DOSSIER

 

Antología de crónicas

 

 

Antonio Lorenzo

[Martes, 16 de septiembre de 2008] [07.30]

 

 

 

 

Justificación

Sería una imperdonable presunción por mi parte, llamar prólogo a lo que sólo quiere ser justificación de un atrevimiento. Atrevimiento a exponer con el nombre de historia, aunque sea adjetivada de menuda, lo que para muchos ha sido algo intrascendente en nuestro pueblo; pero lo intrascendente adquiere categoría cuando implica seres humanos, aunque éstos no hayan influido en el devenir de su medio. La historia grande, la de los personajes y hechos influyentes, la dejamos para el historiador riguroso de fechas y datos, de ése que sí puede empezar, no estas pocas hojas sino su importante libro, con el prólogo explicativo de su intención.

Hace unos años, uno de esos personajes intrascendentes para nuestra historia, pero un hombre popular, murió de añoranza, de cariño hacia un niño. Aquel Machado, don Luciano Machado Berriel, murió un día de 1984, de dolor por la pérdida accidental de su nieto. Y la muerte de ese hombre, al que conocí y con quien simpaticé, desencadenó en mí la necesidad de que algo de nuestra pequeña historia quedara escrito; que dentro de diez, quince o veinte años, no haya desaparecido su recuerdo y el de otros, ya que allá en una biblioteca, un pequeño libro o una revista, lo guarden para el futuro...

 

 

 

Machado

Murió Machado. Murió una época de nuestra ciudad. Con Machado se va el recuerdo de unos tiempos penosos, pero añorados del Arrecife de las calles adoquinadas, en las que las ruedas de su carro y su simpatía fueron dejando huella; del Arrecife del Coche del Ministro y del carro de Alfonso; de Agapito y su Ford 4; del entrañable Juan “El Bobo” y Pepa Montelongo; de las procesiones y del Rosario de la Aurora; del viejo Casino y no menos vetusta Democracia; del Mudo del Cabo Pedro y de Celedonio; de la “Astelena” y del “Rápido”; del chapuzón en las escalinatas del Muelle Chico y de la Caseta del Baño; de la Pescadería de madera y de su muelle superviviente; de los moros notables y del Café de Bonilla; de señor Pepe Duarte y de Bartolo; de Puerto Naos con su pequeño muelle y del esqueleto de barco inconcluso a su lado; de los martes y viernes con “La Palma” o el “León y Castillo”, y de Machado. Machado con su carro maletero, recolectando paquetes de puerta en puerta, y su andar lento, ceremonioso, aferrado al cabestro del burro, hacia el Muelle Grande, con la música de su voz que parece aún resonar en nuestros oídos: ¡Voy!..., ¡Voy!..., ¡Voy!...

 

 

 

Ramón

Quizá no volvamos a oír sus gritos lloriqueantes y no veamos por el Reducto, la Pescadería o la Marina, de Arrecife, su figura inconfundible: pie calzado con alpargata doblada en ángulo recto, pierna renqueante, brazo semiparalizado, bastón amenazante, orejas descomunales y sonrisa, las pocas veces que le dejan sonreír, adornada de enormes dientes; y no sonríe porque no quiere, sino porque no lo dejamos; parece una obligación de todos, en cuanto se le ve apoyado en una esquina, gritarle Canario para oír, en su inocencia, el torrente de intimidades anatómicas de la madre del provocador o las acusaciones de las mayores depravaciones imaginarias del gracioso de turno; y a los que considera sus amigos les sonríe con su sonrisa inocentona: “Ya te tengo apuntado para las Pascuas”; y tenerte apuntado supone la entrega de los cinco duros; y se han contado muchas anécdotas que yo creo chistes repetidos y aplicados a todos los de su condición; pero yo he sido testigo de algunas; y cuando hacía mandados y al parecer sólo le daban café con leche: “Yo no trabajo con ella; no me daba más que ‘salluno' por la mañana; ‘salluno' al medio día y ‘salluno' por la noche”; y cuando a mis hijos le hacía sus gracias y le daban un duro, un día que la repitió, ya por la tarde les soltó: “No, ya me ‘pagates' esta mañana”; y así es de bonachón; y se cuentan muchas: La de Pildáin: “Ya te trinqué obispo”; y la del último insulto: “Falaje”; pero yo no las creo; se le atribuyen porque todos lo queremos; y lo queremos ya que ha sido, y afortunadamente sigue siendo, uno de los personajes más populares y buenos de Arrecife; y ahora, cuando aún vive; pero en quizá la última etapa de su vida y cuando posiblemente no lo veamos más ni oigamos su santa y justa indignación, yo quiero rendir homenaje a Ramón; y que a todos nos perdone, si alguna vez le gritamos: ¡Carajito!, ¡Canario! o ¡”Leva Leva”!.

 

[Del libro Historia menuda de Arrecife]

 

 

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