ENFOQUES

 

Ensayo en Y

 

 

Juan Pérez Parrilla

[Martes, 19 de agosto de 2008] [08.00]

 

 

ACLARACIÓN.- Los que nacimos en la Guerra y crecimos con el Rosario de la Aurora, las Cartillas de Racionamiento, el Nodo, el Caudillo bajo palio en las procesiones religiosas y las putas haciendo cola, los miércoles, frente al centro de Higiene para pasar sus revisiones obligatorias, nos sentimos hoy, poco más o menos, como el preso que al salir de la cárcel, ya cumplida su condena, piensa que entre aquellos muros se ha quedado parte de su vida, injustamente perdida.

La represión política ejercida por la Dictadura fue tremenda, pero aún siéndolo no creo que nos mal formara demasiado. En cuanto a la otra, la sexual, capitaneada por ambos, Régimen e Iglesia, es harina de otro costal. Sobre esta cuestión sería un imprudencia generalizar; en lo que a mi respecta, puedo decir que crecí entre el poético erotismo del Cantar de los Cantares, las exuberantes formas de los desnudos de Rubens vistos a escondidas en un libro de láminas del instituto, y los precios de saldo de las putas del Rancho Estadio por Semana Santa, en la cueva de la Bufona.

Aparte de lo expuesto, no resisto la tentación de contar una anécdota muy esclarecedora sobre el tema: Se llama José Antonio, buen hombre y nada tonto, debía tener por entonces los veinte o veintiún años; ocupado con la Peque, una putita de la época, en el momento del clímax dio tan tremendo alarido que se agrietaron los muros del Molino ¡Chacho, creí que me iba a morir! Desde entonces dejó de llamarse José Antonio y ya fue siempre Tarzán.

Época terrible pero hermosa. Pienso que básicamente no éramos muy diferentes a los jóvenes de hoy. Puede que el muro de la represión en aras de la castidad, separara en exceso ambos sexos. No nos castraron pero acaso llenaron demasiado de sexo nuestras vidas.

El ensayo que sigue, escrito más o menos por la época del grito de Tarzán, aunque está lleno de un ingenuo radicalismo juvenil, espero que sirva para que nuestros hijos noten lo quijotillos que éramos y que no pasábamos, estábamos. Rechinando, pero estábamos. Al ser una especie de crónica de la infamia al uso, pondré debajo de cada una de las misceláneas de que consta, una nota explicativa si considero que con ella facilito su comprensión. A pesar de que mi edad ya me permite ciertas licencias, eso espero, siento un vergonzante repelús a sacar al aire las inquietudes de un chavalillo de veinte años. Después de tanto tiempo pasado, es como si me metiera en la intimidad de alguien que no soy yo.

Francisco

Fue camellero, caminero, salinero y marinero. Últimamente peón. A productor no llegó.

Se casó y tuvo hijos. Peleó y se emborrachó. Murió en paz. Como Pascual Duarte nunca estuvo en Cuba y como éste, tuvo su piedra.

En el camino, hoy carretera, que iba del Puerto a Yaiza, un poco antes de llegar al pueblo y en el arcén derecho según se baja, estaba su piedra. Es de suponer que en ella descansaría también algún peón de Cabrera, alguno de los que a lomos le llevaron el piano desde el Puerto. Es de suponer, más no seguro. Francisco hablaba de ella como cosa propia y no hay por qué dudar de su palabra.

Desde ella no mató a su perra de un tiro. Si alguna vez tuvo perro, nunca tuvo escopeta. En ella y durante años fumó y descansó de sus viajes a pie desde el Puerto.

Y en ella, cierta madrugada de domingo, tiró el saco de batatas y pescado que traía. Y cogió resuello. Y sintió sobre sus cueros un mundo de batatas. Y sintió bajo sus pies las vergas de las zoletas. Y se dijo ¡ya está bien! y fue y se emborrachó.

Y el lunes estuvo dos veces tres con su mujer y engendró una criatura. Y el martes no encontró un hombre. Y el miércoles se fue a la Costa en El Porvenir de Jordán.

