
Ylenia Calzado
Foto: Gema Quindós
[Miércoles,
20 de agosto de 2008] [08.00]
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“Los hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hombres geniales y pueblos fuertes sólo necesitan saber a dónde van”. José Ingenieros.
Como su propia maldición, eran dos. Y fuertes. Palabras latinas que lo mismo que guían, apuñalan. Como son las situaciones en las que no puedes dejar de seguir, o cuando decides echar a un lado algo, y no sabes qué. O lo sabes, pero te da sentimiento porque es y eres así.
Ambivalente vivía auspiciada por un nombre y un apellido. Dicen los veteranos de la familia, esos que recordamos en Navidad, menos mal, que siempre hubo un bueno y un malo, un cura y una fulana. Bastantes bastardos o no legítimos.
Susurraban entre ellos, apestando a especies en vías de extinción, propio de la fiesta nacional, que a la prole, en el transcurrir de los eones interminables, animados por la dejadez, zozobra o pájara de las circunstancias, le sonreía la idiosincrasia de tener algún golfo o buen aplicado trabajador de lo común, en los menesteres públicos. Qué suerte.
Tal condición, marcaría la vida de luces, sombras y esperpentos, que Ambivalente, ni descocada, elegiría. Y que acabaría por entrever su mirada escéptica ante lo que no es posible o puede que sea increíble pero cierto.
A Ambivalente la parieron rebelde sin causa. Y no le importaba morir joven. Y tampoco le importaba liarse con el panadero de la esquina como con James Dean porque es y será así. Y también quizá sea porque quiere. O porque le gusta como título: Nada en la nevera. O frases como: Vaya promiscuidad de nevera. Todas... de otros y con frío.
Sabe y juega con su nombre. Lo une a otras palabras que probablemente dan mejor significado que los que ofrecen unas tapas duras con un poco de arbolito en su punto. Sabe que en el mundo hay fábricas y fabricadores. El resto poco importa. Como en el clan familiar, le daba por pensar de cuando en cuando.
La vida en su discurrir (junto con los eones) dibujaba en la caja de recuerdos mentales a un lado del estiércol, bilis negruzca y pichenta, los sinsabores de no ser sustancia en la jodida materia. Es decir, dilucidaba si pertenecer al mundo de los alienados familiares o dejar de ser una misma.
Porca miseria, o puto nombre, suele decir cuando no recuerda un nombre interesante. Quizá la primera imagen, esa, tan desprestigiada, sea la que le inspira confianza o temor. O una indiferencia bastante clara. Habla y explica la imagen como un todo de unión. No todo unido.
Ella sabe que en alguna parte de Ambivalente reside la razón y a veces la negación de no poder traspasar la piel, como la filosofía de la que hacía gala Hegel. Pero otra parte de Ambivalente piensa que sólo por la náusea de Jean Paul Sastre vale la pena tener la suerte de morirse. Como James Dean.
Dicen los que la rodean que de cuando en cuando imita ser feliz, sólo los sentidos y algunos resentidos pasean sus por sus ideas. Pero se diluyen en profundo contraste.
Los sabios famosos, en tiempos de Nietzsche, quizá, nunca tuvieron la esperanza de dejar de ser chusma, palabra dura. Como Ambivalente. También él (Nietzsche) pensó de vez en cuando.
Los inocuos que invaden los sueños de Ambivalente, no tienen nombre y son o queridos u odiados. Según. Es una pena, pues la línea que une, está claro que a la vez separa a lo Aristóteles pero de manera chunga.
Ambivalente, con El Hombre Duplicado bajo el brazo, esboza sonrisas que proyecta hacia un espejo, en el que se esfuerza por demostrar que despojada de estupideces, sólo uno es uno y no dos.
Ambivalente como siempre, busca tiempo entre las líneas que dibuja su despertador intentando imaginar que suena para todos.
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