ENFOQUES

 

MIS VIAJES Y DERROTAS

La apicultura, arte y ciencia de los pastores de abejas

 

 

Rafael Fuentes

Fotos: Gema Quindós
[Martes, 2 de septiembre de 2008] [08.30]

 

 

 

Dice el Diccionario de la Lengua Española en su vigésima segunda edición que apicultura es el arte de criar abejas para aprovechar sus productos. También están los libros y otros estudios y volúmenes sobre esta materia que amplían la acepción concedida por el Diccionario para afinar diciendo que es la ciencia aplicada que estudia la abeja melífera y mediante la tecnología se obtienen beneficios económicos. Directos, los que proceden de la venta de miel, polen y cera. E indirectos, aquellos que derivan de la labor que realizan como vector de polen en los cultivos.

En España, este país que todavía nos ocupa, el afán y empleo en la apicultura viene desde tiempos inmemoriales. Además, existen evidencias escritas que afirman con certeza que ya era una próspera actividad cuando el Imperio Tarteso (1100 a.C.); incluso a Gárgoris, rey de los tartesios, la leyenda le atribuye el mote de “El Melícola” por su afición a las abejas. En las centurias que siguieron, griegos, romanos y árabes continuaron con éxito y sensatez la melosa explotación. En el siglo XIII, durante el desarrollo de la Baja Edad Media, la actividad apícola tradicional cobró importancia, reportando tantos beneficios que, para proteger y defender los intereses de este oficio, Alfonso X el Sabio promulgaría las “Ordenanzas de Colmeneros”. También dictaría normas por las que se habrían de regir y constituirse en hermandades.

Después del siglo XVIII, los avances y conocimientos de la ciencia y, especialmente, de la biología, amén de la colmena vertical de cuadros móviles que inventó Lorenzo Langstroth, patentada en Estados Unidos en 1852, propiciarían el abandono de la actividad tradicional en beneficio de la apicultura técnica. En la actualidad coexisten dos modelos de explotación apícola. Una, la apicultura sedentaria, donde las colmenas no varían su ubicación y precisan de un complemento de pienso artificial. La otra, la apicultura trashumante que, al igual que hace el ganado, que pasa con sus conductores desde las dehesas de invierno a las de verano, y viceversa, consiste en cambiar periódicamente de lugar los colmenares siguiendo la localización de la zona geográfica con el fin de obtener un máximo de producción.

Los Sánchez, pastores de abejas

Aquilino Sánchez Lorenzo y Candela Sánchez Vázquez, los padres de mi admirable amigo Víctor Sánchez Sánchez, rieron con ganas el día que les conté que en Lanzarote, al no haber abejas que polinizaran los cultivos, teníamos que casar a calabacines y calabaceras. La técnica agrícola, la nuestra, les hizo tanta gracia que sus miradas, divertidas y de asombro a la vez, me hicieron sentir un tanto mamporrero de vírgenes hortalizas, casi un depravado vegetal. Después, cuando mostré curiosidad e interés por su ocupación de apicultores, me agasajaron con la invitación de acompañarles en los días siguientes, al menos un par de jornadas, hasta el norte de la provincia de Zamora, donde se disponían a recolectar la miel de algunos colmenares de su propiedad.

Aquilino Sánchez se dedica a la apicultura desde hace treinta años, actividad ganadera a la que se aficionó con ayuda de su cuñado Alejandro Sánchez Vázquez, hermano de Candela. Durante años y hasta la inaplazable jubilación, primero de Alejandro y más tarde de Aquilino, juntos hicieron negocios con la miel y otros productos que obtenían del millar de colmenas de abejas que poseían. En aquellos días tenían que contratar mano de obra para poder atender el volumen de producción; también para cumplir con los principios de la apicultura trashumante trasladando de lugar los colmenares. En este caso, desde el norte de Extremadura hasta las cercanas provincias de Ávila y Zamora, ya en Castilla y León. Para efectuar la mudanza, que ha de hacerse de noche, acordaban portes y servicios con distintos camioneros. Así, debido al estado de aquellas pistas y carreteras, además de la fatiga por el arduo trabajo y las intempestivas horas, con frecuencia se producían trágicos accidentes entre los apicultores.

