13, 46, BOTÓN ROJO

 

Don Trípode

 

Juan Pérez Parrilla

Ilustración de Agustín Cabrera
[Lunes, 2 de junio de 2008]

 

 

 

 

 

 

De la quinta de Pepito el Incordio, aquel que con tanta mala intención le adjudicó los títulos de Marqués del Lomo y Barón de Trípode, un ataque de polio cuando apenas tenía once meses de edad, le cambió su más que probable destino; la Costa de África. Nacido en una de las calles del Lomo que van a desembocar al Charco e hijo único de un joven matrimonio, marinero él y ella sus labores, su cojera, buena letra y mejor disposición para el estudio, hicieron que don Juan, un viejo maestro apartado del magisterio oficial por sus ideas republicanas, le cogiera bajo su protección y con su ayuda, a los quince años entró a trabajar, como meritorio, en el... de Arrecife.

Como dijo seña Antonia a su comadre, un día que pasó junto a ellas: <<Parece un caballerito, hay gente que sin cuna resultan aparentes y se buscan el avío>>. En sus cuarenta y cinco años de vida laboral llegó a jefe de negociado, granjeándose el aprecio no sólo de sus compañeros de trabajo sino también, por su exquisito trato, el de todos sus conciudadanos que a lo largo de tantos años, en un momento u otro, tuvieron que tratar con él.

Toda su vida fue un ejercicio de disciplina y tesón. En una sociedad, no digamos cosmopolita, pero sí un tanto abierta a influencias externas, hospitalaria y de brazos extendidos al foráneo y no obstante, dura y cerrada al progreso de sus propias capas inferiores, supo abrirse camino paso a paso sin ser minimamente humillado y siempre respetado. Tanto es así que llegó a ser invitado formalmente por unos amigos que le servirían de valedores, a presentar su solicitud como socio de número en el Casino de Arrecife. Bien es verdad que en los años sesenta, con el comienzo de la eclosión turística, una nueva clase social, con bríos y dinero comenzó a imponer su ley; viéndose obligados los dirigentes del Casino Club Náutico a ceder un mucho en sus exigencias de pureza de sangre para sus socios. Años atrás, un pintoresco armador ya había profetizado el cambio: <<Con cuatro moros notables y media docena de toninas paseándose por sus salones, este barco no llega a puerto>>.

En lo personal y familiar las cosas le rodaron bastante peor. Sus padres murieron muy jóvenes y durante la epidemia de tuberculosis que azotó la isla después de la Guerra hasta principio de los años cincuenta, perdió al primero de sus dos grandes amores; Isabelita Díaz. Siete u ocho años más joven que él, rubita, graciosa y siempre alegre, era su más viva antítesis; serio, reflexivo y circunspecto. Sin embargo, la enfermedad de la novia trastocó su equilibrada personalidad, convirtiéndole en una figura irreal, literaria y patética. Cuando llegaron las primeras hemoptisis como mensajeras inequívocas de la gravedad del mal, don Inocencio, ciego a la realidad, continuó con los arreglos de la casa donde pensaban vivir después de casados; se quitó la barba y hasta intentó caminar sin bastón. Isabelita, lúcida, agradeció el detalle y comprendiendo su desesperación le siguió la corriente, y, a sabiendas de que nunca llegaría, continuó con él haciendo planes para el futuro.

Agnóstico convencido, ofreció promesas a la Virgen María y a todos los santos del Cielo, llegando incluso a confesarse con don Juan el cura, arrepintiéndose sinceramente de su anticlericalismo e irreverencias anteriores. Finalmente, cuando después de una penosa agonía, murió Isabelita, recobró el aplomo, y su propia entereza le maravilló. Indagando dentro de sí, llegó a la conclusión de que a pesar del amor que sentía por Isabelita, salido de lo más recóndito de su mente, un impulso vital, liberador, como un demonio tentador, le decía a su conciencia; ya está bien, ya sufriste lo tuyo, ahora a vivir. Se dejó llevar y disfrutó de una paz y un alivio a su dolor difíciles de comprender. Con la vaga sensación de haber hecho el ridículo, volvió a su viejo agnosticismo, se dejó la barba, retornó al trabajo y sin sentir remordimiento o alegría por ser como era, se enfrentó a la vida. Muchos años después, al rememorar aquellos momentos, los rasgos del rostros de Isabelita confundíanse en su mente con los de doña Ana, sólo sus ojos, con aquella última mirada que nunca comprendió, se veían nítidamente en su recuerdo; sin dolor, sin pena, con una mirada hacia dentro, llena tan sólo de una inconmensurable sorpresa.

