Mía Betancor, de las pistas de Lanzarote a la camiseta de España
La jugadora lanzaroteña encontró en el voleibol su deporte y ahora es una de las jóvenes promesas de esta disciplina
Hay carreras deportivas que empiezan con grandes escenarios, focos y expectativas. La de Mía Betancor Gámez comenzó mucho más cerca, en una pista de Lanzarote y con una niña que, después de probar natación, piragüismo y atletismo, todavía buscaba el deporte capaz de despertar en ella algo diferente. Lo encontró en el voleibol y, desde entonces, el camino la ha llevado de Arrecife a Gran Canaria, del voleibol de base a competir con jugadoras de alto nivel y, finalmente, a vestir la camiseta de la selección española sub-19.
Mía afronta una temporada especialmente ilusionante. Continúa vinculada al Heidelberg Volkswagen, club al que llegó en la temporada 2024/25 después de dejar Lanzarote con apenas 16 años. Detrás de ese salto deportivo hay, sin embargo, una historia mucho más personal: la de una adolescente que tuvo que hacer las maletas, separarse de su familia y aprender a desenvolverse lejos de casa para perseguir un sueño.
Antes del voleibol, Mía había probado diferentes disciplinas. El deporte siempre estuvo presente en su vida, pero faltaba encontrar aquel que realmente la motivara. La respuesta llegó cuando su madre decidió apuntarla al CV Yruene de Arrecife: “Me sentía perdida porque soy una persona a la que le encanta hacer deporte, pero no había encontrado el que me apasionara y me motivara. Hasta que mi madre me apuntó al club Voleibol Yruene. Descubrí que el voleibol me fascinaba”.
En el Yruene encontró algo más que un deporte. Entrenadores como Borja Rodríguez y sus compañeros de aquellos primeros años fueron construyendo los cimientos de una jugadora que hoy compite al máximo nivel de formación nacional. Allí también aprendió una de las primeras grandes lecciones del voleibol: el error no es necesariamente un fracaso, sino una parte imprescindible del aprendizaje. Aquellos primeros partidos estaban marcados por los nervios y el miedo a equivocarse. Con el tiempo, esa perspectiva cambió.
Heidelberg
Con 16 años, recibió la llamada del Heidelberg Volkswagen y decidió afrontar el reto de trasladarse a Gran Canaria. No era únicamente cambiar de club. Significaba cambiar de instituto, de amigos, de compañeras, de entrenadores y, sobre todo, dejar de vivir junto a sus padres y hermanos. El recuerdo de aquel momento permanece especialmente vivo: “Recuerdo el día que me fui a hacer las maletas. Tener que preparar tres maletas y meter toda mi vida en Lanzarote fue duro, pero lo más duro de todo fueron las despedidas”.
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“Nunca puedes dejar de luchar en los entrenamientos y dar tu cien por cien cada día”
Mía se instaló en casa de su abuelo y comenzó una etapa completamente nueva. El primer año no fue sencillo. La adaptación a una isla desconocida y a una estructura deportiva de mayor exigencia la obligó a madurar rápidamente. También encontró personas que facilitaron el proceso. David Gil, director del Heidelberg y entrenador juvenil cuando llegó, se convirtió en uno de sus apoyos; también lo fueron su familia y, dentro del equipo, Irene y sus compañeras.
En la pista, además, la exigencia era otra. El voleibol de Gran Canaria y Tenerife ofrece una estructura competitiva mucho más amplia, con equipos de categorías superiores y presencia de clubes de referencia nacional. Para una jugadora procedente de Lanzarote, el cambio de ritmo se percibe desde el primer entrenamiento: “Al principio me costó adaptarme porque el juego era más rápido. Los ataques eran mucho más fuertes y el nivel era bastante intenso”.
La respuesta fue trabajo. Los entrenamientos con el equipo juvenil y con el de Primera Nacional permitieron a Mía acostumbrarse progresivamente a un voleibol más exigente. En ese proceso, Alberto Avellaneda tuvo un papel fundamental en su formación durante estos dos años. La evolución llegó acompañada de oportunidades. En su segunda temporada realizó la pretemporada con el equipo de Superliga 1, disputó la Copa de la Reina en Tenerife y tuvo participación en varios encuentros. Aquello que inicialmente parecía un salto enorme comenzaba a convertirse en una realidad.
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Selección española
Después llegó una de esas llamadas que cualquier deportista recuerda para siempre. Mía acababa de terminar la PAU y se encontraba celebrando el final de sus estudios con dos amigas cuando recibió la noticia: había sido convocada para participar en la concentración de la selección española. La primera reacción fue compartirlo con quienes habían estado detrás de cada paso. “Nos emocionamos de la alegría y llamé corriendo a mis padres y a mi familia para contárselo. Para mis padres fue un shock y estuvieron muy emocionados y felices por ver que estoy consiguiendo las metas que me propongo”.
La concentración en Soria fue el siguiente examen. Mía sabía que no bastaba con llegar: había que demostrar que merecía quedarse. Forzó sus límites, entrenó al máximo y consiguió entrar en las listas definitivas. Vestir por primera vez la camiseta de España fue mucho más que ponerse una equipación. “Fue un chute y un subidón de adrenalina. Una emoción de sentir que estoy haciendo las cosas bien y que todo el sacrificio y esfuerzo ha valido la pena”.
Ahora comparte pista con algunas de las mejores jugadoras de su generación. Y esa experiencia le ha dejado una enseñanza que va más allá de cualquier resultado: en el alto rendimiento no existe un día para bajar los brazos. “Nunca puedes dejar de luchar en los entrenamientos y dar tu cien por cien sea el día que sea, estés cansada o tengas un mal día”.
Para los niños y niñas que hoy entrenan en cualquier pabellón de Lanzarote y sueñan con llegar algún día a la selección, Mía tiene una recomendación nacida de su propia experiencia: soñar, trabajar y disfrutar del camino. “Nunca pienses que por venir de una isla pequeña tus sueños tienen que ser más pequeños”.
Es, probablemente, la frase que mejor resume su historia. Mía Betancor salió de Lanzarote con tres maletas, dejando una vida y con la incertidumbre propia de quien deja atrás todo lo conocido. Dos años después, aquella niña que buscaba un deporte que la apasionara ya viste la camiseta de España y mira hacia el futuro con una ambición prudente, pero sin límites.
El voleibol le ha enseñado a competir, a convivir con el error y a levantarse después de cada punto perdido. Lanzarote le dio las primeras herramientas. Gran Canaria le abrió la puerta a un escenario de mayor exigencia. Y la selección le ha demostrado que el sueño puede ser real.
















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