
Echedey Eugenio y el espejo roto
Hay artículos que merecen respuesta no porque sus argumentos sean sólidos, sino precisamente porque no lo son. El que firma Echedey Eugenio —autor del artículo “Finalmente, las ratas llegaron al puerto”—, secretario local de Coalición Canaria y Primer Teniente de Alcalde de Arrecife —con competencias en Hacienda, Contratación, Empleo, Agencia de Desarrollo Local, Festejos, Patronato del Carnaval y Régimen Interior; vamos, que le da al todo—, es uno de esos textos que, leídos con atención, acaban diciendo más sobre quien los escribe que sobre aquello que pretenden denunciar.
Eugenio escribe con la pasión del converso. Su prosa combativa, su indignación desbordada, su apelación constante al agravio canario. Todo muy vistoso. Pero hay una frase en su artículo que merece rescatarse, no para refutarla, sino para devolverla a su autor con el espejo dado la vuelta:
“...para algunos, Canarias sigue siendo un territorio al que se le informa tarde, se le explica poco y se le exige obediencia absoluta.”
Bien dicho. Suscribible. Aplaudible, incluso.
Pero contextualicemos. Si tomamos esa misma frase y la situamos frente a las jaulas marinas que se planifican en nuestras aguas sin consulta real a los ayuntamientos ni a la ciudadanía de Lanzarote; frente a planes que se imponen con toda suerte de arbitrariedades, y que se tramitan entre despachos sin que los vecinos sepan de qué va la película hasta que el BOC ya lo publicó; frente a los catálogos de protección diseñados para lo que convenga en cada momento; frente a las zonas de aceleración de renovables impuestas desde Tenerife con nuestro territorio como moneda de cambio… si cambiamos Canarias por Lanzarote, entonces sí: suscribo las ocurrencias de Echedey Eugenio.
Porque con todos esos proyectos que afectan directamente a esta isla, no es que se informe con retraso: es que no se informa. No es que se explique insuficientemente: es que se niegan las explicaciones. No es que se exija obediencia absoluta: es que se reclama la rendición incondicional de nuestro suelo para satisfacer intereses que no son los de Lanzarote.
Y ahí está la paradoja que Eugenio no parece querer ver: él denuncia con elocuencia el desprecio de Madrid hacia Canarias mientras ejerce como correa de transmisión de un partido, Coalición Canaria, que practica exactamente ese mismo desprecio hacia las islas que no son Tenerife. Ese nacionalismo chicharrero que en la retórica abraza la causa canaria, pero en la práctica convierte al resto del archipiélago en periferia de la periferia, en territorio a ordenar, a explotar y a callar.
Eugenio nos quiere indignados frente a Madrid. Legítimo. Pero nos quiere mansos frente a Clavijo. Y eso ya no es tan legítimo.
El problema de escribir sobre servidumbre cuando uno mismo sirve a un clan es que el texto termina siendo, sin quererlo, un autorretrato.
Nos quieren mansos. Echedey Eugenio lo confirma cada vez que quiere dar satisfacción al clan de Clavijo del que él mismo forma parte.












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