De vuelta ya de muchas cosas y en plena madurez, conoció a don Paco. La amistad prosperó y poco tiempo después le fue presentada doña Ana, su compañera; ambos madrileños, profesora de piano doña Ana y catedrático de literatura de la Complutense don Paco. Expedientado este último por sus ideas políticas y mal visto además, por vivir en público concubinato con doña Ana, esposa de un coronel de infantería, el Ministerio de Educación se quitó el problema de encima, destinándole sin más explicaciones a la Universidad de La laguna.

La humedad y el frío laguneros sentaron muy mal a doña Ana, viéndose obligado don Paco a pedir excedencia, y al serle denegada, abandonó la cátedra y es así que en el año setenta y cuatro recaló la pareja en Arrecife en busca de un clima más seco, hospedándose de un modo provisional en el Arrecife Gran Hotel. Al poco tiempo se mudaron a un apartamento contiguo al de don Inocencio, en la calle R. González Negrín. Allí vivieron casi dos años, estrechándose la amistad entre ellos y su nuevo amigo. Don Inocencio como no podía ser menos, después de tantos años de soledad, se enamoró profundamente de doña Ana, y nació entre ellos un peculiar triángulo amoroso, solo posible, quizás, cuando ya la vejez entreabre sus puertas y el sexo comienza a ser literatura. Los tres se querían y los tres se respetaban. Doña Ana lo supo enseguida, don Paco también y don Inocencio sabía que ellos sabían y curiosamente esta certidumbre los unió más si cabe. Unas veces hacia el Reducto, otras por el Muelle Comercial y las más hasta Puerto Naos, gustaban de pasear por las tardes tanto en invierno como en verano. Doña Ana delante, mirándolo todo con curiosidad y los caballeros detrás conversando animadamente. Doña Ana a pesa de sus años aun lucía esplendorosa, sobre todo en verano, con sus vestidos de gasa, tez bronceada y rubia cabellera. Nada indiferente, con la sencillez que da la verdadera clase, con leve gesto y abierta sonrisa, saludaba a las señoras, y a los señores los miraba de frente, sin titubeos, esperando sus saludos. Sus dos enamorados en cuanto a prestancia no le iban a la zaga. Altos, bien barbados y pulcramente vestidos, ambos con guayaberas de hilo en verano y trajes de paño en invierno; a pelo don Inocencio y con chapela don Paco, parecían lo que en realidad eran, dos distinguidos caballeros. La cojera de don Inocencio, de pata tiesa, según seña Antonia, no desmerecía en nada su digno porte, es más, manejaba el bastón con tanta elegancia y soltura que ganaba en distinción con su uso.

Muerto el Dictador, con el primer gobierno democrático, la situación académica de don Paco fue revisada y pudo recobrar su antigua cátedra en la Complutense. Casi dos años pasó la pareja en Madrid y en el año setenta y nueve, ya jubilado don Paco, retornaron ambos a la isla.

Durante ese periodo don Inocencio que también se había jubilado por entonces, lo pasó fatal. No sólo por la ausencia de la pareja sino además por todo el tiempo libre de que disponía. Retornó a su antigua tertulia en la Sociedad Democracia, pero ya nada fue igual. De sus amigos de siempre, alguno había muerto, otros ya no asistían a la tertulia y los que quedaban; engorrados los unos en sus partidas de cartas y los otros que le recibieron con cierta reticencia y algunas puyitas por su relación con los madrileños, le molestaron profundamente. En especial el ya mencionado Pepito el Incordio, que casó con María Bis; María por la Virgen y María por lo facilona.

Esperando las llamadas de doña Ana como agua de mayo, dejó de asistir a la tertulia, se dedicó a la lectura, a dar algún que otro paseo en solitario y por consejo de don Paco, siguió con sus trabajos de archivo para concluir un callejero de Arrecife, en el cual trabajaba desde hacía bastante tiempo. A Dios gracias, cuando terminó el callejero con la calle El Campo Santo, hoy Canalejas y mañana Dios sabrá, sus amigos le comunicaron su inminente regreso.

Poco duró su felicidad, pues al verano siguiente mientras hablaba por teléfono, murió don Paco de un cabreo, a juicio de una eminencia médica que estuvo unos años por aquí.

