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Saúl García

 

 

 

 

 

 

EL PASEO

 

Agustín Pallarés: autodidacta, torrero de Alegranza, guía turístico y estudioso de la toponimia de Lanzarote

 

Saúl García

[Martes, 17 de enero de 2012]

 

 

Agustín Pallarés (La Oliva, 1928) nació en el Faro de Tostón, en Fuerteventura. Su padre, natural de Almería y criado en Algeciras, era torrero, como lo fue él después. También era militante del Partido Socialista y por eso pasó once meses en los campos de concentración de Gando y La Isleta en 1936, hasta que la amistad con el ingeniero jefe de la Jefatura de Obras Públicas facilitó que lo soltaran y lo enviaran al Faro de Alegranza. Lo que se consideró un castigo o un destierro fue para la familia una bendición.

“Lo pasé maravillosamente bien, fueron los años más felices de mi vida y de la de mis hermanos”, dice Agustín. Por entonces eran cuatro hermanos y convivieron siete años en aquella isla con la familia del otro torrero, con el medianero de lo dueños del islote (que sembraba cebada y tenía cien cabras) y con ocho mil parejas de pardelas y el resto de la flora y la fauna del lugar: un vergel, según Pallarés, que se conoce la Isla como la palma de su mano y destaca la caldera (la más grande de Canarias con 1,3 kilómetros de diámetro) como el lugar más espectacular.

En los años treinta y cuarenta por Alegranza pasaban tan sólo algunos pescadores de La Graciosa y el velero 'El Bartolo', que salía de Las Palmas cada 15 días para surtir a los faros de Lanzarote, Gran Canaria y Fuerteventura, cuando el tiempo lo permitía. Pallarés recuerda las condiciones extremas del tiempo, a los frailecillos medio muertos, fatigados por el temporal, por el fuerte viento, pero también recuerda la generosidad de la Isla, que ofrecía pescado fresco en abundancia.

El sistema de alumbrado del faro era muy sencillo y daba poco trabajo, algo ideal para su padre, que era un hombre muy dado a la lectura. En el faro tenía libros de consulta, diccionarios, enciclopedias, novelas de aventuras y los Episodios Nacionales de Galdós, entre otros. Enseñó a leer a sus hijos y les transmitió el gusto por las letras. Agustín, que en toda su vida sólo fue una semana a la escuela (en Telde, con seis años), se empleó a fondo. Se inició con los cuentos y pasó a leerse las obras completas de Julio Verne.

Por sus lecturas y su observación también aprendió mucho sobre las aves del lugar y por su inquietud y su curiosidad aprendió inglés y francés a base de libros y de escuchar la radio. El detonante para aprender idiomas fue el hallazgo, junto con su hermano, de un mensaje escrito en francés dentro de una botella que hallaron costeando (que consistía en recorrer la costa para ver qué había arrojado el mar).

Tras siete años en Alegranza la familia se traslada a Pechiguera, donde les fue fatal, según dice, porque era una época de mucha necesidad y no había la abundancia de Alegranza. Allí murió su padre y se trasladaron a Arrecife. Pallarés, ya adolescente, estuvo trabajando como pasante con el abogado Emilio Sáenz, pero no le gustaba, como tampoco le gustaba el trabajo de comisionista, que desempeñó durante un tiempo.

Así que decidió estudiar para sacar la plaza de torrero, por dos razones: porque le gustaba (y ansiaba volver a Alegranza) “y porque no tenía disponibilidad para estudiar una carrera de más categoría”. Se preparó el examen en Madrid, aprobó y, aunque Alegranza no fue su primer destino, en cuanto pudo permutó el faro con el que entonces estaba allí destinado, y se mantuvo como el torrero de Alegranza hasta su jubilación en los años noventa.

Sin embargo no vivió todo ese tiempo en Alegranza. Había dos torreros, y cada uno trabajaba cuatro meses y descansaba otros cuatro. De aquel tiempo guarda una espina clavada con el escritor Ignacio Aldeoca, que lo visitó en el faro y lo describió después (sin citar su nombre) en su novela 'Parte de una historia' como un hombre bebedor y codicioso. “Se portó cochinamente”, dice Pallarés, que cree que “un señor que tiene capacidad literaria no tiene por qué valerse de esos trucos”.

El caso es que Pallarés, en aquella época, gozaba de mucho tiempo libre, y lo aprovechó. Don Casto, o 'Castito', como era conocido, era un hombre que tenía un taxi y trabajaba para una agencia de viajes (miembro de la Agencia de Informacion y Organizacion del Turismo), al enterarse de que Pallarés dominaba el inglés y el francés, le ofreció hacer de guía turístico.

Su primer trabajo fue en 1960, cuando la industria turística ni se atisbaba aún. Enseñó la Isla a una pareja de norteamericanos y a esos les siguieron grupos de franceses e ingleses, a quienes mostraba las Montañas del Fuego o la Cueva de Doña Juana, en Fariones. Trabajó como guía hasta 1997 y su labor fue reconocida tanto por el Cabildo de Lanzarote como por el Gobierno de Canarias.

Fue él también quien se encargó de enseñar la Isla a María Callas y a Onassis cuando pasaron un día en Lanzarote en los años sesenta. Esa fue la primera vez que Pallarés vio una Polaroid, que traía el millonario griego. También le llamaron para acompañar a Hussein de Jordania, pero se negó porque temía un atentado, y llevó en varias ocasiones a turistas a casa de César Manrique, de quien dice que era muy buen persona, y que recibía a sus visitantes en una especie de “bata medio translúcida”.

De la ocupación de guía nació otra de sus grandes aficiones: la toponimia y la historia. Se dio cuenta de que tenía que conocer bien la Isla y su historia para poder contarla y se dedicó a recopilar los nombres de las montañas, los barrancos y otros lugares preguntando a los viejos del lugar.

El Ejército español le llamó en los años 80 para que colaborara en la elaboración de los mapas poniendo esos nombres al día. Dice que es la única persona que ha subido hasta la cima de todas y cada una de las montañas de Lanzarote.

Para empaparse de la historia comenzó a leer a todos los cronistas de Lanzarote y de Canarias, lo que le dio pie a investigar y después a escribir. Hace años formuló la teoría, controvertida, de que los antiguos pobladores de Canarias fueron traídos como esclavos por los romanos y dice que ahora parece que le están dando la razón.

En los últimos años son numerosísimos sus escritos sobre distintos aspectos de la Historia de la Isla, que ha publicado en revistas o en las jornadas de estudios de Lanzarote y Fuerteventura. Es miembro de la Academia de Ciencias e Ingenierías de Lanzarote.

Está esperando desde hace años a que el Cabildo le publique un diccionario de topónimos, y el año pasado creó un blog en el que va volcando todos sus escritos para que tengan la mayor difusión posible. Piensa escribir próximamente sobre las pardelas y sobre su experiencia en Alegranza. “No dejo de comprender que soy un simple autodidacta y la gente inteligente sabrá valorar si está bien o no”, dice de su obra.

 

 

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