgados.
Vayan a El Golfo, y verán que no tenemos ni teleclub, ni guaguas, la avenida en mal estado, el parque infantil viejo....
Los pueblos pequeños deberían estar más cuidados por la clase política en general porque son , generalmente, los que tienen más carencias, y porque les llegan menos financiación. Siempre he pensado que donde esté un pueblo que se quite la ciudad, pero respetando que se les dé la importancia que merecen, que sus habitantes pagan igual y merecen mismo respeto por parte de los ayuntamientos. Hace meses que no voy por Soo y leyendo lo que dicen quienes sí viven allí, pienso que el ayuntamiento de Teguise se ha dejado ir y los tienen un tanto abandonados.

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