Manuel Hernández Avero
[Miércoles, 4 de abril de 2012]
Tras vencer a sus ambiciosos hermanos y aplastar a húngaros y eslavos en el campo de batalla, Otón I de Sajonia fue coronado en 962 soberano de un imperio que pervivió durante casi mil años.
El poder de Otón I se extendía sobre gran parte del Imperio que Carlomagno había fundado en el año 800, y que tras su muerte acabó fracturándose en tres grandes bloques. Uno de ellos, la Francia Occidental –germen de la Francia actual- estaba gobernado por la dinastía de los Capeto. Otro, la Francia Oriental –precedente de Alemania- estaba dirigido por Otón, quien había sido coronado como su soberano en 936; el núcleo de este reino eran los cuatro ducados germánicos: Sajonia (gobernado por su familia), Francia, Suabia y Baviera. Otón, además, ejercía una tutela directa sobre el ducado de Lorena y el reino de Borgoña, que habían formado la tercera gran porción del Imperio carolingio. Desde sus bases germánicas, Otón contuvo a húngaros y eslavos, fijándolos a través de los territorios fronterizos (las marcas); posteriormente, avanzó sobre las tierras eslavas en un proceso de cristianización del papado. En Italia, el poder de Otón y su control sobre los pontífices suscitaron la desconfianza –y la oposición- de Bizancio, lo que condujo a una solución diplomática que pasó por el matrimonio del futuro Otón II, heredero del emperador, con la princesa bizantina Teófano.
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