Cada temporada, antes de iniciar la trashumancia de sus rebaños de abejas, Alejandro y Aquilino recogían el polen en la Sierra de Gata. Después trasladaban las colmenas; en primer lugar hasta los campos de girasoles de unos pueblos y pedanías de la provincia de Ávila; y luego a unas dehesas situadas al norte de la provincia de Zamora. Entonces tenían la base de operaciones de su industria agropecuaria en unas naves de su propiedad en Torrecilla de los Ángeles, donde además de útiles y herramientas almacenaban la miel en bidones de 300 Kg. para su posterior entrega a unos clientes de Valencia. El día que, finalmente, Alejandro se acogió a la jubilación, Aquilino se hizo con la titularidad de los colmenares y entró a formar parte de la Sociedad Cooperativa Apihurdes, entidad que en la actualidad, y asociada con Montemiel y Sierramiel, constituyen Euromiel. Una cooperativa de segundo grado que se encarga de promocionar y comercializar los productos de sus socios. Y que hoy representan al 60% de los apicultores extremeños, con una facturación anual superior a 10 millones de euros y más de 240.000 colmenas.

Sin embargo, no fue hasta después de criar a los hijos y cesar en sus negocios de hostelería que Candela Sánchez se incorporó totalmente al pastoreo de abejas. Hoy, jubilados ambos, Aquilino y Candela ya no practican la trashumancia. Y, aunque todavía se resisten a abandonar esta actividad ganadera, sólo conservan doscientas colmenas. Para el consumo de la familia y pocos más, dice Aquilino. Son mis vacaciones. Estar dos semanas en Zamora con las colmenas son mis vacaciones, confiesa que disfruta Candela.

Dehesa de Quintos, campamento de pastores

Así que una mañana de julio, y siguiendo la histórica Vía de la Plata, dejamos atrás Torrecilla de los Ángeles y la provincia de Cáceres para dirigirnos temprano hasta la Dehesa de Quintos, una extensa propiedad acotada poblada de encinas y destinada a pastos y al cultivo de cereales, situada en La Granja de Moreruela. Municipio de la Comarca de Villalpando en la provincia de Zamora, donde también se encuentra en estado ruinoso el Monasterio de Santa María de Moreruela, abadía cisterciense fundada en 1133 y declarada Monumento Nacional el 3 de junio de 1931.

La Granja de Moreruela no había desaparecido aún de nuestras retinas cuando abandonamos la Vía de la Plata. Calzada por la que, desde épocas pretéritas, tartesios, fenicios, griegos, romanos, cartagineses, godos, árabes y cristianos, han transitado y peregrinado la Península de norte a sur, y viceversa. En su intersección con la N-630, nos desviamos para tomar la ZA-123 avanzando un puñado de kilómetros hasta el puente Quintos. Hermoso ingenio de nueve arcos que cruza el río Esla con armonía para unir las comarcas de Tierra de Campos, en esta ribera, y de Tábara en la opuesta. El puente también es paso obligado de aquellos peregrinos que, en dirección a Santiago de Compostela, optan por el Camino Sanabrés o Mozárabe.

A la vista del puente, sin cruzarlo, salimos del asfalto para tomar la pista de tierra que arranca a su derecha. Aquí, la leyenda “Dehesa de Quintos”, sobre un blanqueado portón de fábrica de hormigón, nos da el santo y seña permitiéndonos acceder a la propiedad siguiendo el curso del río Esla que, paralelo al polvoriento camino, arbolado de sauces y fresnos discurre manso a nuestra izquierda. En rededor, montes espesos de jaras, y amplios pastos y campos de cultivo salpicados de encinas y sombra. Injusto, derritiéndolo todo, campa por la dehesa el mediodía. A corta distancia del río, frente a montañas de trigo y cebada, aparece nuestro destino. Dos hogares adosados, una suerte de antiguas cuadras y otros almacenes y corrales, más una tercera vivienda, separadas entre sí conforman la construcción campesina. Delante de las casas, a modo de alfombra de bienvenida, se abren los huertos de flores y verduras.

