OTRA HISTORIA DE CANARIAS

Lluvia, la gran obsesión histórica de Lanzarote y Fuerteventura

La población de las islas más orientales de Canarias vivió en constante preocupación por el frágil régimen de precipitaciones e ideando maneras de predecirlas

Mario Ferrer 0 COMENTARIOS 22/02/2026 - 08:07

“No hablan ni de oro ni de plata ni de joyas ni de los demás bienes de convención dependientes del capricho o del deslumbramiento del juicio, sino de las lluvias a tiempo, de las sementeras, de los pastos abundantes”. De esta manera se expresaba el ilustrado canario José Viejo y Clavijo para hablar de Lanzarote y Fuerteventura en 1770.

Sin arroyos ni reservas de aguas subterráneas significativas, no existe un elemento que ha condicionado tanto la vida de las islas más orientales de Canarias como la lluvia, o más bien, su escasez. Desde la economía a los transportes, pasando por la demografía o la ecología, el suministro de agua ha marcado radicalmente casi todos los aspectos de la vida en estas islas.

Hace unos meses hablamos de las arquitecturas e ingenierías relacionadas con este tema, la prueba más palpable, junto al sufrido paisaje agrícola, de la singular cultura del agua de estas islas, pero la preocupación por las lluvias iba mucho más allá de construcciones y edificaciones para adentrarse también en el mundo de las creencias, los relatos y las mentalidades colectivas.

Después de dos meses de abundante lluvia entre 2025 y 2026, más que en los últimos años, ahora les proponemos un recorrido por parte de la cultura inmaterial del agua. Un vasto territorio que abarca desde refranes populares o toponimia, a prácticas religiosas y saberes ancestrales, testimoniando la persistente obcecación con la que vivieron las sociedades insulares del pasado.

Era tal la dimensión social de las precipitaciones que el tiempo se dividía en “años ruines”, protagonizados por la sequía, y “años buenos”, con agua abundante para cultivos y ganados. En cualquier caso, las jornadas de lluvia eran siempre bien recibidas, casi como si fueran días festivos.

Las crónicas históricas, como la célebre de René Verneau del siglo XIX, también ponen el énfasis en la altísima valoración colectiva del agua, algo muy propio de poblaciones oriundas de zonas desérticas: “Cuando se ha nacido en un país como éste es cuando se puede apreciar el agua en su justo valor. Lanzarote, más que las otras islas, está mal dotada desde este punto de vista. No tiene ni un arroyo, ni una fuente, ni un pozo, aparte de aquellos que sirven para recoger el agua de la lluvia (...) cuando llueve ¡con qué cuidado se recoge el agua! Las más mínimas depresiones, son transformadas en canales que llevan el precioso líquido a los estanques o aljibes”.

Mujer guindando agua de un aljibe en Playa Blanca para dar de beber a un camello. Foto cedida por Carlos Rojano a Memoria Digital de Lanzarote.

Majos

Los primeros pobladores de estas islas se preocuparon mucho por el agua, situando sus asentamientos cerca de puntos habituales de aprovisionamiento, conociendo  a la perfección las fuentes naturales y excavando pequeños depósitos como aljibes y eres, que son charcos que se horadaban en los barrancos para retener más cantidad de agua, o construyendo maretas al aire libre de mayores dimensiones.

Pero el desconocimiento de estas sociedades nos deja todavía muchas dudas respecto a su cultura inmaterial ligada a la lluvia. Muy probablemente una gran parte de su mitología y de su concepción religiosa estaba vinculada a un elemento tan elemental y escaso en estas islas como el agua. Más si tenemos en cuenta que su alimentación dependía de la agricultura y, sobre todo, de buenos pastos para el ganado.

Para barruntar las lluvias se miraba cualquier señal en el cielo, plantas o animales

Diversos investigadores consideran que las abundantes cazoletas, canalillos y depósitos que han sido halladas en montañas y zonas altas tienen relación con ceremonias de derramamiento de líquidos, como leche o agua, para invocar lluvias, fertilidad o un como llamamiento más general a la fecundidad. Un cronista clásico como Abreu Galindo afirmaba que los antiguos majoreros “hacían sacrificios en las montañas, derramando leche de cabras con vasos que llaman gánigos”.

También hay interpretaciones que señalan que “probablemente las estructuras de piedras hincadas o efequenes se hallen relacionadas con el desarrollo de rituales para la llegada de lluvias”, según afirma María Antonia Perera en el libro La cultura del agua de Lanzarote.

Respecto a la toponimia heredada de los majos, hay ejemplos como el término “Dise”, muy habitual en Lanzarote, que el investigador Agustín Pallarés vinculaba con el agua. En un estudio de escala insular, la especialista Genoveva Torres concluía que casi una cuarta de los topónimos de Fuerteventura tenían que ver con el preciado líquido elemento.

Con la llegada de los europeos el régimen de lluvias no mejoró, aunque las técnicas constructivas sí permitieron construcciones de almacenamiento mayores. Curiosamente, Le Canarien, la gran crónica de la conquista de ambas islas, habla de “gran cantidad de fuentes y de cisternas” de almacenamiento tanto para Fuerteventura como para Lanzarote. No es el único testimonio positivo, Olivia Stone, ya a finales del siglo XIX recoge como su visita a las islas más orientales de Canarias coincide con el paso de buenos chubascos, describiendo la felicidad y asombro de los isleños e isleñas.

