ENFOQUES

 

Eulalia

 

 

Juan Pérez Parrilla

[Martes, 26 de agosto de 2008] [08.00]

 

 

 

 

A Modo de prólogo

Si los días se han cumplido y la criatura no nace

remedio encuentra Josefa en su ciencia secular;

con jugo de amapola, leche de tabaiba y rojo moralillo,

en un lebrillo vidriado con sebo de cabra mocha

polvo de cuerno quemado y sangre de un baifo negro

úntese el vientre preñado con la mezcla bien sobada.

Y mientras esto se hace, santígüese a la parturienta

con cruces en la cabeza, la barriga y sus partes

que credos y avemarías en monótona cantinela

con tientos continuados, adormecerán la empreñada.

Entonces sin previo aviso y en la misma cabecera

sobre una piedra de lumbre, rómpase el lebrillo usado

que el susto le bajará la madre y así la criatura. (1)

Si con estos menesteres, hechos como dios manda,

el parto no prosperara y la cosa siguiera igual

sólo si Eulalia quisiera llegará la parición.

 

Al parecer y según la vieja Eduviges que no paraba de recitar esa especie de fórmula magistral para bien parir, en muy pocas ocasiones levantó Eulalia su maldición y ayudó a sus convecinos. Sólo Pepe Remigio, que arriesgó su vida para rescatar el cadáver del su marido, logró esa gracia alguna vez.

El romance consta de tres partes. La primera cuenta las muertes del marido y la hija de Eulalia y empieza así: Veneno de negra muerte bebió la niña en su pecho . Visto el primer verso se comprende perfectamente lo tremebundo del tema. En la segunda se narra la maldición de Eulalia, en donde de un modo curioso se disecciona a Satanás, invocando partes determinadas de su anatomía para conseguir según que daños: Negra pezuña, camello muerto. Cuerno picudo, el cura enfermo. Ojos de fuego, gente sin Dios. etc. Como puede verse, el autor del romance no se atrevió con el Diablo entero, lo cual prueba su indudable humildad. En cuanto a la tercer parte, que es la transcrita, ha dado pie al relato que sigue con el único objetivo de aclarar las ideas de Elisa.

I

La luz serpenteaba a través del páramo silencioso, acercándose titubeante a Piedras Negras, orgulloso peñón donde un día se levantara la hermosa casa de Eulalia, hoy tétrica ruina. De su pasado esplendor sólo quedaba en pie el zaguán sin puertas y al fondo del derruido patio, las paredes laterales de una habitación sobre las cuales se mantenía en incierto equilibrio el sobrado aún con techo.

Satán, antes de oír el ruido de las pisadas del intruso sobre la arena del camino, ya había venteado el odiado olor que venía con la luz. Perfectamente adiestrado, acechaba, inmóvil como una estatua, a la entrada del cercado de piedra seca que rodeaba la casa.

Andrés cuchillo canario a la cintura, pulida lata en la mano derecha y en la izquierda el farol, notó que el vello se le erizaba cuando llegó a las proximidades de las ruinas. Por unos instantes se detuvo luchando por vencer el irreflexivo pánico que le empujaba a darse la vuelta y salir corriendo; empapado en sudor continuó al fin, y fue tal el sentimiento de soledad que cayó sobre él que sintió la necesidad de acompañarse con su propia voz. Como el guerrero que se anima con sus cantos y gritos a la hora de entrar en combate. Andrés, empezó a canturrear entre dientes y luego espantado un tanto su miedo, terminó cantando a plena voz: Todo lo que nace muere y lo que no muere no nace. Te quiero porque estoy vivo y si me muero también. Viviré mientras me quieras, si me olvidas, moriré.

Propia del sentir canario que en sus cantos suele mezclar lo mejor y peor de la vida, la sencilla copla resultó atronadora y desafiante en la quietud de la noche. El negro peñón devolvió la voz y su eco alborotó a los perros de las Calderetas y Muñique. Sólo Satán fiel a las consignas de su ama no emitió el más leve gruñido. Con los colmillos fuera y totalmente espeluznado permaneció inmóvil hasta que aquel maldito pastor a quien debía la pérdida de su ojo izquierdo, llegó a unos treinta pasos de la casa. Entonces retrocedió adentrándose ene. oscuro zaguán, atravesó el patio y empezó a subir los escalones de piedra que comunicaban el sobrado con el patio y a media escalera volvió sobre sus pasos, al vislumbrar la estilizada figura de su ama que bajaba como una sombra.

