
Tomás J. López
[Lunes, 28 de julio de 2008]
Curioso mundo este. Debatimos sobre la eutanasia, el digno derecho a una muerte digna, mientras entre nosotros viven muertos vivientes, que de tan muertos, y tan indignos, ni los vemos. Como Espedita la conocemos todos, y miren que es difícil que todos sepamos de quien parece invisible, de quien no existe a no ser que nos moleste pidiendo un euro o un trozo de bocadillo con cara de pena. Deambula ida, consumida, demacrada, terminal, acabada, como un cáncamo, por medio de Arrecife, desde hace demasiado.
Como Espedita Santana Guerra la registraron en la ciudad de Las Palmas, hace unos 35 años, poco después de nacer, y de nacer mujer, y persona, aunque de eso ya no quede nada, porque ella trasluce cualquier cosa menos humanidad. Nació con familia, y aunque muchos lo ignorásemos, aun muerta en vida, familia sigue teniendo. Tiene una hermana agotada de luchar contra el muro, más alto que la enfermedad y la dependencia de Espedita, que ha encontrado cuando ha intentado devolverle parte de la humanidad perdida, resucitarla un poquito. Para que Espedita vuelva a parecer persona su hermana se ha recorrido la isla entera: Servicios Sociales, Servicio Canario de Salud, CAD, ONG, autoridades, abogados, fiscales, forenses… todo en busca de una firma judicial que diga lo que todos sabemos: que es una persona incapaz y debe ser tratada como tal.
Pero resulta que el esfuerzo no ha servido de nada, porque esta sociedad, que se llena la boca al hablar de atención al mal trato, de inserción social, y de derechos, niega una rúbrica con la que Espedita podría dejar de ser un fantasma a la espera de una muerte mejor. Esta sociedad del Ministerio de la Igualdad , de los manifiestos y las manifestaciones, de los lazos en la solapa, no parece tener instrumentos para proteger a la más maltratada, a la más débil. Este mundo que la ignora, en cambio, sí sabe darle su ración de palos eventual: hemos visto cómo la humillan, cómo los chiquillos le pegan empujones, la han visto llegar al ambulatorio con la cara llena de moratones… Y luego, después de la paliza, del desprecio y el maltrato, vuelve a la nada, a la invisibilidad, al desconocimiento en mitad de la isla en que “todo el mundo se conoce”.
Para lo último que han utilizado a Espedita es como divertimento multimedia. Entre el piberío insular ha corrido un vídeo grabado en móvil en la que unos desgraciados se ríen de ella, la humillan y la insultan, mientras uno la prostituye, si por prostitución podemos entender lo que se le hace una enferma disminuida a cambio de unos euros para una dosis. Yo prefiero llamarle abuso. Un vídeo vergonzoso, cruel y machista que me hace preguntarme qué tipo de cabrones andan sueltos, dando la cara, orgullosos, distribuyendo las imágenes, como si de un trofeo se tratase. Y mientras ella se difumina un poco más, estos mierdas llegaron a colgar, al parecer, en Internet, la hazaña en que un tal “Guaye se folla a Espedita”.
Un día de estos, un rumor certero recorrerá Arrecife: “Espedita, mujer, la pobre, que se la encontraron muerta” “¡Ah! ¿Sí? ¿No me digas? No me extraña, y mucho estaba durando”. Las frases del boca en boca serán el único homenaje de esta ciudad que muerta la mantuvo durante muchos años. Y sólo entonces tendrá un final menos doloroso que esta muerte en la que ahora vive. Hablándolo con un amigo el otro día, me decía que qué distinta sería la cosa si Espedita fuese hermana, o hija, de alguno de esos de los que depende la firma. Ni tanto. Ojalá ella fuese un perro, porque entonces tendríamos a la protectora “Sara”. Ojalá fuese una mole de bloques ilegales, porque así nuestros políticos se afanarían en “darle una solución consensuada”. Mientras tanto, y muerta en vida, sólo le espera la nada.
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