Francisco Lemes murió con cerca de cien años en una pensión de la calle Secretario Artiles del Puerto de la Luz. Durante años trabajó en las salinas de la Vega de Arrecife. Cuando tenía suerte, después de una semana de trabajar de sol a sol, conseguía las batatas y el pescado salado, pa la mujer y los chicos, en Arrecife, y cuando no, cuando no había batatas en Arrecife, tenía que subir por ellas a San Bartolomé y luego atravesar por la Geria hasta llegar a su casa en Yaiza.

Con a productor no llegó, quise significar que la vida laboral de Francisco terminó antes de la dictadura del general Franco. Durante ella desaparecieron del léxico oficial, palabras como proletario, obrero, trabajador, etc. por ciertas connotaciones comunistas que la Censura creía hallar en ellas. Así, por ejemplo, el Primero de Mayo, día internacional del trabajo, pasó a llamarse día de San José Artesano.

Lo del piano de Cabrera no es historia pero es verdad. Hubo en Yaiza un terrateniente que para satisfacer las aficiones musicales de una hija, se trajo un piano de cola de París y para evitar que el traqueteo de una carreta pudiera desafinarlo, lo hizo transportar a hombros, por ocho o diez de sus peones, desde el Muelle de las Cebollas de Arrecife hasta su casa en Yaiza. Tardaron dos días y medio en recorrer los aproximadamente veinte kilómetros de camino. El piano llegó bien. En cuanto a los peones, imagino que no hubo una desgracia con ellos porque no se tropezaron en el camino con Lizt o Mozart.

Las zoletas eran unas especies de abarcas, hechas con sendos trozos de cubierta de camión que se sujetaban a los pies con tiras del mismo material, amarradas con alambre acerado.

El Porvenir era un balandro que durante muchos años faenó en las costas de África. Una zafra de pesca duraba hasta nueve meses si se ayustaba la Pesca de la Corvina con la Pesca Chica. La alimentación básica, gofio y pescado. A veces más pescado que gofio. Se habla de un avispado armador de la época que para evitar que sus marineros consumieran mucho gofio, lo impregnaba con petróleo.

La alusión a la Familia de Pascual Duarte, de Cela, es clara. La escena en la que el protagonista de la novela, sentado en una piedra, después de una cacería infructuosa, mata a su perra de un tiro creyendo que lo miraba con burla, se me quedó grabada.

Jenara

La casa estaba limpia, pero olía a poco agua. A pasote y manzanilla, a esteras y fruta seca, a ropa blanca en la cómoda.

En la alcoba, si puede llamarse así el pobre cuarto, Jenara lloraba por Julián. Al rescoldo del tenique en la cocina, la madre contaba los duros; y afuera por el camino, aún se oían el galope de la yegua de Cabrera.

Eran los días de San Juan. Por Santiago, Jenara se casaría con Julián el de señor Tomás.

Y se casaron Julián y la Jenara. Y parió a su tiempo, Jenara, un niño muerto. Y Julián y sus pechos lo lloraron.

Y volvió Cabrera, cierta tarde, y miró a Jenara en la era. Y dijo Jenara; no, mi amo, no quiero matar otro inocente. Y tiró Cabrera para el Puerto volando en su yegua blanca.

Y peleó bien, Cabrera, aquella noche y durmió en casa de Al capone. Y olió a jazmín y olió violetas y no pudo oler a poco agua.

El tenique estaba formado por dos piedras gemelas que se colocaban sobre el poyo de la cocina, separadas entre sí, para poner sobre ellas el caldero y en el hueco que quedaba debajo, el combustible; paja de cebada, varas de parra, algún que otro carozo y en los años de extrema sequía, boñigas de burro, de camello y bostas de vaca bien secas.

El corcovado

Me lo contó Modesto, una noche que, nostálgico, le dio por visitar los viejos altares. Al año o cosa así, se murió por poco.

Sucedió por San Ginés y en la tasca de la Viuda: Junto al mostrador, el Gallego y tres amigos se tomaban unas copas, y en la mesa del rincón un corcovado, venido de Dios sabe donde, afinaba, y a veces punteaba, un timple entre trago y trago. La fiesta en paz.

