Mario Alberto Perdomo
[Miércoles, 1 de abril de 2009]
Paradojas de la vida, una de las grandes noticias de la historia reciente de la isla no ha sido ofrecida por Agustín Acosta: el parte de su propia muerte.
Me identifico con Jaime Puig en el relato que hace de su relación con Agustín. Un corazón abierto en la intimidad y con quien discrepé con frecuencia por su forma de hacer periodismo. Leal en la relación personal, se trazó límites que jamás sobrepasó. Gran comunicador, entendió como nadie el significado de una empresa periodística, que consiste esencialmente en pagar las nóminas a fin de mes porque los periodistas no viven el aire. Se enfadaba al comprobar que las empresas privadas no comprendieran su rol en la construcción de medios de comunicación independientes y siempre, siempre, supo distinguir a quienes se le acercaban en busca de influencia y de poder. Gran y ameno conversador dotado de una prodigiosa memoria, le atraía el espacio de las profundas convicciones y, en el fondo y en las formas, su gran vocación era la política. Posiblemente estemos ante el último componente de una estirpe que soñó una isla mucho mejor y emancipada de arcaicas dependencias, sobre todo en el propio ámbito archipielágico.
La voz sonora del Atlántico fue un currante de primera. Aunque con frecuencia estuvimos en lados distintos en decenas de batallas, siempre me sentí muy bien tratado por Agustín. Exquisitamente bien tratado. Pero con Agustín no había lugar para las medias tintas: las cosas claras, directas y a la cara. Seguramente fue el hombre mejor informado del acontecer diario, por lo que las mentiras las cogía al vuelo, así como las medias verdades. Y a los interesados los veía venir de lejos.
Paradojas de la vida, sí, su fallecimiento es una de las grandes noticias de la historia reciente de Lanzarote, pues su devenir no se puede entender sin su presencia constante en todos los grandes acontecimientos, cuando no era el protagonista indiscutible. Pero pienso en cómo hubiese dado el propio Agustín Acosta el parte de su propia muerte... Nacemos solos, en soledad vivimos y solitos morimos. La familia y los amigos contaditos. Lo demás, el páramo...
Dotado de una fuerte personalidad y no menor carácter, sus prontos eran conocidos. Pero tras la tormenta repentina, regresaba a la calma y a la generosidad. Quiso, y mucho, pero siempre que se sintió querido. Respetó, y mucho, pero siempre que se sintió respetado. Cuando su código ético, que lo tuvo, se veía vulnerado, no perdía ni medio minuto y cortaba por lo sano.
Agustín buscó sin descanso. Su lugar en una isla cambiante, ingresos pendientes de cobro para pagar puntualmente las nóminas, recuperar la lealtad de los amigos desleales, políticos que hicieran política de altura, oyentes y lectores, reconstruirse tras un episodio adverso en lo profesional o en lo personal . Y sentirse comprendido y querido por quienes más le importaban. Independiente y libre a rabiar, jamás quiso aceptar imposiciones ni ataduras. Sabía que no era un dechado de virtudes en las relaciones más íntimas, pero creo con determinación que supo perdonarse y supo perdonar. Agustín era un hombre listo, también en el ámbito de la condición humana, y en los últimos años de su vida encontró refugio emocional en sus hermanas y recogimiento en Haría, aunque jamás ocultó el orgullo que sentía hacia sus hijos y cómo lo conmovían sus nietos.
Si Agustín ofreciera la noticia de su propio fallecimiento, entre otras cosas que sólo a él le pertenecen, seguramente diría que intentó vivir intensamente y que se fue con las botas puestas y en el momento exacto. En el instante preciso.
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