Mario Alberto Perdomo
[Martes, 16 de junio de 2009]
Casi todos, un poco, somos responsables. Descontando a los que se han mantenido firmes, contra viento y marea, sin querer saber nada de Dimas Martín y el PIL, una gran mayoría tenemos alguna responsabilidad sobre un fenómeno político que ha corroído las entrañas mismas de la sociedad insular, obteniendo algún beneficio de ello. En vez de mirar hacia otro lado, o hacia el PIL en exclusiva, mejor enfrascarse en una de autocrítica y constricción para extraer alguna enseñanza útil de todo esto.
No se puede culpar a toda la sociedad insular de la aparición, consolidación y expansión del PIL, un partido creado a imagen y semejanza de Dimas Martín. Al socaire de un vertiginoso crecimiento urbano-turístico, en Lanzarote (y en miles de lugares más), surgieron personajes que vieron con claridad la relación entre el poder público y el negocio privado. Y se pusieron en ello. Con la aparición del PIL, se instaló una manera muy particular de entender la cosa pública, de amplia base popular, que poco a poco fue socavando el recto proceder de las instituciones públicas y de otras formaciones políticas. En vez de combatir al PIL con sus propias armas políticas e ideológicas, otras fuerzas trataron de emular su exitoso arrastre electoral y sucumbieron en el intento. Más tarde, la corrección de aquel rumbo se reveló como la única alternativa posible. En eso parece que están ahora todos los que, alguna vez, se miraron en el PIL o en Dimas Martín como referentes.
Unos más y otros menos, pero casi todos sucumbimos a los cantos de sirena. Quienes más, los propios pilistas seguidos de sus apoyos electorales. Por fuera y tras los convulsos acontecimientos vividos en las últimas semanas, el panorama político se ha dividido en unos cuantos de grupos. Los que condenan las prácticas corruptas, los que no las condenan y los que callan y están a verlas a venir. Estos dos últimos grupos tienen en común que, en lugar de criticar al PIL por su silencio, responsabilizan a su ex socio de gobierno, el PSOE, de haber cultivado malas compañías. Curioso, pero tiene sentido, ya que lo que se busca es debilitar y laminar al PSOE y, de paso, esperar a ver si cuadran las cuentas para desplazarlo del poder y conformar nuevas mayorías. Así que, en esto, al PIL lo que es del PIL.
El PIL, único responsable de sus actos, ha decidido auto excluirse el juego político al apostar por la calculada ambigüedad. De momento. No ha condenado los hechos que se imputan a su líder histórico y sus alrededores, incluyendo un par de concejales. No les ha pedido que entreguen sus actas, ni les ha pedido que, momentáneamente, se den de baja del partido, ni les ha dado de baja. Todo lo contrario. Se ha dedicado a arremeter contra su ex socio de gobierno y a cuestionar a la administración de justicia y a la Guardia Civil. De ahí que la hipótesis de trabajo más razonable sea que el PIL está inhabilitado, por ahora, para entrar en conversación alguna sobre la gobernabilidad de las instituciones, aunque allá cada cual si después de la que ha caído pasa de todo y decide embarcarse en la aventura.
Pero la verdad es que casi todos somos responsables. Unos más que otros, lo que no deja de ser un asunto colectivo. En lugar de diseccionar el grado de responsabilidad de cada cual fuera del PIL, parece mucho más productivo y eficiente ponerse a trabajar por la estabilidad y la gobernabilidad de las instituciones dejando al margen al PIL, al menos hasta que haga su propio ejercicio de depuración y renovación interna. Volvemos a estar como en 1999. Vamos a ver si de esta...
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