Tras el mostrador, la Viuda acompañaba a los bebedores mirando de vez en cuando al corcovado que, impasible, templaba el timple blandamente. No lo conocía y dos veces se le había negado aquella noche.

Y entró Cabrera y dijo que ya era tarde y que se fueran los niños a dormir. Y quedó el corcovado en solitario, tocando el timple con mesura.

-¿No oíste lo que dije, garabato?

-Oí, señor, los niños ya se han ido.

Y vio Cabrera las finas manos del engendro. Y vio la muerte en los ojos del petudo. Y Dios le dio valor y se marchó.

Y aquella noche volvió a nacer Cabrera y durmió la Viuda con un hombre.

En mi juventud no era extraño ver entre la camisa y la faja negra que usaban algunos profesionales; carreteros, pastores, marchantes, etc. la empuñadura multicolor de un cuchillo canario. Si hago hincapié en las finas manos del petudo, es porque por aquel tiempo había leído a Borges y saqué la conclusión de que para ser un buen cuchillero, había que ser enjuto y de manos finas.

De los personajes de este lance, sólo conocí a la Viuda y a Modesto. En cuanto al corcovado Siete Perras, un ruletero venido a la feria de San Ginés, no tuve el honor.

Al Capone

Capones ha habido muchos. En Arrecife hubo uno. Llegó antes de la Guerra con su organillo de manubrio y sus chicas. Chicas a quienes las señoras de Cabrera, incapaces de designar con el nombre de prostitutas o aún de cabareteras, motearonlas de camareras.

A partir de Capone la prostitución se estableció de un modo si no oficial, sí, digamos, con firmeza; Rancho Chico, La Farola, Rancho estadio, etc. Corresponde, pues, a Capone, el mérito de ser el introductor y a sus chicas el gran escándalo.

No quiero decir con esto, que antes de Al no hubiese de esas chicas en Arrecife, supongo que sí las habría; pero Capone aparte de chicas trajo el organillo. Chicas, música y copas. La fiesta.

Y lo hizo bien Capone. Trajo tangos y pasodobles, trajo morenas y rubias. Y trajo también, polcas, mazurcas y valses.

Al Capone fue el regente de un prostíbulo situado en la calle La Porra. La máquina de hacer música que se trajo, no sé si era un organillo o una pianola, o si ambas son la misma cosa. Sólo sé que tenía manubrio. Nunca llegué a ver el mencionado artilugio, pero sí alguno de sus rollos de papel perforado, imprescindibles para su funcionamiento.

Al parecer el tal Capone era bastante ocurrente y muy amigo de las medidas profilácticas en su negocio; servicio de palanganero y reparto de gorros de pajarito entre sus clientes.

María

A raíz de la Guerra llegó el Batallón, y con él, hombres de toda la geografía peninsular. Tras las rejillas del postigo, María los vio pasar. Sus ojillos, tímidos aún tras las rejas, se llenaron de bigotes catalanes y patillas andaluzas. Sus orejas, no muy limpias, captaron ecos de trompetas y canciones de victoria. Y sintió los tambores en el bajo vientre y olió a cuero, sudor y hombre.

Pasaron los días y, con ellos, la señorita tuvo un teniente y María tuvo a su Andrés. Su Andrés era bueno. Aún hoy lo piensa.

Una novena que no se celebró, un ardor que no oye y señora Cabrera ante ellos acurrucados en el zaguán. María perdió a su Andrés.

La ida al campo, ya era un hombre el señorito, la vuelta a la ciudad, pasado el tiempo de dudas, y obediencia y sumisión.

Pasaron los años y María nunca supo de Andrés. De Andrés, de Pedro o de Juan. Nunca supo de hombres. Supo de trabajo, de rezos, de misas de madrugada. Supo de sueños, supo de insomnios.

Hoy ya es vieja, sus esperanzas se esfuman. Ya no oye trompetas. Y mañana en el asilo sus desvaríos seniles la harán gritar por su soldadito o, acaso, maldecir a la señora. Y entonces, oirá tambores en el bajo vientre y olerá a cuero, sudor y hombre.

Y morirá y no la olvidarán. No puede olvidarse lo que nunca ha sido.

 

 

 

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