
Antonio Lorenzo
[Jueves, 21 de agosto de 2008] [08.00]
La última vez que lo vi, a finales de los años cuarenta, en la puerta de su carpintería en la calle Canalejas, cerca del Instituto a donde yo me dirigía, recuerdo su figura unamunesca; pequeño, delgado, con una corta barba blanca y unos lentes, como se decía entonces, de cristales menudos y redondos, con montura metálica que no creo que fuera de oro como la del gran maestro de Salamanca. Maestro Alejandrino era carpintero, pero no carpintero fino, sino arreglador de pequeños desperfectos, patas de mesas arrancadas; sillas cojas y maceteros tambaleantes, que le permitían malvivir en su existencia casi bohemia; a él y a la mona que, encadenada, asomaba por los cristales rotos de la ventana. Se decía que la mona diariamente “robaba” un pan de la cesta que seña Flora llevaba sobre su cabeza, en su venta ambulante del alimento básico; y que una vez se escapó de sus ataduras, entró en una casa y, cogiendo un niño que dormía en la cuna, lo paseó por los alrededores. Maestro Alejandrino supo rodearse de la elite cultural del Arrecife de principios de siglo que, tarde tras tarde, tenían su tertulia en “El Tercio”, como se denominaba popularmente su taller. Los “Moros Notables” del casino, después de tomar el café de sobremesa en la acera de la sociedad, al atardecer se acomodaban, apartando virutas y aserrines, en el banco de carpintero y en las sillas y sillones que aguardaban turno a que el Maestro le metiera mano. Aparte de esas virtudes, Alejandrino era el hombre que, con una sola palabra, caricaturizaba a quien se le ponía delante. Dicen, y creo haberlo leído de Leandro Perdomo, que de su imaginación y sus labios salieron “nombretes” como “Carita de Belladona” o “Hurón destetado”.Un amigo me cuenta un chiste que, sin dejar de ser chiste, pone de relieve la capacidad del insular por esa caricaturización con unas palabras, tan fiel como la del caricaturita gráfico con sus garabatos. Un militar, y mis respetos por los militares, destinado por primera vez a Lanzarote, el lunes por la tarde espera el barco en el Puerto de la Luz. Antes de subir a bordo, un compañero le advierte: “Cuidado con lo que haces y dices en Lanzarote, porque allí son unos maestros en el arte de poner un nombrete, como en aquella isla se dice”. “¡Apodos a mí, con la mala leche que yo tengo!”. El martes por la mañana, la muchedumbre de siempre, espera la llegada del correillo. Faltaban unos metros para que se consumara el atraque, y un espectador, que no creo que fuera Maestro Alejandrino, pero sí un posible discípulo suyo, le dice al amigo que está al lado: “¿Ves aquel vestido de militar? Ahí viene Mala Leche”.
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