
Javier Sánchez
[Lunes, 26 de mayo de 2008]
Un escueto titular podría resumir así el resultado del partido: “Una derrota contundente: Pallarés 0, Murillo 3”. Y es que Miguel Pallarés perdió el juicio contra Gonzalo Murillo el mismo día en que interpuso su querella, porque se metió en un laberinto del que le va a ser muy difícil salir indemne y bien parado. El señor fiscal se las prometía muy felices cuando interpuso su querella, pero cometió un grave error de cálculo, porque, como el guincho, pretende volar tan alto que no pudo apreciar bien el tamaño de la pieza, y no sé si va a cobrarla, que eso está por ver, pero desde luego se le va a atragantar, porque Gonzalo Murillo es una pieza extremadamente correosa y de muy difícil digestión.
Como saben, el señor fiscal Miguel Pallarés interpuso una querella contra Gonzalo Murillo por la publicación de un artículo en La Voz de Lanzarote, en el que replicaba unas declaraciones de Francisco Carmona Garcés, encargado del Catastro de Arrecife, en cuyo contexto insinuaba que el hecho de que Miguel Pallarés fuera propietario de una vivienda en La Bufona, podría contribuir a explicar la tardanza en la tramitación del procedimiento penal en el que se investigan los presuntos delitos cometidos en dicha urbanización. Los detalles del asunto están contados en este ilustrativo artículo (“ Y a todas estas, ¿qué hacen los fiscales ?”).
Miguel Pallarés entendió que Gonzalo Murillo le estaba imputando la comisión de delitos, por lo que interpuso una querella por injurias y calumnias, que dio lugar al juicio oral celebrado en Arrecife el pasado 21 de mayo. Durante la celebración del juicio quedó en evidencia la distinta catadura de los contendientes, y en especial la capacidad de Miguel Pallarés para el histrionismo, para convertir lo negro en blanco, y para chapotear, de manera francamente obscena, en el pestilente charco en que se ha metido.
Lo que más me avergonzó, lo que me dejó al borde de la náusea, fue precisamente la "actuación" estelar de Miguel Pallarés durante el interrogatorio al que fue sometido. No sabe a quién le compró la casa, cree que fue a Brisa Inversiones, pero no se acuerda si fue Antonio Caro Andrade, Francisco Carmona o uno que pasaba por allí; no recuerda cuanto pagó exactamente, cree que veinte kilos, pero no se acuerda; y tampoco se acuerda de cuánto es la hipoteca; bueno, por no saber, no sabe cuantos metros mide su casa, cree que sesenta, setenta, ochenta o ciento uno, pero no lo sabe; o sea, que él entra por la puerta, cruza el recibidor, el pasillo que lleva a la cocina, el trastero, cacho de jardín, la piscina, una pérgola de madera, y en el recorrido da treinta o cuarenta pasos, pero, como él es de letras, no sabe cuantos metros son. Bueno, que coja la cinta métrica como hizo el SEPRONA, y se le van todas las dudas.
No sabe nada, absolutamente nada, de las diligencias penales de La Bufona; su casa está amenazada de demolición, y esto se ha aireado en la prensa durante años, pero él no se ha preocupado de informarse de si su casa se va a tirar al suelo o no. Y él vivía por allí, en una casa alquilada, y vio cómo se construían las casas, pero no como se precintaban, ni se ha enterado de que existe un expediente de la Agencia de Protección del Medio Urbano y Natural, en el que ya se ha ordenado la demolición de lo indebidamente construido sobre suelo rústico de protección de jable. Fue él, Pallarés, quien hizo la piscina (¿sí, una piscina en suelo rústico especialmente protegido, señor fiscal?), pero Brisa le vendió la casa ya amurallada (insinúa que fue Brisa quien realizó la apropiación ilegal de terrenos, o sea, todos contra todos), y con el hueco de la piscina ya excavado. Además de la piscina, lo único que ha hecho él es una pérgola de madera.
