
La canariedad que predican y la “canaridad” que no practican
A propósito de los artículos de Oswaldo Betancort e Isidro Pérez
Hay palabras que, de tanto pronunciarse, principalmente en vísperas de fechas señaladas, acaban vaciándose de significación. El concepto de canariedad, que se define como el carácter o condición de canario, especialmente del que defiende o exalta Canarias, ha sido contestado en algún momento por la aparente incorrección del término, del que se reivindicaba el más correcto uso de canaridad. Ese término —canariedad— corre ese riesgo de irrelevancia y ante tal escenario puede que haya llegado el momento de hacer uso de ambos para mencionar cosas diferentes. La canaridad como expresión de sentirse del lugar, esto es, la pertenencia vivida, la identidad encarnada, el vínculo con el lugar sin necesidad de proclamación. En el otro lado, la canariedad como la exacerbación de lo canario por interés político: una performance identitaria, una exaltación instrumental, la identidad como recurso electoral. Y es de esto último con lo que parece que nos han atizado recientemente.
La canariedad como instrumento político funciona de manera paradójica: se invoca lo canario para justificar decisiones que perjudican a Canarias. Se apela a la identidad insular para avalar concesiones a empresas continentales o foráneas, para relativizar la destrucción del paisaje en nombre del desarrollo, para presentar la resignación ante la presión turística como orgullo de pueblo acogedor. La canariedad, en este sentido, no defiende Canarias: la administra para otros.
Podría explorarse el hecho de que la canaridad genuina no necesita nombrarse: está en el modo de tratar la tierra, en el léxico cotidiano, en la gastronomía no folclorizada, en el respeto al paisaje. La canariedad, en cambio, necesita del escenario: el Día de Canarias, el traje típico sobre el político que en ningún otro momento del año lo usaría... La identidad que se declara en vísperas de elecciones es exactamente el tipo de identidad que se pone en cuestión.
En los días previos al 30 de mayo, la hemos visto aparecer en dos artículos de opinión firmados por Oswaldo Betancort, presidente del Cabildo de Lanzarote, e Isidro Pérez, alcalde de San Bartolomé, por lo que invocan la identidad canaria. Ambos la elevan a valor supremo. Y ambos, en distinto grado, eluden la pregunta incómoda: ¿qué hacen, o dejan de hacer, sus respectivos partidos con el territorio que dicen querer tanto?
Empecemos por Betancort, puesto que es quien escribe desde el gobierno insular y, por tanto, desde la mayor responsabilidad. Su artículo, más que belleza, denota impostura. Habla de César Manrique, de la Reserva de la Biosfera, de los terreros de lucha canaria, del SIPAM (para la salvaguarda de los sistemas agrícolas tradicionales). Todo ello es real y merece ser reivindicado. Pero hay una omisión llamativa: en ningún momento menciona las Zonas de Aceleración de Energías Renovables —las ZAR— ni los proyectos de acuicultura intensiva en jaulas marinas que el Gobierno de Canarias, gobernado por Coalición Canaria, el mismo partido de Betancort, pretende imponer para Lanzarote.
No es un detalle menor. Las ZAR afectan directamente a paisajes que la isla ha tardado décadas en proteger. Los proyectos de jaulas marinas amenazan caladeros, ecosistemas y la imagen de un litoral que no se puede desligar de la identidad de la que tanto se habla. Si la canariedad significa algo concreto —y Betancort insiste en que sí— entonces no puede limitarse al folclore y al reconocimiento internacional mientras las decisiones que afectan al alma del territorio se toman sin apenas debate público, impuestas desde el Gobierno regional con la connivencia o el silencio del propio Cabildo.
La pregunta es directa: ¿cómo se reivindica la herencia del artista César Manrique desde una institución —el Cabildo— que no ha dicho en voz alta que esos proyectos son incompatibles con lo que Lanzarote es?
Manrique no necesitó una fecha señalada para defender la isla. Lo hizo cuando era incómodo hacerlo. Si alguna canariedad encarnó no fue declarativa: fue una posición de conflicto permanente con quienes querían convertir el territorio en mercancía. Puede que eso se haga desde la universalidad de su mensaje, posición contrapuesta al localismo y a la bandera.
Isidro Pérez, por su parte, ofrece una apariencia más honesta intelectualmente, pues reconoce que la identidad no puede ser una coartada para esquivar los problemas reales: vivienda, sanidad, dependencia turística. Y tiene razón. Pero tampoco su artículo acaba de aterrizar. La crítica progresista a la canariedad vacía pierde fuerza cuando no nombra lo que está pasando ahora mismo en Lanzarote. Las ZAR y las jaulas marinas no son hipótesis de futuro: son expedientes en tramitación y afectan a su municipio sobremanera. Son decisiones que otros están adoptando mientras él planea sobre la identidad sin fijar la mirada en los puntos en conflicto. Sin que conozcamos si su silencio responde a que comparte esas medidas tan gravosas para el territorio y su mar.
Hay algo paradójico en que dos artículos escritos, pretendidamente, en nombre de lo que somos y de lo que nos hace únicos no contengan ni una sola referencia a las amenazas territoriales más inmediatas que enfrenta la isla en este momento. La canariedad entendida como emoción —la isa, el acento, la maresía— es legítima y hermosa. Pero sin política territorial concreta, sin disposición a decir no a quienes destruyen lo que es objeto de tanto amor, convierte esas palabras en un mensaje vacío.
La canariedad está siendo objeto de convocatorias, de decretos y de subvenciones y no debería medirse en ceremonias, homenajes y romerías, sino en lo que se defiende cuando el coste político de esa defensa es real; en la negativa que no se pronuncia, en la moratoria que no se aprueba, en el expediente que se archiva aunque el promotor tenga los contactos adecuados. Se debería medir, en definitiva, en la distancia entre lo que se proclama el día de la bandera y lo que se firma el resto del año.
Los pueblos, escribe Betancort al final de su artículo, cuando recuerdan quiénes son, dejan de pedir permiso para ocupar el lugar que les corresponde. Es una frase poderosa. Pero hay que añadir algo: los líderes que representan a esos pueblos, cuando recuerdan quiénes son, deben dejar también de guardar silencio cuando su propio partido amenaza el territorio que gobiernan.












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