Durante el sepelio, don Inocencio se mantuvo discretamente al margen y fue doña Ana quien recibió a los familiares y amigos de don Paco e impuso su criterio, de dejarlo en Arrecife, en contra del deseo de los herederos del difunto, que pretendían trasladar sus restos a Madrid. Y así, don Paco, descansa en la humilde tierra de San Román, con sus pies al naciente, recibiendo el calor del Sol durante todo el día, a mano izquierda según se entra en el campo santo.

Al mes o cosa así, retornó doña Ana de Madrid a donde había ido a solucionar unos asuntos relacionados con la muerte de don Paco. Desde ese momento y durante los años que vivieron juntos, don Inocencio pasó los mejores años de su vida. Doña Ana cogió el timón y aquella nave no paró; tres viajes al extranjero, excursiones a La Graciosa, Fuerteventura y allí donde hubiera una feria, una romería, allí estaba nuestra pareja dispuesta a pasarlo bien.

Durante el carnaval del ochenta y siete, doña Ana, de dama antigua y don Inocencio de espadachín, con una espada amañada que le servía de bastón, perdieron pie al bajar la escalinata de la Sociedad Democracia, con tan mala fortuna que doña Ana se fracturó la cadera. Tres meses de inmovilidad le costó el percance a doña Ana. Educada, simpática, pero un tanto dominante, por una vez en la vida le encontró gusto al sentirse desvalida y mimada por su hombre, que diría seña Antonia. Nunca rieron más y mejor que el día en que doña Ana, cariñosa, mimosona y un tanto animada por el brillo de los ojitos de don Inocencio, intentó montar un número bastante complicado, dado su estado y el mermado equilibrio de su compañero, en cuyos prolegómenos nuestro héroe se fue redondo al piso y a pique estuvo de romperse la pierna buena.

Al final de esos tres meses, don Inocencio que desde niño luchó duro y como buen funcionario, de aquellos que parecían ministros y todo lo sabían, había disfrutado con su trabajo, comenzó a sentirse un tanto inútil y desasosegado. Feliz durante aquellos últimos años, sentía la necesidad de dar algo a cambio por tanto bien recibido. Doña Ana lo entendió y con sesenta años ella y setenta y tres su compañero, dieron tal giro a sus vidas y lucharon con tanta intensidad e ilusión que más que dos ancianos respetables, parecían dos jóvenes toreros, dispuestos a triunfar aunque el toro se los llevara por delante.

Después de algún tiempo de estudiar en profundidad algunos artículos de la Constitución y de curiosas investigaciones, comenzaron a meter datos en el ordenador del difunto don Paco y decidieron dar el primer paso. Paso que apareció publicado en las secciones de anuncios por palabras de un diario local y dos provinciales:

“A quienes pueda interesar: Somos una pareja de jubilados con más años de los que quisiéramos y que a pesar de ello, consideramos que aún no estamos para tirar al cajón de las tachas. Por ello y en base a que vivimos en libertad, y que dada nuestra edad y estatus, podemos ser más objetivos y libres a la hora de enjuiciar la realidad social del país, y que además, el poco futuro que nos queda lo queremos gastar en pro de nuestros paisanos, hemos decidido crear una oficina de información al ciudadano, o cosa así, en especial para ayudar a nuestro propio colectivo con informaciones fiables, evitando así, en la medida de nuestras fuerzas, ser presas fáciles de gentes de mal vivir, de la publicidad engañosa y políticos que ofrecen el paraíso y dan, no ya pena, sino ganas de reír. Dada la magnitud de la empresa, necesitamos ayuda. Anímese usted. Sabemos que no somos jóvenes pero somos muchos. Interesados llamar al... o escribir a... de Arrecife”.

El mismo día que se publicó el mensaje, comenzaron a recibir llamadas telefónicas y a la semana más o menos, llegaron las primeras cartas. He aquí la contestación que con ligeras variantes dieron a todas ellas:

<<Muy señor nuestro: En respuesta a su atenta del quince de los corrientes, le diremos en primer lugar que sentimos de verdad que esté usted solo y con tan mala salud. Esperamos que al recibo de esta, esté usted mejor y que con ella sus dudas queden disipadas y nos preste su apoyo que de verdad necesitamos.

