Reparar, la cuarta erre de la economía circular
Cinco profesionales de Lanzarote defienden la oportunidad de minimizar los residuos a través del arreglo de objetos estropeados
Reducir, reutilizar, reciclar y reparar constituyen las cuatro patas sobre las que se asienta la denominada economía circular, que surge como alternativa al modelo lineal capitalista basado en extraer, producir, consumir y desechar. Frente a una sociedad marcada por el hiperconsumismo, la producción masiva y la generación constante de residuos, este enfoque propone mantener los productos y materiales en uso el mayor tiempo posible.
En este contexto adquiere especial relevancia la cuarta erre incorporada a la ecuación, la de la reparación, una práctica que ha estado presente en todas las generaciones y culturas hasta el desembarco en el siglo XXI. La sobreexplotación de los recursos, la fabricación sin límites y los desperdicios descontrolados dibujan un panorama crítico, pero la promoción y el impulso a la economía circular reflejan una vuelta a la manera tradicional de sentir y entender la relación entre consumidores y objetos.
En las últimas décadas, el sistema económico ha favorecido la obsolescencia programada y la cultura del reemplazo rápido, especialmente en productos tecnológicos y electrodomésticos, diseñados para durar poco o para resultar difíciles de arreglar. Reparar aparece entonces como una respuesta revolucionaria frente a la lógica del descarte permanente. Algunos de sus heroicos representantes están establecidos en Lanzarote y defienden sus oficios por su alto valor en términos de sostenibilidad.
El lema de la empresa ElectrocomSAT, que presta servicios de asistencia técnica en su local de la calle Cabo Juby 9, en Arrecife, no puede ser más estimulante: “Si tienen enchufe, nosotros lo reparamos”. Su propietaria y gerente, María del Carmen Safont, lleva al frente del negocio desde hace tres décadas, cuando su padre se jubiló tras veinte años de trabajo.
Su reflexión es optimista y apunta a una cierta evolución de las mentalidades: “Si hay alguna lectura positiva en el cambio de ciclo es, quizás, la merma del consumo salvaje; la gente ha tomado más conciencia de que usar y tirar no es sinónimo de prosperidad, sino de inconsciencia, y máxime en una isla, donde la gestión de los residuos se hace doblemente complicada”. Gracias a ello, -y a nuestra profesionalidad, matiza-, ha podido incorporar a dos técnicos más a la plantilla, que ya suma cinco personas.
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Un trabajador de ElectrocomSAT.
Los electrodomésticos, cada vez más complejos y con nuevas prestaciones tecnológicas, ven subir sus precios y los de las potenciales reparaciones. Y aun así, el arreglo sigue siendo rentable. “El problema principal que nos encontramos es el bulo de la inestabilidad de lo reparado, o de su coste, que se puede aproximar al precio de un aparato de paquete, creencias favorecidas en cierta medida por las marcas. Ambas cosas son totalmente inciertas: el arreglo de una televisión, por ejemplo, no llega de promedio ni a una tercera parte de lo que costó”, asegura María del Carmen.
La durabilidad de la máquina depende de muchos factores, pero en ocasiones, la simple sustitución de una pieza puede prolongar su vida notablemente. “Guardo fotos de reparaciones antiguas, que vuelven al taller después de muchos años, y las guardo porque me parece superbonito. Si la gente lo supiera, tendría otra actitud. Me han traído microondas, centros de planchado... Y bueno, las ollas heredadas de la madre, que son inmortales”, dice con una sonrisa. Los robots de cocina, televisores y barredoras que mapean y friegan, son los aparatos que más le llegan.
La empresaria está fuertemente concienciada con la protección del planeta “frente a un sistema de producción en el que la maquinaria no puede detenerse; pero al mismo tiempo, si no paramos, sufriremos consecuencias irreversibles”. Utiliza el término “ecología doméstica” para referirse a los repuestos y consumibles, otra fórmula para aumentar la longevidad de los electrodomésticos. “Igual tiras sin querer a la basura la piña del exprimidor con la cáscara; pues te gastas cuatro euros en otra y tienes exprimidor nuevo. El plato del microondas, las ruedas de la aspiradora, las jarras de la batidora, la goma de la puerta de la lavadora... La mayoría de repuestos de un aparato que pueden sufrir un percance, solo hace falta comprarlos y ponerlos en casa, o te los ponemos nosotros”, cuenta. Y recuerda, escandalizada, la visita de un extranjero, hace ya unos años, que entró a por bolsas para la aspiradora, y al no encontrarlas, anunció: “pues no voy a esperar, me compro una nueva”.
