
Mario Alberto Perdomo
[Lunes, 2 de junio de 2008]
Viene de antiguo la relación de Pedro Almodóvar con Lanzarote. Quizá desde mucho antes de su primera estancia en la isla, y él sin conocer su verdadera dimensión. De los tiempos de la movida madrileña, casi. A través de Pedro Paz supimos de Almodóvar y sus propuestas cinematográficas y, desde entonces, va y viene buscando intimidad. Está. Cuenta el director que su nueva película transcurrirá en los años noventa y en la actualidad, con el mundo de los negocios y del cine como telón de fondo y contará una historia de amor con tintes de cine negro del Hollywood de los cincuenta. Sin embargo, cualquiera diría que Almodóvar, además, ha aprovechado la ocasión para explicitar sus vínculos con la isla.
En la playa de El Golfo y, sin saberlo en aquel momento, ante una solitaria pareja abrazada al atardecer, Almodóvar sintió una experiencia turbadora: el viaje interior, emocionante y emocional. Aquel abrazo entrañaba un secreto -narra el director- ante colores oscuros, dramáticos y originales. Lanzarote es una isla rica en abismos, dice, y un espacio en el que se ha identificado con el color negro.
Parece que, para Almodóvar, Lanzarote es César Manrique. Por lo que se desprende, en apariencia, de la localización de exteriores y del plan de rodaje, es, sobre todo, la obra de intervención en el territorio de Manrique el marco escogido para narrar los abrazos rotos. Está bien que Almodóvar haya elegido Lanzarote, que sea portada de los grandes diarios del país, que centre la atención de las revistas especializadas y que abra las secciones de cultura de todo tipo de medios de comunicación. Está bien, incluso, que haya gente que sólo se detenga en la parte promocional que, para la isla, supone su elección de rodar en Lanzarote, y hasta que ponga velas a todo el santoral para que la película se hinche a ganar premios y galardones. Pero tengo para mí que lo más valioso son los guiños que el director hace a Manrique, o así quisiera vivirlo, aún en el supuesto de que las elecciones se redujeron a la búsqueda de espacios adecuados para acompañar la relación de una pareja que vive una intensa historia de amor en Lanzarote, lejos de los peligros peninsulares que la acechan. Muy conmovedora la instalación de flores rojas en la primera rotonda de Tahíche.
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