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Antonio Corujo: la vida de un artista

Será nombrado Hijo Predilecto de Lanzarote. Es portador de una tradición, el folklore insular, y miembro de una saga, pero es un hombre moderno que hace suyo todo lo que interpreta

Saúl García 7 COMENTARIOS 15/04/2023 - 08:46

-¿Cómo estamos?

-Estamos, que no es poco.

Antonio Corujo (San Bartolomé, 1933) hace años que ha sumado vejez a la experiencia y la sabiduría y contesta así a las preguntas sobre su estado. Ha pasado mucho tiempo desde que Antonio ponía la oreja en la barbería de su padre para escuchar coplas y conversaciones. De sobra sabe que “estar” es una condición imprescindible, pero que no es suficiente. Pero si la contestación se acompaña de la viveza de sus ojos y de una sonrisa, el interlocutor ya entiende que no hace falta entrar en detalles.

La Isla se ha ensanchado y ha engordado desde que Antonio bajaba caminando desde San Bartolomé hasta Arrecife. Antonio ha asistido a toda una vida y a varias generaciones, y no solo como espectador, como hacía en la barbería de su padre, sino también como protagonista. Hablar de la vida de Antonio es asomarse a la historia reciente de Lanzarote. No solo por el folklore, como manifestación popular, sino por su trayectoria: las penurias del campo, la necesidad de emprender un negocio alternativo, la emigración a Venezuela, la vuelta, el crecimiento de Arrecife y de sus barrios...

Todo ha cambiado. Antonio ha dejado de caminar cada mañana hasta su propia barbería, en el centro de Arrecife. Primero la tuvo en la calle Real y después en el callejón Artillero Luis Tresguerras. Y siempre fue algo más que un negocio: un punto de encuentro que recogió parte del espíritu de aquella barbería cantina de San Bartolomé, donde las manos del barbero dejaban las tijeras para agarrar las lapas o el timple. Tuvo que llegar una pandemia mundial para que echara el cierre, con 86 años. Pocos meses después corrió a coger un taxi y se rompió la cadera. Ahora camina solo media hora cada mañana por las calles del barrio de Titerroy con la ayuda del bastón que le regaló su hija Carmen y bajo el cachorro que compró en Modas Tito.

Antonio se crió en ese tiempo y lugar en que la música era una expresión de libertad

A Antonio Corujo le han nombrado Hijo predilecto de Lanzarote. O le van a nombrar. El acto oficial de entrega y distinción que se iba celebrar en Jameos del Agua, se ha aplazado. En cualquier caso, no está muy preocupado por eso. En la sesión de fotos para este artículo dice que ya no toca el timple. Antes lo tocaba cada día, un rato, diez o quince minutos, para no perder la práctica. Pero hay otras cosas que no cambian. Antonio sigue recitando en cuanto tiene ocasión. Y si no la tiene, la busca. Mientras posa para la cámara, recita el poema Lanzarote, de Vicente C. Hernández, un cubano de origen canario que trabajó en Hollywood como camarógrafo y al que conoció en una de sus pocas visitas a la Isla. Vicente tenía un primo que trabajaba en el Banco Hispano Americano y supo sacar la esencia de los rincones de la Isla. Lo dejó por escrito, pero si no es por Antonio, sería papel mojado.

Lo que Antonio escucha una vez, viaja con él. Así pasó también con las coplas de Víctor Fernández Gopar, El Salinero. Las escuchó por primera vez en la infancia y se dedicó a difundirlas, con ahínco, durante años, entre los escolares de Canarias. La recuperación de la obra de El Salinero hoy es un hecho, pero antes de eso fue un empeño.

Se crió en una barbería y fue barbero. Siempre se ganó así la vida. También cuando estuvo en Venezuela. De hecho, aún sigue pelando en casa a quien le ofrece la cabeza. Pero a Antonio no se le recordará por su destreza con las tijeras, que la tiene, sino porque nació artista. Haga lo que haga, tiene que vivirlo, sentirlo, hacerlo suyo. Probablemente es algo que no se aprende y no se encuentra. Cuando interpreta una copla, una malagueña o un verso, los hace propios y por tanto, únicos. Lo ha hecho con El Salinero pero también con las canciones de los llaneros que aprendió en Venezuela o con poetas de la Península, desde Lorca a Manuel Benítez Carrasco.