Esto no va de coña ni mucho menos. Bástele saber que publicar el anuncio que usted leyó nos costó tres mil duros por tres días y que nos tomaran por locos. La idea básica del asunto no es defender a nadie, para eso están los tribunales y demás instituciones de protección al ciudadano; más bien todo lo contrario, es decir, evitar el ser defendidos por todo el jaleo que ello conlleva y lo pobre de sus resultados. Verbigracia: Hay cuatro ópticas en su pueblo. Con la receta del oculista va usted a una de ellas, le dan a elegir unas monturas y le dicen que dentro de unos días vaya usted por sus gafas; va usted por ellas y a la hora de pagar se queda medio ciego por la impresión. Supera el trance y con ellas puestas sale afuera, y si al mirar al frente, se ve usted la nariz, los pies o una vecina que está tendiendo ropa en el balcón de un quinto piso, algo está mal en sus anteojos. Vuelta a la óptica; que por qué no lo dijo antes, que si están bien según la receta del oculista etc., etc. Vuelta al oculista, retorno a la óptica; que espere usted unos días pues tienen mucho trabajo. En fin, un jaleo y usted temiendo por su dinero. Todo esto lo pudo evitar usted de haber sabido que del as cuatro ópticas, una trabaja bien y no cobra caro.

Nuestra avanzada edad es una desgracia pero a veces ayuda a conseguir cosas. A un niño melindroso se le dan unos cachetes y en paz, pero un anciano malcriado, un tanto ido o con las llaves de la caja, es otra cosa más incordiante y difícil de tratar. Aprovechemos pues, las prerrogativas de ser viejos, el hipócrita respeto que nos tienen y hagamos nuestra guerra. Usted conoce, pongamos por caso, a un concejal que ya de niño le robaba las peras del huerto y que con docientas mil pesetas de sueldo, siete hijos, esposa y una querida de ciudad, que son las más caras, se ha comprado un chalet en la montaña, un apartamento en la playa y dos coches de gran cilindrada, en sus siete años de servicio al municipio. La cosa está clara, pero esa evidencia no servirá de nada pues esos individuos son especialistas en meter la mano y disimular silbando, y están protegidos, además, por una serie de cómplices de menor entidad, fieles seguidores de la equitativa máxima política; si tú te llevas a mí me das. Así pues, la única salida que nos queda para terminar con estos malos administradores de lo nuestro, es la denuncia pública y con ella restarle votos. Estas denuncias hay que hacerlas siempre a través de la palabra impresa; octavillas, folletos o prensa escrita, por aquello de que las palabras se las lleva el viento y lo escrito, escrito queda. Nunca afirmando, la prepotencia está mal vista en los jubilados; finalmente y dando la impresión de que conocemos al o los individuos en sospecha desde muy atrás. Por ejemplo así; el señor concejal de urbanismo del excelentísimo ayuntamiento de..., Antonillo el de Ceferina, debe ser un ladrón, pues...

Las consecuencias de un acto así no deben preocuparle. Puede darse el caso que el tal Antonillo esté tan pagado de sí, que le demande por desacato, demanda que no prosperará por razones obvias; ni tiene patente de corso por ser concejal ni autoridad sobre los ciudadanos honrados como usted, que lo es. Lo normal sería el que lo demandara por difamación, en cuyo caso tampoco debe preocuparse, dada su edad y lo lento de la justicia en este país. Pero, por sí las moscas, no firme usted nada ni haga ninguna declaración en el hospital. Cualquier juez se lo pensará muy bien antes de llamarle a declarar en camilla y lleno de tubos por todas partes. En el supuesto de que su caso le tocara a una señoría femenina, tampoco debe usted preocuparse en exceso. Las señoras juezas, por su propia naturaleza femenina, son más sensibles y más influenciables por tanto, ante los avatares de la vida; un buen peinado, un conjunto que sienta bien o un buen piropo a la hora de entrar en el juzgado las pondrán de buen humor, pero las molestias del embarazo, un asado que se quema, o un bebé que se hace caca en el salón, las pondrán de un humor de perros. Por eso y por otras cosas que no son del caso mencionar, a veces se ponen duras de verdad. Si así sucediera y le obligara a ir al juzgado, usted tranquilo. Cuando lo vea entrar en silla de ruedas, empujado y franqueado por media docena de enfermeras, se enternecerá y es casi seguro que al dirigirse a usted, lo haga con voz dulce y maternal, será el momento de jugar su baza; abra los ojos con asombro, babee un poco y con los brazos extendidos hacia ella, diga usted con voz desvalida y temblorosa ¡Mamá, pis! ¡Mamá, pis! Se armará la de Dios es Cristo, el caso será sobreseído o aplazado en espera de dictámenes médicos sobre su salud mental y punto. Usted, feliz en su habitación, disfrutando con el recuerdo de su actuación y nosotros dándole publicidad al asunto para hacerle la puñeta al señor concejal de urbanismo.

