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Sus colegas de profesión miran hacia las Petronas o proyectan casas costeras con ventanas exhibicionistas. El arquitecto Fernando Higueras siempre prefirió agachar la mirada, mirar hacia la entraña de la tierra y atender las instrucciones que da el terreno. Esta semana, estuvo en Lanzarote para hablar de sus rascainfiernos.
A Fernando Higueras no se le termina de pasar el susto. Cada vez que vuela hasta Lanzarote, y la última vez fue sólo hace medio año, le sobresalta el larguísimo ribete de edificios que cose la costa de Puerto Calero, se ancha en Puerto del Carmen y se prolonga, sin huecos ni respiros para la vista, hasta los pies del aeropuerto.
A vista de boeing, los 77 años de este arquitecto madrileño encogen al hombre en su butaca y le recuerdan que la construcción descontrolada fue, es y será el “el mayor peligro” al que se enfrenta esta isla.
El jueves pasado volvió a aterrizar en este territorio que tantas veces ha sido materia prima para su filosofía constructiva. Y lo hizo para inaugurar una exposición del IV Encuentro ArteLanzarote sobre los ensayos topográficos que ideó para Lanzarote a lo largo de su carrera. Los bautizó ‘rascainfiernos'.
Mientras su mente paladea el término que él mismo acuñó, toma un lápiz portaminas y comienza la explicación con un dibujo. Siempre que puede; un dibujo. Porque el lapicero es su segundo bastón. “El primer rascainfiernos que hice fue el de mi casa, mi estudio-cueva de Madrid. Se hunde 7 metros bajo la tierra y se llega a través de una escalera de caracol. Allá la temperatura es perfecta, constante”, cuenta.
En su rascainfiernos no se necesita calefacción, ni aire acondicionado. Cuando los coches aparcados en Madrid se escarchan con cristales de hielo, en su estudio se ronda los 20 grados. En verano, cuando la canícula aprieta en la capital, en su estudio se ronda los 20 grados.
Desde que en 1959 terminó la carrera en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, ha trabajado a contracorriente de todo compañero y escuela. Él asume su diferenciación con orgullo, lo mismo que las múltiples críticas, buenas y malas, que se han escrito sobre su dilatado currículum.
En los 60 ya se le adivinaba un rumbo distinto cuando acometió uno de sus primeros proyectos: una casa para César Manrique en la sierra madrileña, en Camorritos. “Era una vivienda pequeñita y humilde que costó unas 700.000 pesetas”, recuerda. El parto de esta casa fue simultáneo al de la amistad con Manrique. “Desde entonces se convirtió en mi mejor amigo”, sentencia.
Las 5.000 camas de Pío
Compartían ambos la necesidad de escuchar el tic tac de la Naturaleza. De concebir plataformas voladas cuando el terreno lo prescribiera, adaptando siempre el edificio al medio. Fue por eso que en 1974 pusieron el grito en el cielo cuando Pío Cabanillas, el último ministro de Turismo de la dictadura franquista, les propuso construir 5.000 apartamentos en La Graciosa y conectar mediante un puente la octava isla con la costa de Famara.
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“Aquella barbaridad no se podía hacer en La Graciosa. Ni allá, ni en ningún otro sitio”, zanja el arquitecto. Al parecer “Pío lo entendió en seguida” y el plan se disolvió como una mala aspirina en las aguas de Caleta del Sebo.
De lo que sí se hizo cargo fue de la encomienda que le hizo la empresa Explosivos Río Tinto S.A. en 1974. Higueras era un nombre de reconocido prestigio y ya había trabajado en Lanzarote previamente, con lo que se le encargó la erección de un hotel que fuese el santo y seña de Costa Teguise, la nueva urbanización de la isla. Era el Hotel Las Salinas (hoy Gran Meliá Salinas).
Sentado en el vestíbulo del hotel que engendró en hormigón blanco, se maravilla sin falsa modestia de la atmósfera que se respira en el patio, para él una celosía vegetal llena de posibilidades comunicativas. Higueras rememora y dibuja con palabras una excepcionalidad verde con lianas incluidas desde donde uno puede espiar los recorridos de la clientela y tener exóticas perspectivas visuales.
Siete años antes de iniciar el proyecto del Salinas, había redactado un Plan de Ordenación para Playa Blanca en el que incluía un anteproyecto de 200 viviendas, 800 bungalows y 1.500 apartamentos. Aunque en la coyuntura de desclasificación y sostenibilidad de hoy en día las cifras intimidan, las características del proyecto lo hicieron merecedor de formar parte de la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA).
La idea de Higueras era simular los falsos cráteres de las hormigas, siendo siempre fiel a sus formas concéntricas, muy de su gusto “porque evitan pasillos y largos recorridos”. Una suerte de hoyos volcánicos o de Geria extrahotelera que finalmente nunca vio la luz.
La arquitectura de cartulina
“La arquitectura debe resistir bien el paso de los años”, defiende Higueras, al que le disgusta soberanamente la edificación “del usar y tirar a la que se tiende hoy en día”. La llama “arquitectura de cartulina” porque la concibe endeble, de paredes laminares que se tumban cuando sopla el viento a 80 kilómetros a la hora. Es la arquitectura de los grandes ventanales que buscan luminosidad y que a este Premio Nacional de Arquitectura le resultan un auténtico engorro, muy poco prácticas porque condenan al dueño a vivir con la bayeta y el limpiador debajo de la almohada.
Su concepción arquitectónica terrestre, subterránea y de inspiración naturalista (acostumbraba a observar a los topillos y a las hormigas para imbuirse de sus arcaicas pero inteligentes ingenierías) se puede observar en la muestra que alberga la Casa de Cultura Benito Perez Armas de Yaiza, que forma parte del circuito expositivo de la Bienal de Arte 2007.
Por muy excepcional que sea la muestra, el espacio expositivo no ha prolongado su horario de visita y cierra las mañanas de los sábados. No hay cartel que anuncie la exposición. Al contrario, sólo queda un letrero descolorido por el ataque del sol que informa de una muestra fechada en octubre del año pasado.
En 2002, Fernando Higueras se presentó al concurso para volver a recuperar la ‘zona cero' de Nueva York y su última propuesta se denomina Hito Vertical y podrá verde en la Exposición Universal de Zaragoza en 2008. En Lanzarote se le conoce por lo que pudo hacer y no hizo. Por negarse a construir un hotel de cuatro estrellas en el Golfo. Por rechazar la posibilidad de acorralar los volcanes con edificios. Fernando Higueras lo dijo hace cuatro años en una conferencia que dio en la Fundación César Manrique: “Lo mejor que hice en Canarias es lo que no quise hacer”.
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