Valor ecológico
La reparación tiene un profundo valor ecológico, porque prolongar la vida útil de un producto evita el gasto energético y material que implica fabricar otro nuevo. En muchos casos, recuperar un teléfono móvil, un ordenador o un electrodoméstico supone un impacto ambiental mucho menor que sustituirlo. Esto resulta especialmente relevante en una época marcada por el crecimiento acelerado de los residuos electrónicos, uno de los problemas ambientales más graves de las sociedades industrializadas.
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Yamir, en la oficina de Servimovil.
El “derecho a reparar” se ha propuesto en Europa como meta para 2050
Un local minúsculo, en la segunda planta del centro comercial Arrecife, aloja la empresa Steve Servimovil, cuya trastienda es escenario de milagros tecnológicos sin cuento. Al menos, para quien llega hecho un manojo de nervios con el cadáver de un teléfono entre las manos. Yamir Oviedo abrió en 2024 y su experiencia prescribe que, frente a la tendencia mayoritaria a cambiar de aparato siguiendo el dictado de las modas y la ampliación de prestaciones, hay todavía muchas personas que buscan arreglar sus dispositivos, a menudo para preservar las fotos de toda una vida, documentos importantes o la comodidad de su manejo cotidiano.
“Hay gente que se da la tarea de comprarse uno nuevo porque ya el móvil hay que descartarlo por su tiempo de uso. Como técnico lo puedo decir, y el consumidor lo nota y lo percibe, que los aparatos tienen un periodo de vida y los vuelven obsoletos para que el consumismo alimente el sistema”, critica. Se define “manitas para todo” a la hora de reparar en casa sus electrodomésticos o piezas de ropa, y recomienda arreglar los móviles, una posibilidad factible en muchos de los casos. “Cuando los prestadores de este tipo de servicio recibimos un buen producto para maniobrar, estamos cien por cien seguros de que el aparato va a quedar en perfecto estado. Y lo mismo en el tema de repuestos y accesorios; una batería nueva, una pantalla, pueden darle años de vida al dispositivo”. Yamir se siente orgulloso de su trabajo, de la respuesta de su clientela y de contribuir a la conservación del planeta “con una ética que no se puede perder”.
Pero la importancia de reparar no es únicamente ambiental, también posee una dimensión cultural y social: significa recuperar la idea de cuidado y mantenimiento en una sociedad acostumbrada a la inmediatez y a la sustitución constante. Frente al hiperconsumismo, que promueve objetos cada vez más efímeros y legiones de consumidores dependientes de las grandes marcas, esta práctica otorga autonomía a las personas y revaloriza los conocimientos técnicos y manuales.
Además, favorece economías locales vinculadas a talleres, trabajo autónomo y pequeños comercios especializados, en abierta oposición a un modelo globalizado basado en la producción masiva y el reemplazo continuo. De este modo, la reparación no solo reduce residuos, sino que también fortalece formas de economía más próximas, sostenibles y humanas.
Talleres de proximidad
En el microcosmos de Las Buganvillas, un inmueble que más parece una máquina del tiempo que un centro comercial, en un dédalo de pasillos con escaparates que ofrecen libros usados, ropa de bebé tejida a mano, servicios de manicura o una cafetería con desayuno completo a cuatro euros, se encuentra la Clínica del Calzado Loaiza. El cirujano titular de sandalias, botas y zapatillas, Eliseo, opera cada pieza con maña de décadas y una enorme sonrisa.
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El zapatero Eliseo Loaiza.
