
Juan Pérez Parrilla
Ilustración de Agustín Cabrera
[Jueves, 19 de junio de 2008]
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Buscaban el 13, tecleaban el 46, pulsaban el botón rojo, se abría la puerta y empezaba el calvario. Nunca cogían el ascensor, subían lentamente los escalones, retardando unos instantes el encuentro.
Buena gente que venía a visitar al amigo enfermo: Saludos, bromas, sonrisas y aquellos ojos, sabios, profundos; cada vez más grandes, cada vez más dulces. Chistes, cuentos, recuerdos y ningún plan de futuro. Una hora, hora y media, quizás, apretones de mano y hasta la próxima, Félix. Hasta pronto, Elena.
Y bajaban los valientes mosqueteros con el ánimo encogido, un húmedo estupor en la mirada y una ira guerrera que les quemaba el alma.[1]
Arrecife, septiembre de 1996
Notas:
[1] Cuando todo se iba al traste, Zorba, curaba sus neuras bailando y el gigante de Torotumbo, escribiendo. Salvando las distancias, y aunque el valor de Félix me maravilló, incapaz de escribir una elegía o un panegírico en su honor, me he limitado a estar con él, distrayéndome y aliviando de paso, si no, mi neuras, sí, tanta bilis acumulada. Espero que sepan perdonarme.
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