Pedro Domínguez Trujillo

Tres visiones, un mismo déficit: el debate energético en Lanzarote y lo que ninguno propone

[Nota: Este artículo incorpora el análisis de las posiciones de Ginés Díaz, Pedro Hernández y la iniciativa PLZ21, confrontándolas con alternativas tecnológicas disponibles que el debate público ha ignorado sistemáticamente]

Dos veteranos del ecologismo, Ginés Díaz y Pedro Hernández, han escrito sendos artículos sobre el aerogenerador de La Santa y el conflicto más amplio de la transición energética en Lanzarote. A ellos se suma ahora la iniciativa PLZ21 (Proyecto Lanzarote 21). Los leo con la atención que merecen, y, precisamente por eso, me permito señalar lo que parece faltar en los tres. Porque si los dos ecologistas se quedan atrapados en el sí o el no al aerogenerador, PLZ21 amplía el campo de visión —pero también lo cierra— pues sustituye el aerogenerador convencional por la placa fotovoltaica, declarando el problema resuelto. Lejos se encuentra de estarlo.

Ginés Díaz construye un relato apasionado: el paisaje de Tenésara, los agricultores, el agua como hilo conductor de la identidad. Vincula correctamente energía y agua, acepta los aerogeneradores —incluso parece celebrarlos— como un mal menor necesario, proponiendo una red descentralizada de producción hídrica. Pedro Hernández, desde una posición radicalmente distinta, rechaza ese mismo aerogenerador invocando las evaluaciones de impacto ambiental incumplidas y la Red Natura vulnerada. PLZ21, por su parte, propone en relación al debate sobre las Zonas de Aceleración de Renovables (ZAR) que la mejor alternativa para la isla sería la implantación de energía fotovoltaica en suelos ya degradados o cubiertas de edificios, preferentemente de titularidad pública.

Tres posiciones y una fractura. No es de matices, es de modelo, y, sin embargo, las tres comparten un mismo déficit que no es menor.

PLZ21: más campo de visión, pero el mismo reduccionismo

La propuesta de PLZ21 merece cierto crédito inicial por varios aspectos que los otros dos artículos no abordan. Señala con claridad que las zonas más apropiadas para la implantación de renovables deben ser áreas ya degradadas, como vertederos, canteras o minas clausuradas, además de suelos industriales o comerciales ya urbanizados, incluyendo las cubiertas de los edificios y los aparcamientos. Es una posición razonable y técnicamente fundada, que evita el error de ocupar suelo agrícola o paisaje protegido con instalaciones de generación eléctrica.

PLZ21 argumenta también, con datos de la Fundación Renovables, que el porcentaje máximo de generación en cubiertas y azoteas oscila entre el 26% y el 40% del total de energía consumida en la isla, y que el resto debería generarse en suelos ya degradados. La propuesta de titularidad pública —que el Cabildo sea el promotor y propietario para que el beneficio revierta en la ciudadanía— es igualmente pertinente y contrasta favorablemente con el modelo de concesión privada que el Gobierno de Canarias ha impulsado mediante las ZAR.

Sin embargo, PLZ21 incurre en el mismo reduccionismo tecnológico que critica, aunque desde otro ángulo. Su posición se resume en que la fotovoltaica es preferible a la eólica, en que se emplace en suelos degradados y cubiertas, y en que existan más baterías de almacenamiento, lo que en diez años supondría alcanzar en la isla el cien por cien de energía renovable. Es una afirmación ambiciosa que merece ser contrastada.

La fotovoltaica tiene ventajas reales: menor impacto sobre la fauna alada que los aerogeneradores convencionales, instalación y mantenimiento más sencillos, precio en continua reducción, integración en tejido urbano existente. Pero también tiene límites conocidos: depende de la radiación solar —que en Lanzarote es alta pero discontinua—, requiere almacenamiento para cubrir la demanda nocturna y los días de baja irradiación, y ocupa superficie aunque sea en suelo degradado. La evolución de las baterías es un argumento válido, pero no elimina el problema de la dependencia de un único vector energético. Tampoco considera la incidencia en el paisaje, pues los suelos degradados son parte del paisaje y pueden encontrarse en zonas de alto valor paisajístico.