Ajeno a la estampa bucólica que evoca, muy cerca un rebaño de ovejas pasta tranquilo. Al lado, más templado aún, está Manuel Feliz, también pastor y natural de Benavente. Inmersos en múltiples actividades agropecuarias, Manuel Feliz y su familia viven de forma permanente en la Dehesa de Quintos; propiedad que hace treinta y tantos años arrendó a unos señores de Madrid, sus legítimos propietarios.

Diario de un apicultor

La tarde anterior, después de un almuerzo ibérico y retozar la obligada siesta católica, de la que no despiertas hasta que Dios quiere, marché con Aquilino hasta una vieja casona de la misma dehesa habilitada como sala de extracción para revisar el generador y la centrifugadora. También juntamos el material que se emplearía en las colmenas. Dos ahumadores, unas pinzas alzacuadros, una espátula, un cepillo, un cubo y un carretillo, además de monos, caretas y guantes para cinco personas. Luego, cuando Luís Sánchez Vázquez fue a por gasolina hasta La Granja de Moreruela, su hermana Candela nos mostró la secadora de polen que guardan en una de las viejas cuadras, explicándonos todo el proceso para la obtención del mismo.

Temprano, esta mañana cruzamos el puente Quintos para llegar a la Dehesa Tardajo, una propiedad de los Martínez de Irujo muy cerca de Faramontanos de Tábara. Una señal que advierte: <<Peligro Abejas>> descubre entre jaras y encinas un apiario con medio centenar de colmenas Layens, típicas de la apicultura trashumante en este país. Inmediatamente, nos equipamos con la vestimenta precisa, repartiéndonos las tareas. Aquilino y Luís se encargarían de revisar las colmenas y seleccionar los cuadros de los que extraeríamos miel. Yo, con ayuda del carretillo, se los alcanzaría a Candela que los iría estibando en la caja de la furgoneta. Pálida, miedosa del zumbido Gema dispararía las fotos. Una hora y poco tiempo más tarde, en medio del incesante zumbar y el cabreo de las abejas contra las prendas que nos protegían, habíamos conseguido revisar la salubridad del colmenar retirando un significativo número de cuadros para, después de refrigerarnos con pan y jamón y chorizo y morcilla patatera..., extraer la miel. Antes del mediodía, ya de vuelta en la Dehesa de Quintos, descargamos la furgoneta. Y, mientras Aquilino instalaba el cuadro eléctrico entre el generador y la centrifugadora, Luís montó el banco y afiló los cuchillos de desopercular. Y, para huir de los golosos insectos, atrancando puertas y ventanas improvisamos un tendido eléctrico con unos metros de cable y dos portalámparas. Después, encendimos el generador y enseguida nos pusimos al tajo.

Diligentes, flanqueando el banco de desopercular, Luís y Candela retiran la capa de cera que cubre las celdas obsequiando a Gema golosinas de panal. Aquilino, dolorido de espalda, en grupos de ocho carga y descarga la centrifugadora de cuadros que rezuman miel. Ahora de pie, a ratos sentado, también vigila atento el nivel del cubo de hojalata que una vez lleno vierte en el esterilizado tanque de maduración... Aquel día, para la hora de comer acabamos de llenar un bidón de 120 litros con exquisita miel de encina. Aquilino, y Luís, igual Candela, ellos que saben dicen que en el colmenar de la Dehesa Tardajo este año no era tanta la miel.

¡Sí señor! Los Sánchez, pastores de abejas.

 

 

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