Finalmente, dispense usted el que le hayamos tratado en un plan distendido y poco serio para su edad y la nuestra. Consideramos que es una solemne tontería vivir los cuatro días que nos quedan en plan reliquia. Somos demócratas, no de toda la vida como los carcas sino desde que Franco murió, y nos cabrea un tanto el que nos dejen ejercer como tales solamente una vez cada cuatro años. Un joven se equivoca a la hora de emitir su voto y tiene tiempo de sobra para rectificar, pero, para muchos de nosotros cuatro años es un periodo insalvable. Por ello hemos decidido echarle valor a la cosa y darle palos a todo el que lo ha de menester. Y esto lo hacemos con el derecho que nos da el artículo veintitrés de la Constitución, el ser mayores de edad y el más que derecho, deber, de querer ejercer como demócratas en democracia. Si nuestros representantes legitimados en las urnas, se ven desbordados por los grandes temas, bueno será que le echemos una mano en los pequeños que son los que de verdad nos afectan en nuestra vida cotidiana.

Hemos leído la Constitución hasta donde nuestras fuerzas y luces nos lo han permitido y sacado dos conclusiones: Que somos tontos y que sus creadores deben ser todos de tierra adentro; han intentado amarrar tan bien la escota que a la hora de orzar nos hundiremos, pues tantos nudos nos impedirán maniobrar con rapidez. Hasta donde hemos llegado, nos parece que algunos de sus artículos son pura quimera, otros que por su mezcolanza entre sí parecen gofio mixturado y los más, que debieron ser redactados bajo inspiración divina, pues como muchos versículos de la Biblia se nos presentan oscuros y factibles de interpretar de diferentes maneras. Dios, posiblemente, no tenga la culpa de ello, pero es casi seguro que sus señorías a la hora de redactar a la carrera, había miedo a una posible involución, una constitución para franquistas, socialistas, comunistas, nacionalistas etc., la hicieron bastante ambigua para contentar a unos y otros, y así conseguir el consenso necesario. Posiblemente la cosa sea así en todos los países democráticos y que aquí con tal de enterrar a la Dictadura, hubiéramos refrendado cualquier cosa sin haberla leído tan siquiera, como fue nuestro caso. El Tribunal Constitucional nació para garantizar su cumplimiento y de paso corregir algún dislate del ejecutivo de turno. Así comenzamos a navegar en democracia, todo esto nos parece muy bien pero, lo que pasa es que después de vivir cuarenta años bajo la batuta del Dictador, nos cabrera un poco que una obra que nació para todos, seamos incapaces de entenderla y que el Nihil Osbtat sobre ella, nos lo den cuatro políticos y unos cuantos doctores de la ley.

Vivimos en democracia, tenemos un Rey, una Constitución que a juicio de propios y extraños es una maravilla, un Tribunal Constitucional, un Tribunal Supremo, un Defensor del Pueblo, Oficinas de Defensa del Consumidor, miles de funcionarios nuevos, cada vez pagamos más y las cosas no funcionan. ¿Qué coño es lo que pasa?

 Puede que nuestra posición sea un tanto simplista e impaciente, pero de verdad creemos que no habrá democracia plena, si no hay una justicia efectiva y si las leyes que la respaldan, son lentas y difíciles de aplicar, algo habrá que hacer al respecto. Por eso hemos salido a la palestra. Lucharemos contra todos los mangantes que pululan en nuestros pueblos, desfaceremos tantos entuertos como podamos y defenderemos al pobre Andrés el pastor, que para recuperar una cabra que le robaron, perdió un mes de trabajo, la paciencia y el resto de su ganado. <<La próxima vez, usaré el garrote>>, dice el hombre muy serio.

 Nada más señor, creemos que ha quedado claro nuestro plan. Con la suya son ochenta y cinco las cartas que hemos recibido y unas docientas llamadas telefónicas. Esperaremos unos días más y luego contactaremos de nuevo con usted para comunicarle el día y lugar donde nos reuniremos.