No obstante, la gran mayoría de los textos históricos tras la conquista muestran una preocupación constante por las cíclicas etapas de sequías. La falta de lluvia no solo provocaba sed, altas mortandades y ruina económica, sino que aumentaba el despoblamiento, con agudos repuntes de la emigración. Además, solían ser las capas sociales más desfavorecidas las que sufrían más estos fenómenos, mientras la pequeña élite terrateniente muchas veces aprovechaban para comprar más tierras a precios ventajosos, concentrando aún más la propiedad de la tierra.

Lo que sí cambió con la conquista castellana, a partir de 1402, es que el cristianismo comenzó a aglutinar las rogativas por la lluvia y todo el campo espiritual ligado a la invocación de precipitaciones y ayudas divinas. Durante siglos, las ermitas e iglesias de Lanzarote y Fuerteventura fueron espacios de plegarias, misas y rezos masivos para rogar por la llegada de las beneficiosas nubes cargadas de agua. En casos de sequías prolongadas incluso se sacaban las imágenes sagradas en procesiones y ruegos colectivos.

Manuel Díaz Rijo (derecha) retratado en el puerto de Los Mármoles junto al entonces alcalde de Arrecife, Ginés de la Hoz (izquierda), observando la llegada de las piezas de la planta potabilizadora en 1964. Fotografía cedida por Eugenio Lorenzo a Memoria Digital de Lanzarote.

Predicciones

En islas tan sedientas como estas se desarrollaron múltiples sistemas no científicos para prever la llegada de la lluvia. Joaquín Carreras se adentró en este mundo en un capítulo del libro Fuerteventura. La cultura del agua, hablando sobre todo de aberruntos y cabañuelas. Antes de la llegada de la meteorología moderna se miraba e interpretaba el cielo con detalle para ver posibles síntomas de la llegada de lluvia. La cosecha, el pastoreo y, por tanto, el bien de la comunidad, dependían mucho de las caprichosas precipitaciones, por lo que los habitantes de estas islas estaban muy pendientes a cualquier cambio. Según Carreras, las personas del campo majorero estaban especialmente atentos a Venus y a la Luna, aunque también estaban atentas a nubes, brumas, cambios del viento...

Los primeros pobladores se preocuparon mucho por la falta de agua

De la misma manera, para barruntar la llegada de lluvia también se miraba con mucha atención el comportamiento de plantas y animales. Francisco Navarro Artiles contaba los detalles sobre la Cabañuela de las Dueñas del 18 de noviembre, una de las más famosas en Fuerteventura: “Los camellos se dejan a dormir fuera, al sereno; el día 18, muy temprano, se pasa la mano por la corcova del camello: si la tienen serenada (húmeda), el año será bueno; si la tienen seca, será malo”. Además de cabras y camellos, el comportamiento de muchos tipos de animales, y especialmente pájaros, era observado con detenimiento, especialmente en la época de lluvias.

La obsesión por el agua también influía en profesiones ancestrales, muchas de las cuales han ido desapareciendo. Una de las soluciones más recurridas para la búsqueda de agua era la construcción de pozos, pero para ello era necesario saber bien dónde excavar. De esta manera, los zahoríes tenían una especial fama y consideración, ya que se les atribuía la capacidad de descubrir manantiales subterráneos. Todavía el programa Senderos Isleños, de Televisión Española en Canarias, grabó a un conocido zahorí de Tuineje en los años 90 del pasado siglo XX.

Detalle de un aljibe en la isla de La Graciosa. Fotografía cedida por Elza y Nick Wagner a Memoria Digital de Lanzarote. 

La desesperación por la lluvia también hacía que la población creyera en casi cualquier proyecto que prometiera mejorar su frágil situación. La prensa local histórica recoge esa preocupación constante, así como la ilusión que despertaron planes fallidos como megaproyectos de depósitos, galerías y maretas del siglo XIX, intentos utópicos de plantar árboles de forma masiva o quiméricos proyectos de uso de la energía geotérmica de Timanfaya. Una prueba más de la persistente inquietud que sentía la sociedad insular por conseguir un suministro estable de agua potable.

La magua por la lluvia también inunda la literatura popular y la culta, como observó Miguel de Unamuno durante su breve destierro en Fuerteventura, dejando uno de los mejores párrafos sobre este drama:

“¡Agua, agua, agua! Tal es la magua

que oprime el pecho de esta gente pobre;

agua, Señor, aunque sea salobre:

¿para qué tierra, si les falta el agua?”

Finalmente la solución llegó por el mar, cuando el ingeniero lanzaroteño Manuel Díaz Rijo impulsó la instalación de la primera potabilizadora de uso civil de Europa en Lanzarote en la década de 1960. La desalinización comenzó a romper la atávica obsesión que las poblaciones de Fuerteventura y Lanzarote habían tenido con la lluvia.

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