Lo que PLZ21 no pregunta —igual que Ginés y Pedro— es si existe alguna fuente energética que no dependa del sol, que no requiera grandes infraestructuras en tierra y que pueda generar simultáneamente electricidad y agua potable. Esa pregunta tiene respuesta, y PLZ21 también la ignora.

El aerogenerador no es la única forma de aprovechar el viento

El aerogenerador convencional de eje horizontal —el molino de tres aspas que domina el paisaje desde los años noventa— tiene virtudes conocidas: es eficiente, maduro tecnológicamente y barato a escala industrial. Pero tiene también impactos igualmente conocidos: el visual sobre el paisaje, el acústico sobre las comunidades cercanas, y el letal sobre la fauna alada. Los principales impactos negativos sobre las aves incluyen la mortalidad por colisión contra las aspas, el desplazamiento de ejemplares por modificación del hábitat, el efecto barrera y la pérdida de este. En una zona de alta sensibilidad como es la mayor parte del suelo de Lanzarote, con poblaciones de hubara canaria y otras especies de valor excepcional, estos impactos no son hipotéticos.

Pero el aerogenerador convencional no es la única forma de convertir el viento en electricidad. Las turbinas de eje vertical representan una primera alternativa de bajo impacto. Funcionan con independencia de la dirección del viento, generan menos ruido que las convencionales y tienen un perfil visual radicalmente distinto: compacto, bajo e integrable en estructuras existentes. No ponen en peligro a las aves, ya que estas pueden distinguirlas como obstáculos y evitarlas. Modelos comerciales europeos arrancan desde tan solo 2 m/s de velocidad del viento y su funcionamiento silencioso protege la biodiversidad.

Más radical aún es el aerogenerador sin aspas, tecnología desarrollada en España por la empresa madrileña Vortex Bladeless. En lugar de rotar, oscila, convirtiendo esa oscilación en electricidad. Entre sus ventajas figuran la ausencia de ruido, la falta de interferencias con radares, un menor coste de materiales y montaje, costes de mantenimiento muy reducidos, la minimización del impacto medioambiental y paisajístico, y la seguridad para las aves; la huella de carbono se reduce en un 40% respecto a las turbinas convencionales. Sus propios creadores lo formulan con claridad: esta tecnología puede cubrir lugares en los que los parques eólicos tradicionales no son adecuados. Paisajes sensibles, zonas protegidas, entornos en los que una aspa en rotación a cien metros es inaceptable. Lugares como Lanzarote.

PLZ21 descarta la eólica porque «sigue teniendo una afección importante sobre las aves y un impacto visual negativo». Es correcto respecto al aerogenerador convencional. Pero la turbina de eje vertical y el aerogenerador sin aspas no tienen esos impactos. El argumento de PLZ21 contra lo eólico se aplica a una sola familia tecnológica, no a toda la posibilidad de aprovechar el viento. Omitir esa distinción no es un error menor: es el mismo déficit de imaginación tecnológica que se le puede reprochar a los dos ecologistas.

Energía a través de las olas

Hay, sin embargo, una fuente que el debate ha ignorado por completo, y que resulta especialmente pertinente en un archipiélago oceánico: la energía de las olas, o energía undimotriz. Esta tecnología convierte el movimiento de las olas en electricidad mediante dispositivos mecánicos instalados en el mar. La ventaja principal es que las olas son constantes, a diferencia tanto del viento como del sol.

España no parte de cero en este campo. La central undimotriz de Mutriku, en el País Vasco, inaugurada en 2011, se convirtió en la primera planta comercial del mundo que genera electricidad a partir del oleaje, y en 2020 batió el récord mundial de generación acumulada para instalaciones de este tipo conectadas a la red. Y en Canarias, la propia Estrategia Energética del Gobierno autonómico identifica el aprovechamiento de la energía undimotriz como una gran oportunidad para las islas.