En la cantina fijó la vista y aprendió el oficio. Aguzó el oído y aprendió todo lo demás. Absorbió las más variadas ramas del folklore lanzaroteño. Los Corujo vivían en el barrio de El Jable. En aquel instante, cuando lo líquido eran las fronteras entre el interior y el exterior, en la calle, que era el campo, se formaban corros de hombres, mujeres y niños que bailaban y cantaban desde el atardecer hasta bien entrada la noche. Era un ritual diario en el que participaba toda la familia. Unos cantaban, otros bailaban, y algunos como su padre, Domingo Corujo Brito, hacía ambas cosas a la vez.

En época de escasez, las pertenencias son comunes. Antonio se crió en ese tiempo y lugar en que la música, la cultura popular, era una expresión de libertad y de dignidad, un territorio en el que la jerarquía la imponía el talento, no el apellido ni la herencia.

Aunque camina menos y no toca el timple, la cadencia y la voz las mantiene

Y sin embargo heredó esa tradición que comienza, al menos hasta donde llega la memoria, con un pastor, su abuelo Juan el Jariano y su mujer Margarita. Él se encargaba de la música y ella de que se aprendieran la letra. Ambos fueron imprescindibles para mantener los Ranchos de Pascua. Ese entorno, años después, fue el embrión de la Agrupación Folclórica de San Bartolomé, la Ajei, que recibió el primer premio en el Festival Internacional de Folclore de Santander en 1960. Su padre, Domingo, fue director de baile de esa agrupación. También fue solista, como el abuelo, de los Ranchos de Pascua. Antonio no tardó en seguir el mismo camino. Perteneció también a la Parranda de los Buches. En su familia, todo fue, y es, música. Su madre, Manuela Tejera González, también le prodigaba versos y coplas que conformaron el universo lírico en el que creció. Su mujer, Maquita García, cantó en la Coral de San Ginés. Qué decir de sus hermanos, sus hijos y sus sobrinos.

A lo largo de su vida ha actuado con las principales figuras de la música canaria y lo ha hecho en decenas de países. Es portador de una tradición, pero es un hombre moderno. Evoluciona, se abre y y se adapta, como lo hizo con su hijo Toñín o en su colaboración con Artenara. Es un hombre curioso, con ganas de saber y afán por seguir aprendiendo. Es una persona de orden, pero también es libertario, digno y orgulloso.

Aunque camina menos y no toca el timple, la cadencia y la voz las mantiene intactas. Su estilo es inconfundible. Como a todas las personas de su edad, le cuesta más aprender lo nuevo que rescatar lo antiguo de una de esas gavetas sin fondo que tiene como memoria. Hace cinco años, en el espectáculo Universo Colorao, con Domingo Rodríguez, salió a recitar unos versos nuevos a pecho descubierto, sin el Plan B escrito en un papel. Se trabucó o se quedó en blanco, o ambas cosas. El auditorio de los Jameos estaba lleno. El público lo pasó mal. Cuando terminó la actuación lo saludé y entonces fue él quien preguntó.

-¿Cómo lo has visto?

-Bueno...

Sin dejar terminar una frase de compromiso, con la generosidad de quien quiere que su interlocutor se sienta bien, respondió:

-Como tú comprenderás, yo a mi edad vengo aquí a divertirme.

Comentarios

Todo lo que hagan será poco para tan alta dignidad.
Gran persona y un gran versador que pena que el tiempo no se detenga para nadie
Todo lo máximo para este gran hombre q ha paseado el mejor nombre de Lanzarote. Lástima q el premio q se le iba a otorgar se lo hayan cargado entre Pedro San Gines, las disputas con el psoe y con radio Lanzarote. Impresentable. Y ya paso con Juan Brito
Felicidades a mi mejor Barbero y Amigo desde1968
Felicidades Maestro a mi mejor Barbero y Amigo desde 1968
Felicidades Maestro mis mejores deseos al mejor Barbero ,Poeta y Amigo desde 1968
Un saludo para un vecino excelente de la calle Tinache.

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