Reparar favorece economías locales vinculadas a talleres, comercios y autónomos
Recuerda sus inicios mientras manosea un mocasín de buena hechura, que necesita suelas: “Enfrente de mi casa había un taller de zapatería, y desde niño me encantaba el olor a pegante y a cuero, la manipulación de cada pieza, el trabajo minucioso... Pasaba horas mirando por la ventana, hasta que llegué a memorizar el proceso. Luego mi madre habló con el encargado para que me cogiera de aprendiz. Como no podía ofrecerme un salario, ella le entregaba cada semana una cantidad al jefe para que me pagara, sueldo que yo le retornaba sin ser consciente de la treta. Mamá era muy sabia y apostó por mi futuro”. El artesano se ensimisma en la memoria de aquellos días, ya lejanos.
Ahora, según confirma taxativo, nada es lo mismo: “Se produce mala calidad, el zapato se pela y la gente lo tira, para comprar otro. Generamos mucha basura y dañamos al medio ambiente, porque además, no se recicla nada. Es mejor comprar calzado de calidad, que puede ser arreglado y queda como nuevo”.
Lleva cinco años en su actual dirección, tratando con mimo cada par que recibe, sin ser capaz de negarse a reparar nada, ni siquiera lo que parece irreparable. Y habla de zapatos destrozados, con años a cuestas y mucha carga afectiva; u otros que quedaron en la caja, al fondo del ropero, y han sufrido tanto de olvido como de falta de respiración. “No hay nada peor que guardar el calzado en cajas, porque el cuero necesita transpirar, salir al aire, ser usado. La mejor forma de aumentar su vida es llevarlo mucho, sudarlo, amoldarlo al pie, y darle crema Nivea para mantener la piel en perfectas condiciones”, asegura.
Eliseo Loaiza ejerce un oficio que se va escapando por el sumidero del consumismo y la vida acelerada: “En Lanzarote quedamos cuatro zapateros. Esto se va a perder poquito a poco porque no hay motivación para que los muchachos aprendan. Si alguno quisiera que le diese clases, yo lo haría; pero ni les gusta ni les parece que sea un trabajo que vaya a dar dinero. Porque piensan que hoy en día, todo se tira”.
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Apreciar lo bueno
También en franco desafío a los tiempos, la tapicería Gabi continúa abierta desde 1982, cuando el padre de Gabriel y Samuel montó el negocio en un local en la calle Gómez Ulla 16, de Arrecife. Con 14 años se subió al carro el primogénito, y a continuación el pequeño, cuando al fundador le llegó la hora de jubilarse. Desde hace veinte años trabajan codo con codo para mantener a flote una empresa que también ha sufrido los embates del despilfarro moderno.
El sistema económico ha favorecido la obsolescencia programada
“Afortunadamente, hay gente que aprecia lo bueno, y no siempre lo nuevo es mejor, así que estamos muy atareados. Hoy en día hay grandes empresas de venta de muebles, que se imitan unas a otras con un producto de no muy buena calidad. Pero cada vez hay más personas que se preocupan por reparar piezas antiguas, así que somos afortunados”, argumenta Gabriel.
Una vez más, el valor sentimental guía la decisión de retapizar o restaurar un butacón, una vitrina o un tresillo. “Tenemos clientes que tratan el mobiliario como a un miembro más de la familia”, dice, y cuenta el trabajo con dos butacas muy antiguas para la casa de una chica, en Tao. “Habían pertenecido a la abuela, podían tener más de ochenta años y eran de una madera buenísima. Solo había que darle un lavado de cara a la pintura -tenemos gente que restaura madera-, y luego nosotros los tapizamos. Fue una tarea preciosa”, dice con pasión. Según su experiencia, la gente ha aprendido a diferenciar entre lo vetusto y lo viejo, y a valorar lo pretérito cuando remite a la solidez, la identidad y la memoria.
En cualquier caso, advierte que no siempre merece la pena la inversión: “Intentamos ser honestos, primero con nosotros mismos, y también con el cliente. Según el mueble que se traiga a tapizar, ofrecemos el mejor consejo posible. No todos se pueden reparar, pero muchísimas cosas sí”. También indica que no hay por qué hacerlo todo nuevo, pues a veces se puede salir adelante con una intervención más pequeña y económica. “Pero si son muebles malos y quieren un tapizado completo, la mayor parte de las veces no es rentable”.