Sabrás que en el procedimiento penal de La Bufona, el famoso arquitecto Federico Echevarría ha dicho que él construyó las viviendas según la licencia, y que si se han hecho construcciones ilegales, las habrán hecho las personas a las que ellos vendieron. Obviamente, estas manifestaciones suponen imputarle a Miguel Pallarés, Astrid Pérez, Celestino Mendizábal (el notario) y todos los demás propietarios de viviendas, no solo una infracción urbanística muy grave, sino la comisión de un delito, porque en tal caso dichas obras ilegales se habrían hecho cuando ya se había ejecutado el precinto por el SEPRONA. Pero Miguel Pallarés no se ha querellado contra Echevarría, a pesar de que lo que dice es mucho más grave y realmente ofensivo que lo que dijo Murillo, además de ser manifiestamente falso, y de haberlo dicho en los mismísimos Juzgados.
Como representante de la Fiscalía en el juicio, intervino un joven y animoso fiscal, que vino de Las Palmas con el guión bien aprendido; como si alguien le hubiera dicho lo que tenía que decir, los folios que tenía que citar y los que no, el interrogatorio que tenía que hacer y las conclusiones que debía exponer, pero con un despiste monumental. ¡Pobre muchacho, qué papelón!. Es lo que tiene fiarse de los mentirosos y hacerles el juego, que acabas haciendo el ridículo más espantoso, y chapoteando en el mismo charco. Por momentos, sufrimos una especie de espejismo: parecía que el fiscal se había transformado en el abogado defensor de Pallarés, atendido el énfasis que ponía en el asunto. Teníamos entendido que los fiscales deben defender el principio de legalidad, y preocuparse, entre otras cuestiones, por la defensa de los derechos fundamentales de los ciudadanos, entre ellos las libertades de información y expresión, pero se conoce que estas indicaciones no estaban en el guión.
Entre el fiscal y su abogado (Francisco Torres Stinga, sí, el decano del Colegio de Abogados) metieron a Pallarés en un berenjenal, del que salió desarbolado, y en situación de absoluta debilidad cuando quedó sometido a las preguntas del abogado de Murillo. Y el abogado se lo comió: le preguntaba qué funciones contenía el cargo de Fiscal Coordinador (del que Pallarés siempre ha presumido, en público y en privado), y él contestaba que era una función casi decorativa, y que jamás se entrometía en los asuntos que llevan los fiscales “coordinados”. Y todo eso lo dijo delante del juez, de la secretaria judicial, y de dos fiscales de Arrecife que asistían atónitos al desarrollo del juicio, y no daban crédito a lo que estaban oyendo.
En resumen, penoso, patético, nauseabundo. Una completa pérdida de papeles, su imagen profesional absolutamente erosionada y deteriorada, el más absoluto descrédito para él y, de paso, para la institución a la que representa, que evidentemente no se merece las salpicaduras de este chapoteo.
Dos apuntes positivos: Murillo estuvo a la altura; para héroes, déjate de Superman, el Capitán Trueno o cualquier otro icono infantil. Los héroes normales son como Murillo: sólidos, berroqueños, correosos, no se arredran ante las dificultades. Murillo no tiene un diez, tiene un veinte. Y había también diez o quince ciudadanos de Arrecife, con unos carteles que decían "Todos somos Murillo", y que asistieron atónitos al espectáculo que describo. La asistencia de dos fiscales, y su directa percepción de la actuación estelar de Pallarés, y la presencia de estos vecinos, haciendo de notario de los acontecimientos, y de algunos periodistas, cumpliendo el viejo y noble papel de perro guardián, me hacen mantener la esperanza en el género humano. Si fuera por lo que vimos de Miguel Pallarés, moriría pronto de inanición, porque no podría parar de vomitar.
De ahí, el titular expresivo del resultado: Estatura ética: Pallarés 0, Murillo 1. Rigor, coherencia, solidez, honestidad, valentía: Pallarés 0, Murillo 2. Credibilidad: Pallarés 0, Murillo 3. Y, ya se sabe, hasta en la más elemental de las confrontaciones deportivas, Señoría, esa derrota es un resultado contundente.
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