
Juan Pérez Parrilla
[Martes, 2 de septiembre de 2008] [08.00]
Al principio fue sólo un proyecto; un deseo nacido de un afán de realización personal, mezclado, tal vez, con un oscuro instinto maternal. Después fue un sueño, un miedo y finalmente un gusanito mínimo; una pizca de vida, un haz de células esperanzadoras, un pececillo minúsculo en un océano inmenso.
Con el paso del tiempo, el pececillo pasó a ser un puzzle cambiante que poco a poco fue tomando forma de criaturita humana, que, por una azarosa combinación de sus cromosomas, resultó ser una princesa, más bien reina; dueña y señora del seno materno durante nueve largos meses.
Posiblemente, en los primeros meses de gestación la princesa no sintiera nada, si acaso, algún mensaje genético la obligaría, en aras de un feliz desarrollo, a moverse, a navegar en aquel fluido siempre cálido, a veces quieto a veces en movimiento. Pasadas unas semanas sintió en su piel ¡aleluya! los golpecitos, las vibraciones provocadas por los acompasados latidos del corazón de su madre; una neuronita activa computó el suceso y a partir de entonces ya nunca estuvo sola la princesa. Así nació una primaria y mágica relación entre madre e hija, convertida después en relación de amor que duraría toda la vida.
Aceptado, al fin, por el organismo materno aquel cuerpecito formado en parte por algo ajeno a si propia naturaleza, desaparecieron las náuseas y la madre en ciernes empezó a disfrutar del embarazo. El anhelo de salir del trance se convirtió en paciente espera; dulcificóse el estupor de su sonrisa y obvió la deformación de su figura, es más, la transformó en orgullosa bandera de su próxima maternidad. Por entonces, le encantaba poner ambas manos sobre su vientre abultado: ¿Qué tienes Famara? Le decía cuando la notaba moviéndose en su interior. Yo estoy aquí. Soy Ana, tu madre. Y que susto me diste el otro día. Pero ya pasó, tu estás bien y yo también. ¿Oímos las noticias? Vamos, oiremos el telediario hasta que tu padre llegue.
Y mientras, la princesa, convertida en una esponja que absorbía las buenas y no tan buenas sensaciones de su madre, seguía creciendo en aquella bóveda protectora, achicada un tanto por su propio crecimiento y transformada ya en una cámara de resonancias. Siguió pasando el tiempo y llegado el séptimo mes entró en la etapa más fecunda de su vida intrauterina: Descubrió al menos un sabor primario; el salado. Aprendió a distinguir entre las voces de sus padres y otras extrañas. Un día en que retozona golpeó con fuerza el lugar de amnios contiguo a la columna vertebral de su madre, sintió dolor físico por primera vez. Con ayuda de su madre, descubrió también el sosiego que produce la música suave. A base de pataditas transmitía a su madre sensaciones de agobio, incomodidad y acaso de alegría, es más, llegó a inventarse un juego que le ayudaba a coger el sueño:
Cierta noche en que su madre más cansada que de costumbre se tendió en la cama boca arriba y de inmediato se durmió, la princesa enfadada, pues no le hacía ni pizca de gracia dormir sobre el duro espinazo de su madre, sacó su regio carácter y de dos vigorosas pataditas hizo que su madre, mecánicamente, cambiara de postura. Ya cómodamente instalada, se aplicó un momento a su últimamente adquirida afición; chuparse los deditos, al parecer algo le decía que lo de alimentarse sin esfuerzo pronto acabaría. Después dedicose a jugar con sus torpes manitas y ¡tate! al pasarlas por su tórax sintió en las yemitas de los dedos como un cosquilleo, una especie de toc, toc que el blom, blom del corazón de su madre no le permitía oír, pero si notarlo en las terminaciones nerviosas de sus deditos. A partir de entonces aquel descubrimiento fue como un chupete rítmico que le arrullaba hasta que el sueño llegaba; toc, toc, toc, toc, blom, blom; toc, toc, toc, toc, blom, blom...
Y así, paso a paso y con relativa calma, entró en el noveno mes de gestación. Desde hacía algún tiempo, la princesa no podía moverse con soltura por falta de espacio. Su antiguo juego de embestir y rebotar sobre las elásticas paredes de la bolsa madre, había sido olvidado semanas atrás. No obstante esa falta de espacio y manifiesta incomodidad, la princesa manteníase tranquila, de algún modo sabía que aquella situación no podía prolongarse en el tiempo. Su código genético, enriquecido por la experiencia de miles de partos, le aconsejaba que obviara las sensaciones de expectación y nerviosismo transmitidas por su madre y que se mantuviese a la espera.
Y esperó la princesa: Encajada en la pelvis materna, sin apenas moverse y debidamente lubricada con una grasa blanquecina, esperó la princesa. Esperó la luz, el primer llanto, la primera bocanada de aire y las tiernas caricias de su madre; feliz y abnegada hacedora de vida.
De lo que pasó la princesa durante el alumbramiento, vale más no hablar. Baste saber que ya está aquí la princesa, convertida en la emperatriz de unos y otros. A veces un poco tirana, pero que a todos desarma con su luminosa sonrisa. Que Dios la guarde.*
* Está claro, por la falta de rigor de este ingenuo canto a la nacencia, que el infrascrito no es obstetra ni mucho menos, sólo es un abuelo contento. Ellos ponen su ciencia, los abuelos fantasía. No obstante, si alguna pareja indecisa fuere animada a cambiar de hábitos (menos botica y más naturalidad) por esa fantasía, miel sobre hojuelas; más abuelos contentos.
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