Antes de llegar al último recodo del camino, Andrés calló y continuó andando con la sola compañía del rumor de sus pies sobre la arena. Finalmente paró a la entrada del cercado y era tal el silencio que le rodeaba que oyó con toda nitidez los latidos de su corazón. Sin apenas respirar y haciendo un extraordinario esfuerzo para vencer la rigidez de su brazo, levantó el farol por encima de la cabeza y al extenderse su luz pudo ver con meridiana claridad las siniestras ruinas y la ingente cantidad de huesos y despojos de cabra desparramados por doquier. Al ir bajando el farol la luz vino hacia él y con ella la mayor impresión de su vida; en su mismo frente y casi al alcance de la mano, la informe masa que al llegar había confundido con un mato, tomó la forma de un enorme presa canario de oscuro pelaje que, con los ijares temblando de excitación y los colmillos amenazantes, le observaba en silencio y en clara actitud de ataque. Al ver el único ojo que brillaba en aquella cabeza de gárgola diabólica, Andrés reconoció de inmediato a la bestia dañina que durante años había diezmado su ganado. El odio llenó su corazón y de nuevo la sangre corrió animosa por sus venas; lata en ristre y con pausados movimientos dejó el farol en el suelo, sacó el cuchillo de la vaina, dio un paso adelante y entonces se oyó la voz ¡Detén tu paso, insensato! ¡Zus, Satán! El perro se dio la vuelta desapareciendo entre las ruinas y Andrés se quedó petrificado al oír la voz que salía de la negrura del zaguán.

Con la carne de gallina y expectante como el reo que espera la llegada del verdugo, de nuevo el silencio cayó como una losa sobre él, sin que la oculta presencia volviera manifestarse con una palabra más. Sintiéndose profundamente fracasado en su embajada y doliéndose sinceramente por su comportamiento, arrojó el cuchillo y la lata lejos de sí y con estoica resignación se dispuso a soportar cualquier castigo de Dios o del Diablo. Pensando en el sufrimiento de su pobre mujer a la que ya no podría ayudar, sintió con alivio como una extraña placidez le embargaba y luego sin sentir ningún pudor o sufrimiento por su parte, notó que su mente se abría a una irresistible demanda exterior, emanada de un poder extraordinario. En unos instantes, toda su vida desde sus primeros recuerdos hasta entonces, fue succionada por ese poder que de algún modo y acaso compadecido, le transmitió su aquiescencia por lo visto. Finalmente, sin perder del todo la conciencia y después de un espasmo como de muerte se salió del cuerpo, viajó hacia atrás en el tiempo y pudo ver, con los ojos del alma, la pasada prosperidad del lugar y ser testigo obligado del terrible drama vivido por Eulalia la Joven, nieta de Eulalia la Vieja.

Vio aquellas ruinas de muerte, convertidas en una casa esplendorosa con blancas paredes y verdes ventanales. Sobre la puerta principal, una pérgola alargada servía de soporte a una frondosa papelina de flores rojas que entrecruzaba sus ramas con un rosal de Jericó de pequeñas y olorosas flores amarillas. Dos matas de lluvias, además, e innumerables geranios en poyos adosados a la pared, ponían una nota multicolor en la blancura del frontis. A la izquierda a unos quince o veinte metros de la casa la era de tierra, perfectamente apisonada, y cinco o seis pajeros a la derecha, hablaban de abundancia y trabajo. Junto a la era que le servía de alcogida, el aljibe de ochenta o cien pipas cubría las necesidades de la casa, y en todas las laderas del peñón hasta la misma cerca, cuidadas parras y algunos pencones de tunera completaban el feliz panorama.

Sentada bajo la pérgola, en un banco de piedra viva, una joven de pelo rubio y rizado amamantaba a un recién nacido. De espléndida belleza, tenía en la cara esa tierna y común expresión en las madres primerizas, mitad orgullo, mitad felicidad. Una vez saciada la criatura, con suaves murmullos la arrulló entre sus brazos hasta que felizmente se durmió. Aún permaneció unos instantes sentada, disfrutando del olor a tierra mojada y contemplando con arrobo, al joven campesino que abajo en el llano, sembraba afanoso un trozo de tierra recién arado.

Pasados unos días, ya el trigo apuntando entre los surcos, también vio, que Dios no lo hubiera permitido, como el adorable rostro de Eulalia se convirtió en una máscara de hielo y odio cuando Pepe Remigio, Juan el de Meritota y Antonio Rodríguez le trajeron el cuerpo destrozado de su marido que, aquella misma mañana cazando pardelas con hurón, se desriscó detrás de Tenezar.

Tanto los hombres como las mujeres que vinieron al velatorio se hicieron cruces, comprendiendo que el silencio y frialdad de Eulalia era a todas luces impropios de la humana naturaleza. Con el corazón encogido por el miedo los más viejos recordaron a su abuela, Eulalia la Vieja, su fama de bruja y que murió porque quiso, según sus propias palabras, con ciento diez años sin una sola arruga en la cara y su hermoso pelo rubio sin la mácula de una cana.

A la mañana siguiente cuando se llevaron el cadáver de su marido que ella misma había amortajado, no le acompañó a la iglesia ni al cementerio. Sin una palabra, sin una lágrima, permaneció en la puerta de la casa con su hijita en brazos hasta que la triste comitiva se perdió en el llano camino de Tinajo. Luego entró en la casa y cerrando puertas y ventanas ya no respondió ni abrió la puerta a nadie.

Una madrugada, cinco días después de los hechos, los perros de Muñique ladraron a la muerte cuando se oyó un toque en casa de Pepe Remigio. Era Eulalia, que sin decir palabra depositó el frío cuerpecito de su hija en manos de Amalia, mujer de Pepe Remigio, quien asintió con la cabeza ante la fría interrogación de los ojos de Eulalia que siempre en silencio, besó la frente de la niña por última vez y dándose la vuelta se volvió por donde había venido, en compañía del perrazo que había sido el orgullo de su marido mientras vivió.

