
Tomás J. López
[Lunes, 19 de mayo de 2008]
Recuerdo que fue una de mis primeras conversaciones sorpresivas al llegar a estudiar a Madrid. Hojeaba el periódico a la hora del café, con otros compañeros. A un pibe, licenciado en Humanidades y estudiante de postgrado –que algo habrá leído el hombre para llegar ahí-, se le acababa de ocurrir por qué Canarias, y los canarios, apenas aparecíamos en los medios del Estado, al contrario que Cataluña, Euskadi, Andalucía o Galicia: “Es que claro, Canarias es muy pequeña”, dijo. “¿Pequeña?”, le pregunté. “Bueno sí, esta muy poco poblada”, reafirmó. “Somos más de dos millones de personas, casi como los vascos”, le contradije. “Ya, bueno, será porque es muy pobre, no tendrá mucho valor”. Mis ojos, los de un cherne. “Mal empleaítos años de carrera”, zanjé. Y lo dejamos.
Luego me fui acostumbrando a aquello de que la mayoría no distinguiera entre las islas; entre La Palma , Las Palmas y, si hace falta, Palma de Mallorca. O a que no tuviesen ni idea de cuál podía ser la capital del país; Tenerife, no obstante, es la entidad con más boletos, y estoy seguro de que ganaría si la cosa se decidiese mediante referéndum en estas Españas. Y es que al final uno terminaba por reconocer que lo de tener dos capitales, si no siete, nos tenía confusos incluso a nosotros.
De cualquier manera, la culpa no es suya. Efectivamente, apenas salimos. Alguna vez sí, incluso debajo de Baleares, pero sólo para plantarnos un sol y unas temperaturas de eterna primavera. Somos la Autonomía tranquila, la obediente, el país de la modorra, el archipiélago del sopor informativo de puertas afuera. Aparte del carnaval, algún episodio de corrupción y los cayucos, Canarias ni está, ni se le espera. Al menos hasta ahora. Hasta ahora, porque en los últimos tiempos observo con expectación cómo las islas aparecen, aunque sea tímidamente, en el panorama mediático español. Si la semana pasada era ABC el que le dedicaba una serie de artículos al debate del Estado Libre Asociado iniciado por el alcalde de Santa Cruz, Miguel Zerolo, este domingo ha sido EL PAÍS quien dedicaba un reportaje de dos páginas al cabecilla independentista Antonio Cubillo, en el que también se nombraba el asunto de la libre asociación, así como la soberanía.
¿Algo se mueve? No lo sé. Dicho en canario: “Deja ver”. La oportunidad no es mala. Si nos quitásemos los complejos, el aparecer en el mapa no estaría del todo mal. Al fin y al cabo España ha sido, en los últimos treinta años de postfranquismo, el estado del eterno debate territorial. La voz la han llevado casi siempre Euskadi y Cataluña, y Andalucía y Galicia se han ido sumando con el paso del tiempo ¿Y en Canarias? En Canarias hemos hecho un ejercicio de “corta-pega” que ríanse ustedes de los procesadores de texto. Hemos sido el testigo mudo del debate. En el momento actual, en esos mismos términos, Cataluña y Andalucía han iniciado la andadura de su nuevo Estatuto, sin dejar por ello de hacer surgir nuevas reivindicaciones. Mientras, las instituciones vascas han lanzado un órdago a España, y Galicia va por la senda del reformismo autonómico. Así las cosas, ¿qué problema hay en que Canarias debata su futuro estatus con respecto a España? ¿Por qué Canarias no puede, por una vez, colocarse a la vanguardia, pensar por sí misma y debatir, en vez de esperar, colocándose en la eterna retaguardia? Hechos objetivos no nos faltan: estamos donde estamos, somos como somos y nuestra historia y cultura es la que es. No somos Valladolid ni Toledo. Y no me hagan que explique por qué, que me enrollo, todavía más.
¿Qué nos impide entonces a los canarios hablar sin tapujos del futuro? Hablar de futuro, que no es hablar en abstracto: es puertos, aeropuertos, mar, pesca, prospecciones, relaciones con Europa, vínculos con África, colocarnos en el mundo...
Pero sí, impedimentos hay, y no son pocos. Los hay psicológicos, estructurales. Siempre he pensado lo mismo: lo único que nos falta a los canarios es creérnoslo. De nada sirve la lejanía, la insularidad, el hecho diferencial, la historia, la cultura, la identidad o que “de Tuineje a Berbería se vaya y venga en un día”. De nada sirven si la autoestima está por los suelos. Síndrome del colonizado, creo que le llaman.
Pero, ciertamente, también hay impedimentos políticos, que parecen coyunturales, y ojalá lo fueran. Aquí el nacionalismo lo representa un partido enquistado en sus propias ansias de poder, cuando no en la más abierta corrupción. El propio “ideólogo” del Estado Libre Asociado sueña por la noche con una pesadilla que se llama Teresitas. Es un nacionalismo barato, en declive, folclórico, caciquil, piche-cementero, rancio, pleitista, subvencionado y asustadizo. Y lo peor es que no tenemos otro. Sólo lo mantiene a flote, en el poder, los apoyos procedentes de sus socios, que son los del españolismo de derechas, colocados a veces en la carcunda más absoluta.
Además, siendo honestos, aquí quien gana ya no es el nacionalismo. Ni siquiera ese nacionalismo descafeinado de los últimos quince años. Aquí las elecciones las gana el Partido Sucursalista Canario-PSOE. Y esos sólo andan cuando Madrid les dice arre. Su líder, sin ir más lejos, esta esperando que sus amigos de allá le otorguen un puesto como portero en el Congreso. Ignora que hasta ese carguito se lo dieron a organizaciones socialistas serias, no a las filiales que apenas pintan. Los socialistas canarios pintan tan poco que el que es Mesías aquí, allá no sirve ni el café.
La pregunta inicial era: ¿Saldremos en el mapa? En canario se responde: “deja ver”. La pregunta final podría ser: ¿Quién lo hará? Es lógico que, viendo el panorama, los canarios digamos: “¿Estos? ¡Pues guárdame una cría!”.
[Condiciones de uso | | ]