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TRIBUNA

 

La confianza por los suelos

 

José Luis Asencio

[Lunes, 30 de enero de 2012]

 

 

 

 

 

 

Imaginemos por un momento que entre nosotros nadie hace aquello que debería o nadie hace aquello que dice hacer, es decir, el juez imparte injusticia , los encargados del orden facilitan el desorden las violaciones y los abusos, el piloto de su avión se desvía de su ruta, los convenios y los contratos se incumplen sistemáticamente, y así hasta lo inimaginable.

Nada es tan necesario a un sistema social, económico, cultural y, en definitiva, a todo tipo de relación entre las personas, como la confianza que, básicamente, no consiste en otra cosa que esforzarnos en hacer aquello que decimos y aquello que debemos por el rol social que desempeñamos o porque, simplemente, somos seres, en mayor o menor grado y cuando menos como posibilidad, libres.

Ésto es precisamente lo que nos convierte en seres inevitablemente morales: el hecho de ser libres y encontrarnos liberados de las ataduras del paraíso.

La libertad es, entonces, la posibilidad de tomar decisiones consciente y responsablemente, de elegir, de hacerlo en base a unos criterios más o menos lícitos, a criterios con una mayor o menor trascendencia o significación ética, etc. pero, en definitiva, nadie es amoral sino que todos y todas formamos parte de una determinada moral, de una determinada manera de conducirnos y de valorar.

Uno de los ejes fundamentales que sostiene cualquier propuesta ética y que, por lo tanto, es común a todas las propuestas éticas y morales, es la confianza: confiar en la idoneidad y valor de nuestros principios, de nuestros acuerdos y de los tratos y compromisos que nos vinculan, en los lazos que nos unen y en las promesas que nos mueven. Pero además, confiar en algo o en alguien es ponernos, literalmente, en manos de ese algo o ese alguien, es poner nuestra vida y nuestras cosas valiosas en sus manos.

De ahí, la desconsoladora noticia con la que concluye el Barómetro 2012 sobre la confianza y que publica Cinco Días en su edición del 28 de enero de 2012; según el Barómetro, la confianza de los encuestados en los Gobiernos como institución en el mundo ha caído del 49% en 2011 al 38% este año, pero también en los negocios, al pasar del 53% al 47% en 2012, y en las ONG, que han bajado del 59% en 2011 al 54% en 2012 .

Esto, si no me equivoco, quiere decir que muchas de las instituciones y de las personas que mayormente tendrían que cumplir con aquello que deben y en cierta forma con aquello de lo que se encargan o encargaron adquiriendo un compromiso previo, no sólo no han cumplido con su deber, engañando, sino que han hecho todo lo contrario, con lo cual el fraude es más lacerante.

Lo peor es que semejantes estafadores que, encima, suelen salir premiados según una proporción directa a las dimensiones de su mentira, se empeñan en concienciarnos que la ética es algo propio de los domingos y que entorpece la ilustre tarea de enriquecerse a cualquier precio o de imponerse sin ningún miramiento. Claro que lo más dramático no es sólo, que ya lo es y mucho, la estafa y el fraude socio-económico y político, sino la manera en la que se agrietan los muros sociales. Por cierto, los muros en los que se sostiene la actividad económica, la actividad social y la base política y cultural de todo pueblo, estado o comunidad por mínima que sea; la de ellos también.

Desanima ver cómo la mayoría nos creemos sus cuentos teñidos de loas a las virtudes patrias, a las virtudes de la ególatría posesivas de progreso y saludable eternidad, y a las bendiciones de la innovación y la creatividad emprendedora que se autoestima muchísimo: somos insuperables en la doctrina del yo me mi conmigo. Otra mentira más.

Para que después digan que no hace falta más ética. Es decir, ser más honestos y consecuentes con lo que decimos y más rigurosos críticos y honrados con lo que debemos.

A propósito, las políticas de élite en Madrid nos proponen que: ... Las posibilidades son múltiples, queremos voluntarios medioambientales, culturales, que de alguna manera se organicen para cuidar los centros públicos... Ahora ya sí que, hacia una esclavitud bendecida, la salida es hacernos (voluntariamente) voluntarios y voluntarias para sostener el kiosko. Todo muy rentable.

 

 

 

redaccion@diariodelanzarote.com

 

 

 

 

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