Lo que hace especialmente relevante este argumento no es la generación eléctrica en sí, sino la posibilidad de combinar energía de las olas directamente con desalación, eliminando la necesidad de grandes infraestructuras en tierra. Desde enero de 2025, en aguas del norte de Gran Canaria, el proyecto DesaLIFE, liderado por Ocean Oasis Canarias con la participación del Instituto Tecnológico de Canarias, PLOCAN y la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, busca demostrar la viabilidad de desalar agua de mar utilizando exclusivamente energía undimotriz. La tecnología es flotante y se basa en un sistema de ósmosis inversa que desala el agua del mar utilizando únicamente la energía de las olas, sin consumir electricidad de la red. La producción estimada es de 2.000 m³ diarios de agua dulce.

Una plataforma flotante, mar adentro, que desala agua usando solo el movimiento de las olas, sin cables que rasguen el territorio, sin aerogeneradores que amenacen a la hubara, sin fotovoltaica que ocupe suelo —ni siquiera degradado—, sin impacto paisajístico visible desde tierra. Lanzarote está, geográficamente, a escasa distancia de donde esto ya ocurre.

El agua no tiene que venir solo del mar por desalación

Ni Ginés, ni Pedro, ni PLZ21 se preguntan si el agua tiene que venir necesariamente del mar a través de grandes plantas desaladoras. La pregunta tiene sentido porque Lanzarote dispone de un recurso que nadie menciona: la humedad atlántica.

Desde 2004, empresas especializadas del sector —entre ellas la firma española Aquaer Generators, con sede en Sevilla— comercializan generadores de agua potable por condensación de vapor atmosférico, con equipos cuyas prestaciones oscilan entre 330 litros por día y otros que alcanzan los 100.000 litros por día, garantizando su obtención con tan solo un 13% de humedad relativa. En Lanzarote, la humedad ambiental es  tal que hasta supone un problema en las viviendas. En estas condiciones, la producción de agua potable por vía atmosférica no es un experimento: es una solución disponible, escalable y silenciosa.

Desde hace aproximadamente diez meses, en el huerto del IES Teguise, en el Complejo Agroindustrial, funciona un dispositivo de captación de agua atmosférica bajo el nombre «Cuarto de Aperos 2.0», con el patrocinio del Grupo Chacón y el desarrollo técnico de Frisolutions. El dispositivo obtiene unos 100 litros diarios en el prototipo actual, con agua de mejor pH y seis veces menos conductividad eléctrica que la de la red general —lo que significa menos sales y menos daño al suelo agrícola—.

El Escuadrón de Vigilancia Aérea n.º 22 (EVA 22), ubicado en las Cumbres de Famara, ha finalizado la instalación de los primeros recolectores de agua atmosférica integrados en su sistema de abastecimiento. Los alisios que allí soplan, cargados de humedad atlántica, alimentan vegetación de niebla única en la isla y se convierten al mismo tiempo en fuente de agua para una instalación que no dispone de red de distribución convencional. Si el Ejército del Aire ha encontrado en la humedad de Famara una solución viable, no hay razón para que el debate sobre el agua agrícola del noroeste ignore esa misma fuente.

El modelo que nadie cuestiona: tampoco PLZ21

La ausencia de estas alternativas en el debate no es inocente, y afecta por igual a las tres intervenciones analizadas. PLZ21, que tiene el mérito de ir más allá del sí o el no al aerogenerador y de proponer una estrategia concreta basada en suelo público y fotovoltaica, reproduce sin embargo el mismo sesgo estructural: propone un modelo de gran infraestructura —aunque sea en cubiertas y suelos degradados— gestionada centralmente, en lugar de explorar soluciones distribuidas, de bajo impacto y combinables entre sí.

El modelo de transición energética e hídrica que se está imponiendo en Canarias no está pensado para la resiliencia de los agricultores del noroeste de Lanzarote. Está pensado para grandes inversiones, notables infraestructuras e importantes concesiones. Se trata del mismo modelo de concentración y dependencia que ha llevado a la isla a operar hoy con siete de sus trece grupos térmicos fuera de vida útil regulatoria, como documenta Ginés Díaz con datos del propio Instituto Tecnológico de Canarias.