Derecho a reparar
Lo advierte el Parlamento europeo: desechar productos que podrían repararse tiene un impacto significativo en el medio ambiente, ya que genera 35 millones de toneladas de residuos al año en el territorio de la Unión. El “derecho a reparar” se ha propuesto como un avance fundamental hacia la meta de alcanzar una economía circular para 2050, en el marco del Pacto Verde Europeo, la hoja de ruta para alcanzar la neutralidad climática. Los miembros del Parlamento también han respaldado iniciativas para luchar contra la obsolescencia programada, mejorar la durabilidad y la capacidad de reparación de los productos y proteger a los consumidores para que sea más fácil y económico arreglar los objetos que comprar otros nuevos.
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Renné, en su atelier.
La economía circular propone mantener los productos y materiales en uso
Sin saber de nuevos derechos ni de alta política, el sentido común y las estrecheces económicas guían los pasos de cientos de personas hasta el umbral del establecimiento de Renné, en la calle de La Palma, esquina con Timanfaya, casi frente al local que acogió su quehacer costurero durante más de tres décadas. El nuevo atelier del modisto es igualmente colorista y desprejuiciado, lleno de piezas de lentejuelas, plumas y rasos brillantes, que conviven con maniquíes, retales, máquinas de coser y bolsas con prendas que esperan a ser restauradas o transformadas. Sin duda la reparación de piezas de vestir ha cobrado auge, de la mano de la revalorización de lo vintage, prendas antiguas que con unos mínimos arreglos pueden volver a reinar en los fondos de armario.
“El reciclaje no tiene que ver con recuperar cosas inútiles, sino con el rescate de vestimenta que perteneció a gente de nuestro entorno, a familia, y que queremos conservar. Si el corte es antiguo, siempre intentamos modernizarlo un poco; la sastrería es universal y atemporal, sea de hace cien años o doscientos años, su diseño es impecable”, defiende. A su juicio, la diferencia entre la ropa antigua y la actual estriba en la calidad: “La gente que tira lo hace porque sabe que se está desprendiendo de una porquería, y lo llamo así porque ni siquiera son telas, o lo son pero de una calidad muy inferior. Está el hilo, el algodón, el perlé... y luego cien mil tejidos que ni siquiera yo conozco, que los estiras o los metes en la máquina y se quiebran”. Reconoce que el modelo capitalista del despilfarro se sostiene “a base de producir y producir y producir. Si la gente tiene prendas de buena calidad que le duran mucho, no sigue comprando, y la maquinaria del sistema se frena”.
Por sus habilidosas manos las erres se entrelazan: pasan tantos arreglos de prendas para reparar un desgarrón, una cremallera o un dobladillo como para reciclar un modelo y actualizar sus líneas. En este terreno, los vestidos de novia ocupan el lugar más alto del podio, por cuestiones emocionales y afectivas, pero también por el elevado precio de las tendencias y novedades. “Recuerdo, hace 30 años, adaptar un diseño elegantísimo de una casa francesa, que en su día costó medio millón de pesetas, para que lo pudiera llevar la hija de la dueña. Era un modelo retro lleno de encaje, con ocho faldas superpuestas que tuve que acortar, mangas bombín y un increíble color champán. Le hice un escote palabra de honor y un talle tipo corsé, y quedó precioso”, relata.
Renné siente que las tareas de costura más cotidianas van en aumento, a la vez que se demanda menos confección: “Antes hacíamos trajes para madrinas, para bodas, pero ahora los compran hechos y los traen a arreglar”, explica. Y aunque su naturaleza creativa se rebela, es consciente de que el textil es el segundo residuo más abundante en el planeta: “Son productos mortíferos. La ropa en sí se suele degradar, pero tarda muchísimos años. Cada año salen al mercado toneladas de tejido, y siguen fabricando, y siguen fabricando”, se indigna. La solución -concluye sin atisbo de duda-, es adquirir prendas de más calidad, hechas a conciencia y que van a durar; y que incluso pueden ser reparadas o transformadas en el futuro y quedar como recién compradas.

















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