
Mario Alberto Perdomo
[Lunes, 30 de junio de 2008]
Al golpito, la ciudad de Arrecife comienza a variar el rumbo que lo conducía proa al marisco. Tras el archivo de la Revisión del Plan General de Ordenación, ahora le toca el turno al Catálogo de Inmuebles Protegidos, hasta ahora una especie de limbo a dos bandas que amenazaba con el derribo de los escasos vestigios arquitectónicos que aún quedan en pie. Para que fuera posible tan fructífero golpe de timón, ha sido providencial la marcha de Antonio Hernández de la Corporación , el caso de abducción ideológica más repentino que se conoce. Su sustituto, Ubaldo Becerra, aquilata a base de sentido común, buena sintonía con el alcalde y sabia administración de la palabra un nuevo proceso que, con una pizca de suerte, deberá concluir con la resolución de la Adaptación Básica del Plan General y la entrada en vigor de un nuevo Plan antes de las elecciones de 2011.
Entre 2003 y 2007, el gobierno de la ciudad se limitó a plegarse ante los intereses de los grandes propietarios de bolsas de suelo y/o los adquirentes de viejos edificios en el centro. Se impuso la cultura del ladrillo, en su versión urbana, y la traslación a la ciudad del neoliberalismo económico, amenazando con repetir en Arrecife el nefasto proceder que quebró el modelo de desarrollo turístico que se implantó en otros núcleos del litoral. Claro que la ciudad debe seguir creciendo y mejorando, esa no es la cuestión. La cuestión es cómo, dónde, en qué orden, para qué y para quiénes.
Apenas quedan en Arrecife ejemplos de arquitectura doméstica de los siglos XVIII, XIX y principios del XX, dificultando el reconocimiento tanto del origen de la ciudad como de su tránsito histórico. Reducido lo antiguo a lo viejo, y, por lo tanto, objeto de demolición, a la capital sólo le queda aferrarse al potencial de su marina, conservar un puñado de inmuebles y reconstruirse como la mejor de las ciudades contemporáneas posibles, para lo cual tan sólo ha de tener en cuenta a las personas y lo que éstas hacen cada día. Es decir, ha de abandonarse la vieja idea de que el espacio urbano es ante todo un espacio económico, que lo es, para sustituirla por un nuevo concepto: la ciudad es un lugar en el que las personas aspiran a ser felices y donde acontece lo mejor de la civilización de nuestro tiempo.
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