Carlos Xabier Cerqueiro

Alcohol y evidencia

Puede que les suene esta historia. Laura era una niña de 12 años que un viernes decide, con sus amigos, comprar unas botellas de alcohol. Un adulto les ayudó en la compra, aunque ellos sabían de sobra que cualquier menor puede hacerlo sin problemas. Laura se bebió una botella de ron en muy poco tiempo, un «binge drinking» o atracón de alcohol. Al rato, se desplomó. Sus amigos, que habrían visto esta escena en demasiadas ocasiones, observaron que Laura no respondía y comenzaron a preocuparse. Para no llamar a sus padres, deciden llevarla directamente a un centro de salud. Ingresa crítica y al martes siguiente fallece. En la autopsia se confirma la muerte por intoxicación etílica.

Los adolescentes ingieren alcohol por varias razones, pero según la Guía del Alcohol, la publicidad del alcohol es omnipresente, promueve su consumo y posee un mensaje contradictorio (eres libre de hacer lo que quieras y bebe con moderación). Además, "la elevada aceptación social lleva a considerar beber como "normal"; y convierte en "anormal" el no hacerlo". Al menos 6000 atenciones a adolescentes por intoxicación etílica se dieron en 2016, además de los casos que nunca llegan a centros de salud. No es algo anecdótico: el 70% de los adolescentes ha consumido alcohol durante el último mes, un 32% se han cogido un atracón de alcohol en el último mes y un 22% se ha emborrachado en ese mismo período, eso sí, con "normalidad" y "aceptación" social.

Los daños del alcohol en jóvenes son amplios. El Grupo de Investigación en Neurociencia Cognitiva concluye que el consumo de alcohol a estas edades afecta al cerebro tanto estructural como funcionalmente, ya a corto plazo: un menor volumen del hipocampo, afectándose la memoria y el aprendizaje; se altera la corteza prefrontal del cerebro, encargada de la toma de decisiones y el autocontrol; empeora la memoria; y el riesgo de padecer depresión se incrementa en seis veces.

Además, están los efectos agudos. Dos copas de vino provocan alteración del juicio crítico y de las funciones cognitivas. Hay una mayor pérdida de calor por vasodilatación de los capilares cutáneos (beber para entrar en calor no funciona) y una mayor eliminación de agua por los riñones. Incluso se complica la formación de glucosa en el hígado, se incrementan los niveles de triglicéridos en sangre, y más.

La absorción de la mayoría del alcohol etílico se da en el intestino y se descompone en el hígado en dos pasos. Primero, se transforma en acetaldehído gracias a la enzima alcohol deshidrogenasa. El acetaldehído (carcinogénico reconocido de categoría 1) es capaz de unirse a proteínas y al ADN, alterando, por ejemplo, la respuesta inmune, y siendo una de las sospechosas de la inducción del cáncer en bebedores, como el de mama (varios trabajos lo aclaran). Además, interfiere en varios neurotransmisores y tiene efectos en el sistema circulatorio. En un segundo paso, el acetaldehído es convertido por la enzima aldehído deshidrogenasa (ALDH) en ácido acético. Otra vía alternativa, el sistema oxidativo microsomal, es responsable del 25% de la degradación de etanol en bebedores crónicos y da lugar a varios productos carcinogénicos.

A pesar de todo, algunos médicos siguen recomendando el vino. Aunque algunos estudios clínicos observaban que el consumo moderado podría ejercer una protección frente a las enfermedades cardiovasculares, hoy sabemos que no tenían en cuenta otras variables, como que las personas que consumen moderadamente son las más concienciadas con su salud, por eso lo hacen, o que lo combinan con otros hábitos saludables: se bebe porque se tiene buena salud, y no al contrario. Pero el consumo moderado de alcohol sigue ampliamente promovido: "Una copa de vino tinto equivale a una hora de gimnasio" o "La cerveza ayuda a bajar de peso y reducir el colesterol" son titulares habituales. Se llega a afirmar que los abstemios tendrían más riesgo cardiovascular o de mortalidad que los bebedores "moderados", cuando los estudios confirman que el alcohol empeora la salud cardiovascular.

