M.J. Tabar
[Viernes, 23 de marzo de 2012]
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Seis y media de la tarde, en el Parque Islas Canarias. Mangas de blusa, pelo corto y boca apretada en un gesto fruncido que revela cierta impaciencia, mucha indignación y una mala leche muy andaluza. Tiene 60 años, nació en un pueblo del Sur peninsular, pero lleva dos tercios de su vida en Lanzarote. “Yo hago huelga por mis hijos y por mis nietos, no por mi. ¿Qué futuro les va a quedar con esta reforma? Ni trabajo, ni vida; nada. Eso es lo que les va a quedar”.
No es amiga de dejar nombres a la prensa, porque aborrece el afán de protagonismo, pero tampoco quiere que publiquemos sus iniciales, porque son un poco como de presunto delincuente. Tampoco vale el seudónimo. “¿Es más de escritor, no?”. Pues sí. No hay testimonio gráfico de nuestra protagonista, que fue una más entre los miles de manifestantes que salieron a la calle el jueves para reivindicar un sistema laboral digno.
El mes de marzo amaneció con 17.066 personas sin empleo en Lanzarote. La mayor parte de los parados trabajaban en el sector servicios y en hostelería, los dos motores principales de la economía insular. Esto implica el dato ya conocido: somos la isla con más paro, dentro de la comunidad autónoma con, a su vez, mayor índice de paro del país. Un record que nos pone en un 35% de población sin trabajo.
La señora con la que compartimos protesta, no lleva bandera, ni está afiliada a ningún sindicato. En un momento del discurso de una representante sindical, interrumpe en voz alta: “¿Qué no hay miedo? No… A ver. Pues claro que hay miedo a hacer huelga, y a llevar la contraria. ¡Si ahora te despiden y no les cuesta un duro!”, niega con la cabeza.
Hubo entre 4.000 y 7.000 manifestantes en la concentración convocada por los sindicatos en Lanzarote, pero hubo mucha más gente que no salió a la calle, que fue a trabajar y que decidió disfrutar de una tarde al sol en una terraza, junto a muchos turistas que no estaban informados del conflicto o que decidieron no tomaron parte. “Unos lo hacen para no tener problemas, otros para que no les descuenten el jornal diario y los que más, porque piensan que no sirve para nada”, dice nuestra señora.
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La presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, descartó los eufemismos y denunció que la huelga general del 29 de marzo fue política, y por tanto ilegal. Quizás sea la primera vez que un gobierno descalifica el derecho y la practica de la huelga, un instrumento que mide el sentir social, y que capacita a los ciudadanos para expresar en voz alta y en el espacio público su disconformidad con un acuerdo, gestión o política laboral.
“Si hiciésemos cuatro huelgas al mes como en Francia cuando quisieron retrasar la edad de jubilación, otro gallo nos cantaría”, añade otro manifestante que viene de debatir con un amigo la conveniencia o no de la reforma laboral.
- Mira... ¿Pero tú no crees que ahora se harán más contratos a media jornada, y que así habrá más trabajo y estará más repartido?
- No. Yo sólo sé que ahora se trabaja y se calla más. Y que si hay más trabajo será para poco rato y para cobrar cuatro duros.
La señora se mantiene en silencio, ciertamente tensa. No le gusta que le tomen por vaga, tonta o maleante. De saberse seguida por la masa, franquearía sin duda la barrera policial que advierte corporalmente que la marcha no tiene autorización para continuar por la Avenida y llegar hasta el Cabildo de Lanzarote, máxima institución insular. Tiene poco miedo. Dice que es una de las ventajas de la edad: que te quita el miedo a base de leñazos.
Alguno de los discursos sindicales son aplaudidos por la generalidad y criticados en algunos petit comités por desprender cierto olor a naftalina, por recordar a la Batalla de Verdún, al asedio de Madrid, a Gandalf controlando el genio del balrog en el puente de Khazad-dûm. Todo muy épico, muy histórico, muy anacrónico. Muy en sintonía con los argumentos de Joan Rosell, presidente de la patronal CEOE, que insiste en que la huelga es un instrumento del siglo XIX y no del XXI; a pesar de que es un derecho contemplado en la Constitución y ejercido en muchos países europeos, referentes de modernidad y desarrollo.
Lanzarote tiene un largo currículo de manifestaciones. Como cualquier otra población española. En 1903, los carpinteros de ribera se echaron a la calle junto a algunos marineros para pedir sus sueldos, que habían dejado de percibir. En los años 30 fueron los empleados de obras públicas y de nuevo los empleados de la mar, que exigían garbanzos, lentejas y judías en sus tres comidas diarias, en vez de las tres raciones de gofio que recibían hasta entonces. En 1964, los carreros de agua, para salvar sus empleos, fueron a la huelga ante la inminente puesta en marcha de la primera desaladora de los hermanos Rijo en Punta Grande.
No parece que estemos ante una reforma laboral que obedezca a la introducción de un elemento renovador en el sistema laboral, o al agotamiento de un modelo. Más bien parece responder a una exigencia europea de cumplir cifras de déficit, y que pasa sin remedio por la receta tan cacareada del apretarse el cinturón. Por el castigo correspondiente a haber gastado sin tener, a haber pedido sin poder devolver. El sistema es finito. Se han descubierto sus agujeros. Pero sólo la base social va a encargarse de taparlos.
Los líderes de Comisiones Obreras y de la Unión General de Trabajadores señalaron al sistema financiero como el principal responsable del descalabro económico europeo. Nuestra señora sólo sabe que el banco no perdona, ni condona. Que las otrora facilidades para el crédito son ahora puertas cerradas a cal y canto. Bancas que no se responsabilizan de nada. Políticos que lo achacan al sistema. Palabras invisibles, juegos de retórica.
Lanzarote, la isla con una de las cestas de la compra más caras de España. Lanzarote sobrexplotada, ejemplo de la burbuja inmobiliaria primero fomentada, luego censurada. Lanzarote, mina de recursos fósiles del Estado. Lanzarote chica. La señora dice que tiene prisa y que se va a casa. Nos desea suerte y pide que no le saquemos una foto de espaldas. Mira mal a una conocida que bebe un café en un bar, y continúa su camino, mordisqueando quizás lo que acaba de decirnos: que si queremos vivir con dignidad tendremos que pelearla, no como hasta ahora.
redaccion@diariodelanzarote.com
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