
Antonio Lorenzo
[Lunes, 14 de abril de 2008]
Supongo que en todos los lugares ocurrirá lo mismo. En todos ellos habrán existido personas que son el libro viviente de su historia. Esas personas que, con más o menos carácter ilustre o científico, con más o menos sentido popular, conocen, cuentan o escriben, bien la historia importante o la otra historia no tan importante que hemos venido a denominar menuda, del ámbito en que se ha desarrollado su existencia. Esos hombres cuya pérdida irreparable se han llevado con su desaparición parte de las vivencias de la sociedad. Recuerdo, entre otros, a Don Eugenio Rijo, cuyo valioso archivo debe ser recuperado para que en el futuro no se pierda el pasado de nuestra isla, o Don Mariano López. Hace unos días, me dijo María de los Ángeles: “Siento darte una noticia que se te causará una gran tristeza. Se murió Don Emilio Sáenz”. Don Emilio fue, hasta hace muy pocos días, una de esas fuentes vivientes de la historia grande o menuda de nuestra isla; Don Emilio a quien había que recurrir cada vez que queríamos informarnos de cualquier acontecimiento desarrollado a lo largo de su dilatada vida; de sus noventa años. Aunque con cierta diferencia de edad, tengo el honor de ser su amigo, además de discípulo en esa materia que nos apasionaba a uno y a otro. Una conversación con Don Emilio, aunque durara horas, como diría el poeta de Las Doloras, eran relámpagos. Don Emilio, y permíteme el atrevimiento de llamarte amigo Emilio, gracias por todas esas cosas que me contaste y que están en mi mente y muchas ya en mis papeles y otras que lo estarán, para cumplir con mi responsabilidad en la conversación tu recuerdo.
[Condiciones de uso | | ]