Así, aparece en 2015 una revisión de casi cuatro millones de individuos en la que se separó a los exbebedores (que presumiblemente ya acumulan daños por el consumo) de los abstemios auténticos (no incluyéndolos en la misma categoría, como se venía haciendo), y al compararlos con las demás categorías de bebedores, se observó que "el bajo consumo de alcohol no ejercía beneficios netos en la mortalidad al compararlo con la abstinencia de por vida o el consumo ocasional de alcohol", de donde se deduce, primero, que no hay reducción de la mortalidad para los bebedores moderados y, segundo, que no existe una cantidad de alcohol segura.

En 2007 la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer concluye que el consumo regular de alcohol incrementa el riesgo de cáncer de boca, laringe, faringe y esófago, de colon y recto.También que hay una evidencia abrumadora de correlación entre alcohol y cáncer de mama (el acetaldehido sería un responsable, incluso en consumos moderados, y la producción de estrógenos estimulada por el alcohol otro). Ya hay evidencia de que "el alcohol es un carcinogénico humano". ¿Cuántos de ustedes lo sabían?

Los últimos informes de la OMS son muy relevantes. El alcohol "es un potente teratógeno (altera el feto), es neurotóxico, provoca una dependencia similar a la de otras drogas bajo control, es inmunosupresor, es carcinogénico e incrementa el riesgo de enfermedades isquémicas y apoplejías". Se le vincula con más de 200 enfermedades, incluyendo cáncer, cirrosis hepática, enfermedades cardiovasculares y alcoholismo, y estima que más de 3,3 millones de muertes en el 2012 se relacionan con él (más que el SIDA, la violencia y la tuberculosis juntas). Se comprueba que el 25% de las muertes por cirrosis hepática, enfermedades cardiovasculares y cáncer son debidas al consumo de alcohol.

Añadido a lo anterior está la problemática de la percepción que se tiene del alcohol. El 17% de los españoles encuestados están en riesgo (4 cervezas en hombres y 2 en mujeres, al día, o 28 y 17 semanales, respectivamente), pero solo algo más del 1% creen que beben de más (hay que destacar que en España se beben casi 10 litros de alcohol puro por persona y año, unas 3 - 4 cervezas diarias, y que son las mujeres españolas con mayores niveles de estudios las más propensas a consumos de riesgo, mientras que en los varones son los de menos estudios). El consumo de riesgo, además, puede causar las mismas enfermedades médicas y psiquiátricas que el alcoholismo. Y como una creencia más en la que la evidencia es obviada, cuanto más alcohol se consume, más se le considera como saludable y menos como responsable de enfermedad.

En conclusión, se ha demostrado que el alcohol tiene gravísimas consecuencias, por muy lúdico que sea su uso. Es posible que la aceptación social de esta droga legal sea parte muy importante del problema, pero los esfuerzos publicitarios y la dejadez de las autoridades no van en el camino de revertir la situación. No se trata de prohibir, sino de informar con realismo y controlar la publicidad y el consumo, induciendo una disminución en el consumo de riesgo y previniendo el consumo abusivo, especialmente en adolescentes. ¿Cuándo fue la última vez que miraron con desconfianza a alguien que se pedía un agua en lugar de un copazo en una reunión de amigos? El que consigue hacerlo está haciendo un auténtico acto de rebeldía.

2 Comentarios

No se preocupe Ud. y abandone la cruzada : en Lanzarote todo el mundo es abstemio...o está en contra del alcohol. Vea como se le afea la costumbre a los "pocos" que beben o han bebido.
Beber es un acto social al principio y no una necesidad fisiologica si insiste en ello lo conviertes en una enfermedad....las consecuencias son nefastas para el paciente su entorno y para la sociedad en general

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