PLZ21 tiene razón al defender la titularidad pública frente a la concesión privada indefinida. Y tiene razón al valorar la fotovoltaica sobre la eólica convencional en términos de impacto. Pero hay dos silencios en su propuesta que no son menores.

El primero de ellos es que no analiza la incidencia paisajística de las instalaciones fotovoltaicas sobre los propios suelos degradados. Un suelo degradado no es un suelo neutro. Puede ser un paisaje de enorme valor visual, geológico o ecológico, como ocurre con antiguos campos de extracción de áridos en la isla que han desarrollado comunidades vegetales singulares o que forman parte de entornos protegidos. Convertir la degradación preexistente en argumento legitimador de una nueva intervención que supone en sí un factor degradante del paisaje es una lógica que merecen revisar quienes defienden el paisaje como valor irrenunciable.

El segundo silencio es más profundo pues PLZ21 no pregunta por qué esos suelos están degradados. La respuesta, en Lanzarote, tiene explicación y se debe a la intervención humana, ya sea por extracción de áridos, abandono de instalaciones industriales, gestión pública deficiente o especulación. Aceptar la degradación como dato de partida sin proponer la restauración de esos suelos como condición o como horizonte es, en realidad, hacer de la herida argumento para una nueva intervención que puede resultar igualmente dañina. Las preguntas que PLZ21 debería formular —y no formula— son estas: ¿por qué la primera respuesta ante un suelo dañado es ocuparlo con más infraestructura, en lugar de repararlo?, ¿quién establece qué suelos entran en la clasificación de degradados?, ¿es la parte del Jable que ha sido objeto de extracciones suelo degradado?

Un modelo híbrido para la isla

Lanzarote lleva décadas siendo pionera en desalación. Podría ser nuevamente un laboratorio de alternativas energéticas e hídricas. Un modelo híbrido que combine captación atmosférica con micro-eólica de bajo impacto —turbinas de eje vertical o aerogeneradores sin aspas—, autoconsumo solar integrado en cubiertas, y desalación undimotriz mar adentro. No como sustituto total —seamos honestos con las escalas—, sino como complemento que alivie las zonas más vulnerables, las más alejadas de la red, las que el modelo centralizado nunca termina de alcanzar. Y sin impactos visuales.

El viento puede mover aspas, pero también puede oscilar postes silenciosos y girar turbinas verticales discretas. Las olas pueden producir electricidad y agua potable simultáneamente, a kilómetros de la costa, sin tocar el territorio. Y el aire de Lanzarote, cargado de humedad atlántica durante trescientos sesenta y cinco días al año, es el recurso más democrático, más distribuido y más silencioso que tenemos.

Resulta revelador que las iniciativas más innovadoras en materia de agua y energía en Lanzarote no provengan del ecologismo organizado ni de las propuestas técnicas mejor intencionadas, sino del Ejército del Aire en Famara, de una startup respaldada por el ITC, de una empresa sevillana o de un instituto de enseñanza secundaria en Teguise. Mientras el debate —incluyendo a PLZ21— se agota en la elección entre fotovoltaica y aerogenerador, otros actores llevan tiempo demostrando sobre el terreno que hay más opciones. Esa inversión de papeles debería incomodar a todos los implicados.

El debate que necesitamos no es si queremos aerogeneradores o fotovoltaicas. Es si queremos que nos sigan imponiendo la transición energética e hídrica quienes, como el Gobierno de Canarias,  tienen interés en que no haya más alternativas que las suyas —sean grandes parques eólicos, grandes plantas fotovoltaicas o grandes desaladoras—, mientras la sociedad lanzaroteña permanece dividida en dos opciones que excluyen todo lo que queda entre medias y todo lo que nadie pone sobre la mesa, tal que no existiera. Eso es, precisamente, lo que el Gobierno de Canarias necesita: mucho ruido de un debate sesgado para que nadie pregunte a quiénes sirven sus modelos energéticos.

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