ENFOQUES

 

Don Marcelino

 

 

Antonio Lorenzo

[Jueves, 4 de septiembre de 2008] [08.45]

 

 

 

 

Posiblemente, de las etapas que yo recuerde, la de principios de la década de los años cuarenta de mil novecientos fue la peor para Lanzarote. Una guerra nacional que terminaba con todas sus consecuencias, y otra mundial que se iniciaba, también con las suyas, junto con el escaso desarrollo cultural, suponen el que creo, más crítico momento de su historia reciente. La juventud, y no tan jóvenes, muchos de ellos padres, lejos de sus casas, y algunos que dejaron sus vidas por allá afuera, o en la Península, e incluso en las regiones más orientales de Europa, trajo la miseria en muchos de los hogares. La Tuberculosis y las muertes infantiles casi diezmaron a nuestra población. Recuerdo con pena el espectáculo casi diario de muchachos, casa por casa, pidiendo unas flores para adornar el “entierrito”, como vulgarmente se conocía el de un pequeño recién nacido o no tanto. Las campanas de la iglesia que, de tarde en tarde doblaban por alguna victima del dichoso vacilo que destrozaba los pulmones, y el repique, casi cotidiano por un niño, que los responsables religiosos decían ser de gloria por el alma de él que ya estaría en su seno. La primera de las plagas se fue paliando con la marcha de nuestros enfermos al sanatorio de “El Sabinal” de Gran Canaria, y la creación posterior del pabellón antituberculoso de nuestro Hospital Insular, hasta su erradicación. Muchos de los cincuentones actuales deben su vida al cambio en los métodos de higiene y alimentación, que un puericultor lanzaroteño se desvivía por hacer comprender, primero en el primitivo Centro de Higiene de la calle General Goded y después en el de la calle Coll, posteriormente Comisaría de Policía. Don Marcelino de Páiz luchaba con la incomprensión de las madres aferradas a ancestrales formas de criar a los pequeños y hasta, perdonen la palabra, cogía el gran “cabreo” cuando alguna confesó alimentar a su hijo directamente de la teta de la cabra. Posteriormente otros grandes médicos colaboraron en esa labor, pero creo no equivocarme en decir que Don Marcelino fue el primero.

 

 

 

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