Con el recuerdo de lo visionado clavado en su mente, Andrés retornó de su viaje al pasado y de nuevo se encontró antes las negras ruinas llorando como un niño, tal era su congoja. Después, sin haber recobrado del todo el aplomo, las puertas del infierno se abrieron ante él ¡Andrés! ¡Andrés! ¡Ven mi amor!... En la entrada del zaguán, aureolada por un resplandor que salía de su propia carne, una joven de extraordinaria hermosura y totalmente desnuda, le llamaba con una voz tan dulce y seductora que le turbó profundamente. Luchando contra la atracción que le empujaba hacia ella, Andrés, criado en el temor a Dios y al pecado, hizo un tremendo esfuerzo para no recrear la vista en aquella deslumbrante desnudez; en aquellos brazos extendido cuyas manos, blancas como la leche, le invitaban a descansar sobre su pecho de luz, en aquellos labios, sonriendo desconsolados, como esperando los suyos. Así huyendo del mero pecado de lujuria, cayó en la trampa de la llameante mirada de la joven que anuló totalmente su ya escasa resistencia. Bajo el influjo de aquellos ojos de cambiantes colores, ora negros como la noche, ora verdes como las aguas profundas, Andrés, totalmente enajenado, comenzó a caminar hacia la fantasmal figura y entonces ¡Milagro de Dios! Sin saber como ni de quién, recibió una bofetada (2) que le hizo pararse en seco y recobrar la razón. Libre ya de la fascinación de aquellas dos gemas satánicas que le daban pavor, se oyó a sí mismo exclamando: ¡Virgen de Dolores, protégeme! ¡Son los ojos del Diablo!

Al ser mencionado el santo nombre de la Virgen, la joven y con ella el resplandor que desprendía, desapareció como por encanto y las tinieblas volvieron a enseñorarse de la escena. Ni olores nauseabundos ni alaridos de rabia, sólo un suspiro como de alivio salió de las profundidades del zaguán. Luego la misma voz, pero esta vez en un claro tono de contentura y acaso cariñoso, volvió a oírse con toda claridad: Setenta años llevo esperándote Andrés Pérez, pastor de cabras y nieto de Pepe Remigio. Tu fortaleza te ha salvado. Vete en paz que tu hijo nacerá en la luna llena de noviembre. Los días que vivió mi niña sumados a los nueve meses de gestación natural de tu hijo, harán los diez meses cumplidos en que nacerá. La fusión del espíritu de mi niña con el de tu hijo, hará que éste herede mis poderes, que pasados los años aflorarán en una descendiente suya, cuyo nombre empezará como el mío y que nacerá de Milagros. El Maligno no prevalecerá sobre ella y será libre de usar o no sus poderes, para bien o para mal, según su libre albedrío e inclinación natural. Si para mal, nuevas calamidades caerán sobre estas tierras desgraciadas, y si para bien, vivirá feliz y acaso, si aquel a quien no puedo nombrar lo permite, sus buenas obras redimirán mi pecado de soberbia y así podré alcanzar la paz tan deseada. Y calló la voz.

Cumpliéronse los vaticinios de Eulalia y en la Noche de Difuntos, negros nubarrones cubrieron la bella luna y una horrible tormenta de agua y fuego se desencadenó sobre el lugar. En medio de aquella nunca vista tempestad, entre truenos que hacían retemblar la tierra y relámpagos que convertían la noche en día, nació el hijo de Andrés y Crisanta. Y mientras esto sucedía, setenta rayos como cuchillos de fuego hundieron las ruinas de la casa de Eulalia en el embudo infernal de Piedras Negras. Desde entonces la paz y prosperidad perdidas volvieron a esas tierras y de la bella bruja y su fiel Satán nunca más se supo.*

 

* Bien es verdad que, recién lo acontecido y después del nacimiento de su hijo, Andrés anduvo un tanto desasosegado y también, todo hay que decirlo, un tanto desconsolado recordando la hermosura de Eulalia. No obstante, la sabiduría ancestral de nuestras magas conejeras puso fina a sus cuitas; bien aconsejada por su madre, la joven Crisanta descubrió que cuando el hombre no calienta sitio no hay nada como echarle los brazos al cuello y matarlo un poco.

(1) La madre en las mujeres y el pomo en los hombres, son órganos que, situados en las proximidades del estomago enriquecen y hacen un tanto peculiar la anatomía de los canarios. Debe ser por el gofio.

(2) Existen dos versiones sobre el origen de esa bofetada. Según Josefa la curandera que quedó al cuidado de la parturienta la noche de autos, fue la propia Crisanta, quien en medio de una horrible pesadilla, se sentó en la cama y dio un manotazo al aire, hecho lo cual siguió durmiendo ya tranquila, con una beatífica sonrisa entre los labios. Por el contrario, Eduviges afirmaba que la responsable fue la Virgen de Dolores, bajo cuya advocación vivió siempre el pobre Andrés.

 

 

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