 Estamos abiertos a cualquier sugerencia. Nuestra idea básica es crear un banco de datos informatizado sobre personas, entidades o empresas que no sean trigo limpio y que se irá enriqueciendo con las informaciones que vayamos reuniendo. Cualquier asociado tendrá acceso a él, con las debidas reservas, para no topar con algún aprovechado o con el apartado cuatro del artículo dieciocho de la Constitución. No venderemos información ni aceptaremos donativos de gente ajena a la asociación que no tendrá sede ni razón social. Nunca denunciaremos judicialmente a nadie sino públicamente. No amargaremos a los asociados con estatutos, cuotas o reuniones periódicas. Nos guiaremos por un pacto de honor. Cualquier asociado será libre de luchar por la verdad y la justicia como Dios le dé a entender. Sólo funcionaremos en grupo a la hora de defender a un asociado en dificultades.

 Salud para usted. Ana e Inocencio>>.

Nuestra pareja a pesar del trabajo que les daba contestar tantas cartas y llamadas telefónicas, aún tuvieron tiempo para publicar varios mensajes:

A.- <<Si vive usted en una de nuestras queridas islas y necesita un arreglo dental de cierta consideración, antes de ajustar presupuesto con algún odontólogo canario llame usted al teléfono... de Arrecife. Le daremos al menos, dos direcciones de clínicas dentales londinenses con las que podrá contactar telefónicamente y en español. Conseguirá un buen arreglo, hacer turismo y ahorrar dinero>>.

B.- << ¡Lanzaroteños, luchemos contra la incongruencia y el despilfarro! El señor Sanpedro que al parecer no sólo tiene las llaves del Cielo Político Insular sino también las de la Cueva de Alí Babá, sigue con sus pintorescos proyectos: Un cultivo biológico en la cima de montaña Emina, más cerca del Cielo y libre de toda contaminación ambiental, de productos autóctonos tratados sin pesticidas ni abonos químicos. Abonados solamente con bostas de vaca y boñigas de burro, enriquecidas, eso sí, con orina de camella virgen que al parecer es la más pura>>.

C.- <<A todos los ancianos de Arrecife. Somos hijos de la muerte y bueno será, dada nuestra edad, que sin agobios pensemos de vez en cuando en nuestra partida. Cuando nos sintamos en las últimas, hemos de esforzarnos en hacer mutis entre semana. No nos vaya a pasar lo que al amigo Pepito, que murió de un palo un viernes al mediodía y no recibió cristiana sepultura hasta el lunes por la tarde. Al parecer el forense y el juez de turno, estaban de playa. Tres días se pasó el pobre Pepe en la cámara frigorífica del depósito municipal. Y se pasaron un pelín en los grados de congelación. Daba pena ver al pobre Pepe con los colmillos fuera como Drácula y su barba, otrora negra, llena de carámbanos. Y no digamos nada de su viuda, la afligida María Bis, dando gritos desesperados. ¡Este no es mi Pepe que me lo han cambiado! Tres horas de sol arreglaron el desaguisado y finalmente, el ínclito Pepito el Incordio, pudo tomar posesión de su nicho con el aspecto de siempre>>.

Cuando recibieron los primeros anónimos y llamadas amenazadoras, sintieron miedo. Miedo que se tradujo en más cariño y atenciones entre ellos, pero no disminuyeron en nada su actividad guerrillera, es más, decidieron atacar con munición de más grueso calibre.

Murieron en plena batalla, atropellados por un coche al salir del Edificio de Usos Múltiples de Las Palmas de Gran Canaria.

Cumplimentadas sus disposiciones testamentarias, desde entonces descansan en San Román; don Paco a la izquierda, doña Ana en el centro y don Inocencio a la derecha, en tres tumbas contiguas.

De los planes de don Inocencio y doña Ana, nada se sabe. Se ignora si algún anciano decidido recogería el testigo. Acaso las flores que aparecen cada sábado sobre sus tumbas, tengan algo que ver al respecto. [1]

 

 

Notas:

[1] Acaso, don Trípode, merezca más larga vida o al menos, un final no tan brusco y desangelado. La verdad es que, ofrece posibilidades de seguir dando palos a derecha e izquierda. Pero en fin, más se perdió en Cuba y hay penas mayores.

 

 

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