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La democracia de las sirenas

 

M.J. Tabar

[Viernes, 23 de diciembre de 2011]

 

 

 

Flotar es un goce al alcance de todo el que puede olvidarse de sí mismo y confiar en el principio de Arquímedes. La pintora Nuria Meseguer (Las Palmas, 1973), tenía 12 años cuando aprendió a nadar. “Volví a nacer; fue como descubrir el Edén”. Desde entonces, se vacía en el mar, y se llena de él. “El mar enmarca las emociones comunes al ser humano”. Más guapos o más sapos, debajo del agua se difuminan las diferencias.

Una copia del Pato Donald fue la primera obra que Nuria Meseguer colocó en el mercado del arte. Estaba en el colegio, y ya era de sobra conocida su habilidad con los lápices. Con el sueldito se compró un flash de coca cola, y aún se arrepiente un poco de la transacción.

“Dicen en mi familia que siempre estaba con un pincel o un lápiz en la mano, y que cuando alguien venía de visita le pintaba flamencas con lunares de regalo”, cuenta la creadora grancanaria. Antes de hacer souvenirs, cuando tenía 4 ó 5 años, posaba para los ejercicios de Bellas Artes de su padre. Siempre ha jugado en talleres, rodeada de colores, manchas pastosas y procesos extraordinarios como la acuarela, una técnica que tiene mucho de descontrol, de dejar hacer a las gotas que buscan su camino. Ahí es dónde mejor se mueve. En la luz, en lo indómito.

“Ver cómo el agua pigmentada se mueve a su antojo me hipnotiza; es como cuando se observa el fuego...”, dice. Y se comprende muy bien cuando uno es testigo de cómo trabaja el fondo de un mural. Extiende el lienzo sobre el suelo, y emprende las aguadas con brío, con música, siempre con espontaneidad. “Al agua no se le puede controlar. Empecé dirigiéndola, pero es inútil… Y prefiero que sea así. Ella es más sabia que yo”.

La Ermita de San Antonio, en Tías, albergará hasta el 7 de enero una de sus últimas producciones: El escondite de las sirenas, un viaje por los fondos marinos de nuestras mentes y de nuestros mares. “Todos tenemos un mundo al que nadie puede acceder, a veces incluso ni siquiera nosotros mismos. Ese secreto profundo donde sentimos lo que nos llena, lo que nos hunde o nos maravilla; y que nadie puede descifrar”. Todos nos sumergimos diariamente en emociones.

Su proceso creativo comienza con una cámara de fotos bajo el agua. Antes, con una de usar y tirar. Luego, con una Olympus Camedia 7070, ahora con una Go-Pro. Como se sumerge a pulmón, el tiempo para tirar la foto es limitado, pero no importa, porque sólo es una referencia. Luego, la imprime en el clásico formato de álbum (10x15 centímetros), la copia a carboncillo, “dibujando a ojo”, y la pinta al óleo.

No le interesa el hiperrealismo. Aunque el trabajo de artistas contemporáneos como Antonio López (Tomelloso, 1936) le parece fascinante. Ella es mucho más impulsiva, más practicante del impresionismo, una perseguidora de la luz, y de los momentos que construye en el agua: burbujas concéntricas, enracimadas en los labios de un bañista; el mar despeinado por las ondas que genera un cuerpo, fondos que titilan como si la arena estuviera cuajada de estrellas; piernas que se mecen, tranquilas, como si estuviesen recordando la antigua postura en el líquido amniótico, arrebujadas en el agua templada del verano atlántico.

“Hay días que no se olvida la luz; los rayos perdiéndose en el infinito bajo los pies... La sesión que más recuerdo es en Tenerife, con un banco inmenso de bicudas pasando entre los cabos de las barcas en un muelle pequeñito. No había personas, las fotos salieron borrosas, pero se me quedó dentro”. Esa fue la imagen que usó para Las Tres Gracias, y que pudimos ver en su primera exposición individual en Lanzarote.

Los fondos, y los momentos acuáticos que ha vivido en Lanzarote le resultan “fascinantes” y desde hace algún tiempo investiga con las aguas cristalinas y turquesas de La Graciosa. Boceta, prueba, “a ver que va saliendo...”.

Su obra, que ha viajado a Ibiza, Bélgica, el Sáhara Occidental, París y Barcelona, es el resultado importante de un proceso de creación todavía más fundamental, en el que Meseguer es más Meseguer que nunca, quizás porque desaparece. “Es un momento íntimo, sólo mío. Sólo contigo, sin ningún corsé social, ni educación aprendida; en estado salvaje”. Ocurre en su taller de paredes blancas y materiales diseminados por el suelo. Es un momento redondo. Aunque no le satisfaga el resultado.

Al hilo de una entrevista que realizó la periodista Bebi Pérez de Luis, seguimos preguntándole; esta vez por horizontes futuros. Y no tiene ni idea de hacia donde le llevará la vida y el arte. Tiene esculturas e instalaciones bocetadas: “Ojalá disponga de medios para realizarlas algún día. Quizás acabe siendo abstracta... quién sabe”.

Además de un viaje emocional, su obra transmite un mensaje medioambientalista: que el ser humano se relacione en igualdad de condiciones con la naturaleza. Para que se logre el respeto y el equilibrio. Como grandes autores que también trabajan con el ambiente natural como Friedrich, Hokusai, Rothko o Klein. Cita también algunos más actuales como Gordienko, Gregory Colbert, Jason Taylor o Shibnath Basu.

Si Camboya es “verde musgo y gris”; Italia “marrón chocolate”; la cantante Billie Holiday es “azul”; la gran Nina Simone “rojo sangre y negro”, y el poeta Antoine Artaud “blanco, rojo, negro”. La luz y la teoría del color nos rodean y nos influyen de una forma tenue pero constante; y hablar con esta autora es reparar en ello. Las calles, la gente que configuramos este Archipiélago somos de una textura rugosa, muy fuerte, de todos los colores.

A Nuria le rebata el verano, porque es la estación donde más libres estamos de vestiduras y zapatos, la luz de las hogueras y “las estrellas y sombras arrojadas de la luna”. Y ya queda lejos aquel fatídico día en las Canteras, cuando las mareas del Pino la mandaron aterrizar a los pies de una papelera. “El cielo y la tierra dejaron de estar arriba y abajo, y se fundieron en blanco”. Desde entonces, tiene recelo de las olas. “Ese miedo a ahogarme me queda”. Las clases de natación y algún que otro instante humillante en su pubertad le regalaron por fin la capacidad de flotar. Y con un tubo y unas gafas es feliz.

En octubre de 2010 se celebró en El Tablero (Tenerife), un Festival Rural de Creación. Nuria Meseguer participó con el proyecto mural La ciudad invisible. Su intervención consistió en un trampantojo operado sobre las fachadas de varias viviendas, que se llenaron de nubes, cielos, y horizontes naturales. Un bálsamo contra “la construcción masiva que sufre Canarias desde el boom turístico de los 60”; un intento de rescatar horizontes reales, y huir de la cementación. ¿Haría algo parecido en Lanzarote, en Arrecife? Lo tiene claro: “Siempre haría cielos, porque se han perdido los horizontes. Ahora somos miopes; no hay infinitos hacia donde fijar la vista, donde reconocer lo insignificantes que somos. Los horizontes nos dan un sentido de realidad, una escala necesaria para ser humildes como especie”.

 

El escondite de las sirenas puede visitarse de lunes a viernes, de 17.00 a 20.00; y los sábados, de 10.00 a 14.00. Disfrútenlo.

 

 

 

redaccion@diariodelanzarote.com

 

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